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    Respuesta al exministro Enrique Pintado

    Sr. Director:

    Debo referirme a una carta del señor Enrique Pintado donde se me menciona.

    Quiero dar una explicación, con delicadeza y con respeto, teniendo buena conciencia, para que queden en evidencia los que atentan contra una buena conducta en Cristo.

    Yo soy el representante técnico de Constructora Santa María. La patrona es otra.

    Desde el principio, nuestro compromiso es con nuestro nombre. Santa María es nuestra patrona.

    Daremos testimonio por la imitación de su disponibilidad incondicional y haciendo del trabajo diario una forma sencilla de oración

    Esto forma parte de nuestro código de conducta, en el que las preocupaciones no son las mismas que para la mayor parte del mundo.

    http://www.stamaria.com.uy/es/codigo-de-conducta.html

    Al principio no lo creíamos, pero muchos, la gente superficial y mundana, tienen raíces profundas.

    Y así lo vemos, la hermenéutica mundana, la persecución de la felicidad superficial a cualquier precio no es de ahora. Cuando quiero hablar un poco de eso, mucha gente que dice que quiere hablar sin tapujos de todo, cuando llego a lo que da razón de mi esperanza, a mi resurrección y como la viví, se escandaliza.

    El remedio para que retroceda esta modernidad es explicar cómo hace 21 años morí y resucité, y del escándalo que viví después, peregrino en Jerusalén, siguiendo los pasos de Jesús hasta la crucifixión, la muerte y la resurrección al tercer día. Nadie puede entenderlo, si no lo vivió. Hay que creer para ver.

    Como me dijo el padre Livio, lo mío es distinto. Una cosa es creer y otra haber visto que hay un mundo después de la muerte. Y es tan distinto que al volver entendí recién la parábola de Lázaro y el joven rico. Nadie puede entenderlo, ni imaginarlo, y pobres diablos como somos negamos lo que no entendemos. No le hacemos caso a los profetas, ¿vamos a creerle a este tipo porque diga lo que vio cuando estaba muerto?

    Y como recomendaba el padre Vicente, lo dejaré por escrito para que los que me sigan después sepan dónde están parados.

    Para explicarme, comienzo por el principio.

    Mi barba, que desorienta a un pueblo. Mi barba es una historia, que tiene que ver con San Francisco. Para los que me conocieron de facultad y la FEUU, si pensaban era de castrista, no entienden nada. Para una elegante señora china, que en el ascensor me pidió tocar la barba para la suerte, me tradujo ¡parece Marx! Y enseguida añadió, no se ofender, aquí Marx muy bien visto. En Israel, para mi barba fue un Shalom amistoso en Galilea, uno corto y seco en Judea.

    Para mi señora, es un suplicio. Cuando después de mi accidente, cuando estuve muerto unos minutos que parecieron años, del CTI le preguntaron si podrían cortarla, y no dudó: ¡Sí, sí, por favor!

    Y mi accidente. Cuando volví de la muerte bien que nací de nuevo; cuando comencé a recuperar la conciencia a las tres semanas, no veía, no oía, no sentía el cuerpo, pero me di cuenta de que estaba vivo. ¡Me dio una alegría!

    Y en seguida un terror, no podía mover nada, mi cuerpo no respondía, ¡no fuera a venir un alma caritativa que dijera, para vivir así, mejor dejarlo ir, y me matara! Yo estar feliz de estar vivo, solo eso, como una amiba, un insecto o una larva debe disfrutarlo. Razón tiene Francisco, si está vivo es hermano nuestro, hay que amarlo, así no valga mucho.

    Después dormí de nuevo. En un momento, pensé: “¿No estaré afectado?” Sabía que había dejado de vivir unos minutos que parecieron años, y ya contaré otro día. El entrenamiento de buceo te prepara para reconocer el dolor de la falta de oxígeno y soportarlo (eso me salvó, reconocí el dolor insoportable por las costillas quebradas y un pulmón perforado, y pasé a respiración diafragmática mientras llegaba la ambulancia al lugar del choque). Pero recordaba que a los cuatro minutos sin latidos comienzan a morir neuronas. Así que me puse a prueba, me puse a trabajar. Tenía pendiente resolver cómo debía proyectar salidas de emergencia en el anfiteatro de Paysandú, sin arruinar el parquizado en los taludes. Manejé mentalmente pendientes, rampas, estructuras y descansos, flujo de público, ¡y la salida funcionaba! ¡Tenía cerebro! Con un suspiro, cerré los ojos por otra semana.

    Cuando desperté, una nueva experiencia me esperaba. No podía hablar, por el tubo hasta la tráquea; gracias a Dios no me hicieron traqueotomía. Apenas escuchaba y casi no entendía el español, era muy difícil para mí. Pero miraba a la gente y yo sabía en qué estaban pensando. Yo esperaba la hora que entraba mi señora, porque una paz y más que las palabras cariñosas era verla diciéndose hoy está mejor, se va a poner bien.

    Cuando dos amigos de Paysandú entraron preocupados, se alegraron tanto de verme con buena cara que casi me gritaron: “Arriba, vas a salir pronto, ¡la barra te está esperando!” Y me agotaron, sus pensamientos eran una emoción demasiado fuerte.

    Sentí también un día una explosión de pequeñas alegrías, como fuegos artificiales, al cambio de guardias. Un amigo canadiense me había mandado rosas, y como no se pueden tener en CTI, mi señora y mis hijos las repartieron a las enfermeras que entraban y salían, su alegría titilaba en chispitas de colores, y sin saberlo, yo las sentía.

    Pero, en otra, cuando un colega vino al CTI, pero no entró. Solamente habló afuera con mi señora para ver cómo estaba. Sin saberlo yo, me aterró, me rodearon nubarrones negros ese día. Después supe que vino para ver si me salvaba, por una obra en que eran competencia.

    Esta es una telepatía que es lo que debemos tener cuando bebés, que nos comunicamos para entender y domar a los padres. Desde muy chiquititos, ya que algunas personas, como mi abuela, tienen la percepción de un niño en la panza, a veces antes de que la madre esté segura.

    Pedí por favor que eso no siguiera después, es muy difícil caminar por el mundo escuchando los pensamientos de los demás. ¡Pobres siquiatras! Cuando empecé a hablar y escribir, se fue perdiendo ese sexto sentido.

    Pedía por escrito como podía que me sacaran el respirador, me lastimaba. Cuando el Dr. Amonte me dijo que, si la concentración de oxígeno daba bien, al otro día lo sacaba, el joven Dr. Cimarra le tocaba el brazo y le mostraba una radiografía. Amonte le contestó: “Está mirando una placa que le dice que él no puede respirar solo, ¿por qué no lo mira a él, que no sabe que no puede y quiere respirar?”.

    Después tuve que aprender con paciencia a respirar sin pulmón artificial; al principio tenía miedo de no acordarme y asfixiarme dormido. A comer después de tanto tiempo entubado, aprender a caminar primero con muletas y después solo; aprender a hablar con las cuerdas vocales paralizadas. Para nacer de nuevo después de seis operaciones, mejor sin barba. Gracias a una constelación de estrellas del Hospital Evangélico, Amonte, Carriquiry, Piñeiro, Cimarra, Olveira, Da Motta, Patricia Cadenas, Londinsky, Sánchez, los enfermeros y enfermeras, nací de nuevo y soy otro hombre.

    Ahora, gracias a Dios, de eso solo me quedan dolores en todos los huesos fracturados cuando hay mal tiempo, y las cuerdas vocales paralizadas que cuando me enfrío en invierno no respiro. No pude dar más clases en facultad, pero pude seguir trabajando.

    Seguro que Dios me dejó esa marca para que me acuerde de darle gracias todos los días a Él, y a tantos hermanos que rezaron y rezan por mí, tantos que, cuando pasé unos minutos para el otro lado hace 21 años, sentía el murmullo de sus oraciones continuamente, y al final una voz: “Si te quieren tanto, que te aguanten ellos otro poco”, y me mandaron de vuelta.

    Con la inapreciable ayuda de amigos y de mi familia que me recuperaron, pude seguir. Yo soy un constructor, y trabajar es el vicio que tenemos; más fuerte que la marihuana de Mujica; a lo mejor es un contraveneno que deberían probar con los muchachos descarriados, enviciarlos como hicieron conmigo, dejar a los viejos disfrutar del trabajo, en vez de internarlos por la fuerza como dijo el viejo cara de palo hace poco por los diarios.

    Muchos amigos me abrieron posibilidades fantásticas que antes nunca hubiera creído, ser transparente en una industria con tantos piratas parecía suicida para muchos, pero trajo satisfacciones que nunca hubiera soñado.

    Conocí el mundo, con fantásticos profesionales argentinos, uruguayos, brasileños, chilenos, canadienses, americanos, australianos, ecuatorianos, italianos, franceses, españoles, israelíes, holandeses, alemanes, suecos, suizos, chinos que me enseñaron a volar la imaginación al siglo XXII para diseñar y construir obras que dedico a mis maestros: Martín Zorrilla, José Enrique Rodó, Eladio Dieste, y todos ellos.

    Y tuve que aprender la forma de resistirme a muchos otros, una fila de personajes de origen argentino, brasileño, mallorquín, uruguayo, coreano, italiano, canadiense y hasta chino que se cruzó otras veces en mi camino para tratar de torcerme el brazo, por las buenas o por las malas, y empujarme a otro camino para hacer las cosas que no es el nuestro.

    Con esto termina mi explicación preliminar: ante el pedido del señor Pintado, quiero expresarle que no puedo arriesgarme a volver a sufrir lo que ya viví en la muerte, cuando me muera de nuevo. No me puedo permitir escuchar Allá que por la eternidad no veré más a Dios, es un dolor desgarrante. Es una tortura moral indescriptible. Por eso no me puedo arriesgar, no hay mentiras piadosas que valgan, ¡no puedo mentir!

    Tomo nota de la carta del señor exministro de Transporte y Obras Públicas y al respecto le digo: lo que dice mi carta refería a mandos medios del ministerio y de ninguna manera hice referencia expresa ni indirecta al exministro. No era él aludido, por lo que mal puede verse afectado en su honor. De haber tenido certeza y el respaldo probatorio de que el exministro estuviera involucrado lo hubiera señalado con nombre y apellido.

    En estos momentos soy parte en un juicio arbitral contra el propio MTOP y mis abogados me han solicitado que me abstenga de seguir ventilando mis denuncias de corrupción por la prensa. Además, y sin perjuicio de una delicada situación que ya les adelanté, no voy a dar mayores elementos del caso por este medio, pero estaré dispuesto de suministrarlos a la Justicia, tan pronto como un juez o un fiscal así me los soliciten.

    Ing. José Martín Zorrilla Berretta