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    Rinocerontes

    N° 1978 - 19 al 25 de Julio de 2018

    Cuando se encuentran restos de animales extinguidos el impacto hace perder de vista que no todos han desaparecido. Es el caso del rinoceronte, descendiente de sus ancestros del Eoceno. Este paquidermo embestidor se mimetiza con seres humanos que alientan mareas de intolerancia fascista. Buscan intimidar y consolidar una verdad única.

    El actor y director Héctor Guido, además secretario general de El Galpón, constituye un ejemplo. Aunque transita desde hace más de 40 años en ese ámbito, que debe ser un cenáculo de libertades, no admite opiniones divergentes y cuenta con el respaldo de corporaciones.

    Guido cuestionó al actor y empresario Franklin Rodríguez por declaraciones que el 14 de junio realizó en el semanario Voces a los periodistas Leonardo Flamia y Alfredo García. Rodríguez expresó su decepción por las gestiones del Frente Amplio, criticó con severidad a varios gobernantes (Mujica, Vázquez, Astori, Muñoz, Sendic), cuestionó a actores que aceptan cargos públicos y fustigó a Socio Espectacular, un programa creado en 1997 por El Galpón y el Teatro Circular.

    En la entrevista no se cortó y como previó reacciones aclaró que vota en blanco: “Una declaración de principios dura, pero lo digo para que no me rompan más los huevos”.

    Sostuvo que Socio Espectacular recauda dinero y que los actores reciben una “miseria”. Dijo que las entradas baratas dañan a quienes encaran el teatro en forma profesional y añadió que ese sistema fue implementado porque “en el fondo lo que importaba era salvar el presupuesto del teatro El Galpón”.

    “He visto gente llegar a El Galpón y preguntar qué había para ver, porque total era gratis. No querían ver algo en especial: era el garrón. (…) Ya no podés combatirlo, yo no lo combato más. En un momento saltó mucha gente, después se fue apaciguando, y después se integró al sistema y el sistema ganó”, declaró.

    Transcurrieron tres semanas hasta que El Observador reveló que debido a sus declaraciones El Galpón le prohibió utilizar su sala para ensayar Le Prénom. Su director, Mario Morgan, declaró que le enviaron un mensaje para comunicarle que Rodríguez había sido declarado persona no grata. Guido lo desmintió, pero el periodista Leonardo Haberkorn, autor de la nota, lo reafirmó.

    “No sacamos ninguna resolución, ninguna declaración” de persona no grata, se excusó Guido.

    ¡Qué corno importa si hubo o no resolución o declaración! No interesa porque esa fórmula no tiene valor legal ni administrativo. En 1961 la Convención de Viena sobre relaciones diplomáticas (artículo 9) estableció denominación de persona no grata como una facultad del Estado. Pero en el ámbito privado es inefectiva, además de engañosa. Una expresión de rechazo personal, de disgusto. Nada más.

    El director de la Institución Nacional de Derechos Humanos, Wilder Tayler, dijo en Así nos va de Radio Carve que se analizará el tema, pero advirtió: “Tenemos que establecer los hechos, porque se habló de declaración de persona no grata y eso fue desmentido y a su vez hubo una contrarréplica. Hay una serie de entredichos que van requerir que hablemos con las personas involucradas” ¿De qué van a hablar? ¿De algo que carece de valor formal y nada aporta a la cuestión?

    Lo único relevante es que Rodríguez fue excomulgado por opinar y Guido lo admitió: “No tenemos interés en que esta persona, que nos ha agraviado a nosotros y a todo el ambiente del teatro, esté cerca de nosotros de ninguna manera, ni que utilice nuestras instalaciones”.

    La semana pasada la Federación Uruguaya de Teatros Independientes (FUTI) y El Galpón intentaron dar vuelta la tortilla: “Más allá del sensacionalismo de la prensa (los catones abogan por la censura y además dan cátedra de periodismo), la manija y agite bocón en las redes, nos sorprendió que se hablara en defensa de la libertad de expresión y no del derecho de un colectivo teatral a decidir a quién le brindan su espacio y a quién no”.

    ¡Claro que tiene derecho a negarse a cederle su espacio! Pero moralmente la cuestión es cuándo, cómo y por qué. Hasta que Rodríguez lanzó sus críticas en Voces todo estaba bien. Luego de haber cuestionado a sus colegas y al gobierno se convirtió en un leproso.

    Quizá razonaron: “¿¡Cómo un colega que debe ser solidario cuestiona a nuestra corporación y a los gobernantes que nos han sostenido!?”. El comunicado lo admite: las opiniones de Rodríguez “atentan contra la unidad de los que transitamos en el camino del arte teatral”, dice. La verdad única.

    FUTI y El Galpón advirtieron que Rodríguez fue uno de los primeros en beneficiarse de un programa entre la Intendencia de Montevideo y las instituciones a partir de 2011.

    El Galpón anunció que presentará una denuncia por injurias. Bueno es recordar que la libertad de expresión es un derecho humano consagrado en la Constitución y en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Según la ley deben demostrar que Rodríguez actuó con real malicia, con voluntad de dañar. Están exentas de responsabilidad penal las afirmaciones sobre asuntos de interés público, el interés general de la sociedad.

    Pueden molestar o disgustar algunas de las expresiones de Rodríguez por ácidas o groseras, pero tiene el derecho de manifestarse como quiera.

    Durante el juicio puede rectificarse. Es improbable: “Hace mucho que ya no me sale no decir la verdad. Si me preguntan, digo lo que siento”, dijo en la entrevista.

    Los uruguayos podrán asistir a un juicio que debe ser público, salvo que el juez disponga realizarlo en los cubículos que tienen por despacho. Allí solo caben cuatro o cinco personas.

    En 1959, cuando Guido tenía ocho años, el rumano Eugène Ionesco escribió Rinoceronte, que refiere a la divulgación y aceptación social del totalitarismo. Se la inspiró su padre, quien luego de la II Guerra Mundial, cuando el fascismo se asentó en Rumania, pasó a defender esa ideología. Según Ionesco, su padre y muchos otros, se convirtieron en rinocerontes.

    No he seguido al detalle la carrera de Guido y desconozco si trabajó en Rinoceronte. Hubiera sido bueno para que lo relacionara con otros antecedentes. En 1972 ingresó a la Escuela de Arte Dramático de El Galpón, que luego del golpe de Estado fue expropiado por la dictadura. Sus integrantes fueron perseguidos y muchos terminaron encarcelados o exiliados. Solo por eso debería defender a ultranza la libertad de expresión, de prensa y de opinión.

    Pero la filosofía de la patota cultural es otra. La integran cuadriculados artistas de izquierda como Guido, cuadro del Movimiento de Participación Popular (MPP), cuyas banderas de la Lista 609 exhibe en su perfil de Facebook. Se suman algunos cobardes que temen que les ocurra lo mismo que a Rodríguez.

    Bendecido por su militancia, Guido ha trabajado para el Estado. Durante cinco años los montevideanos le pagamos un salario como director de Cultura de la exintendenta de Montevideo, Ana Olivera. ¿Qué méritos tenía? Experiencia artística y militancia en el MPP. También asesoró en 2006 al Consejo Directivo del Sodre y en 2010 se desempeñó por un ratito como director general del complejo Adela Reta.

    Aclaremos algo: en este asunto la cuestión central no son El Galpón, FUTI, Guido ni los adoradores del poder. Lo medular es advertir que se pretende consolidar una ideología totalitaria y proyectarla hacia el futuro. Si lo admitimos, estamos perdidos.