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    jueves 13 de junio de 2024

    Sacarnos el cuero

    Nº 2240 - 31 de Agosto al 6 de Setiembre de 2023

    Desde la ventanilla del bondi leo una consigna en un cartel que cuelga de un árbol y que dice algo así como “68 años impulsando la acción directa”. Lo primero que me viene a la mente es que si los que escribieron el cartel llevan casi siete décadas de acción directa y se sienten en la obligación de consignarlo en un cartel callejero, quizá sea hora de revisar si la acción no está resultando tan directa como debiera y si, quizá, sus resultados no están yendo mucho más allá del cartel.

    Lo segundo que me viene a la mente conecta con una suerte de estado de ánimo de la charla pública en estos tiempos: el cartel resume bien la necesidad de actuar en política a partir de consignas más o menos radicales y altisonantes, sin que importe demasiado lo que expresan en el fondo. Lo importante parece ser asumir una posición clara y explícita, y proclamarla a los gritos bajo la forma de un combate de catchphrases, como estribillos de una canción, que dejan clara la superioridad moral de quien grita. Es probable que esta conexión sea demasiado para un cartel callejero, pero juro que fue lo que pensé mientras el bondi seguía por Canelones.

    Como bien señala el politólogo argentino Dante Palma en una nota sobre el “caso Rubiales” (el directivo español que besó públicamente a una futbolista, sin su consentimiento), cuando la conversación sobre los asuntos de todos se convierte en una exhibición de la virtud propia, “este es el modo en que debemos ingresar al debate público: con opinión y a los gritos, si es posible. Buscar información o escuchar es un asunto de tibios y pasivos. La cultura impone ser vistos accionando y sin reacción no hay visibilidad”.

    El “caso Rubiales” es un ejemplo de libro de lo que ocurre cuando el debate abandona el terreno de lo racional para convertirse en una turba que reclama cabezas de particulares. Por cierto, esta columna no se interesa por las acciones de ese jerarca del fútbol español, quien, en caso de haber incurrido en un delito, será juzgado por la Justicia. O no, porque una acción que nos resulta reprobable y abusiva no necesariamente constituye un delito. Eso lo decidirá la ley española. Su linchamiento mediático, en cambio, ya fue decidido por los influencers de guardia en las redes (políticos incluidos), quienes, a juzgar por la certeza con la que disparan sus rayos de odio, entienden mucho más de justicia que los propios jueces.

    Pero es que incluso eso, intentar trazar una raya que separe lo delictivo de lo que no lo es, es percibido en estos tiempos como una concesión al abuso. En tiempo récord, pasamos de valorar positivamente la neutralidad de la Justicia y su “inocente hasta que se pruebe lo contrario” a repudiarla porque no se apega a la calentura del momento. Hoy, si la Justicia no acata lo que yo estoy gritando, es perfectamente válido descalificarla y pasarle por encima. Es la vieja turba en acción, solo que ahora en clave virtual. No deja de ser un avance civilizatorio que las muchedumbres que antes se reunían en las plazas de los pueblos a festejar la quema de brujas o herejes, hoy se conformen con poner un emoticón de cara enrojecida por la rabia en las redes. Pero, es bueno recordarlo, esa virtualidad se guía por la misma lógica linchadora y cegada de moralina que imperaba en aquellas plazas.

    Y eso nos lleva al siguiente punto: se nos exige expresar públicamente una opinión sobre todos los asuntos candentes, incluso cuando a nosotros no nos parecen candentes. Todo aquel que no se exprese en los términos que han delimitado la rabia, la irracionalidad y la violencia simbólica, es automáticamente sospechoso: ¿Por qué no dice que está en contra de tal asunto? ¿Qué esconde? Si no dice que está explícitamente contra Rubiales (por seguir con el ejemplo), seguramente es porque se dedica a violentar mujeres en contra de su voluntad. En el mundo que propone la turba virtual y los políticos que medran con ella, todo aquel que no grite lo mismo que la turba será porque “algo habrá hecho”.

    Esto expulsa de la conversación pública la chance de alcanzar soluciones razonables en el tiempo. Por ejemplo, que nuestras futuras leyes sean mejores que las que ya tenemos, que la convivencia de mañana sea más agradable que la que hoy nos damos. Porque una de las características de la turba (o del enjambre, como lo llama el ensayista Byung-Chul Han) es su falta de cohesión a lo largo del tiempo. Esa cohesión, que sí tienen partidos, sindicatos y otras organizaciones de la sociedad civil, es la que permite hacer política.

    Porque la política existe como un proyecto coherente en el tiempo, no como un chisporroteo violento en torno a distintos temas. Y como el enjambre no siempre está constituido por la misma gente, puede no existir como tal dependiendo del asunto: puedo estar a tu lado en el linchamiento a Rubiales, pero no estarlo cuando se discute lo que el gobierno debió hacer en la crisis hídrica. Por eso la actual política de redes tiene el aroma del presente constante y es incapaz de desafiar a los poderes constituidos a futuro.

    Es más bien al revés, por un lado, esos poderes constituidos son quienes proporcionan la plataforma para que el enjambre actúe contra personas con nombre y apellido, mientras su propio ejercicio del poder permanece en las sombras, sin ser apenas mencionado en público (pienso en Google, Facebook y X). Por otro, no son pocos los partidos que han encontrado una veta electoral atractiva en esa “democracia sentimental” que reseñara Manuel Arias Maldonado hace ya unos años. Una sentimentalidad que resulta efectiva en lo inmediato (captura indignados para tal o cual causa), pero que dinamita el sistema de garantías y contrapesos que caracteriza a las democracias liberales. Políticos iliberales que operan dentro del sistema liberal y, desde adentro, lo van lijando.

    En este momento lo que se nos exige en la charla pública no es reflexionar ni sopesar, lo que se nos exige es reaccionar. Y, se nos dice también, con cuanta más virulencia reaccionemos mejor política estaremos haciendo. Porque el espacio público es el espacio ideal para hacer visible nuestra indignación y, por ende, nuestra superioridad moral. Es un poco como reclamar becas sin preguntarse de dónde va a salir el dinero: somos superinclusivos y radicales en nuestro deseo de hacer el bien, pero el cómo, el cuándo y el cuánto no nos interesan. Nosotros ya dejamos bien asentada nuestra superioridad moral de manera pública y eso es lo que más importa en la sociedad del espectáculo en la que vivimos.

    Por eso, como bien apunta Palma en su nota, “cuando una cultura nos impone reaccionar todo el tiempo, una pasividad deliberada no solo puede ser la forma de protegerse de la nueva inquisición, sino que, al mismo tiempo, puede ser un gesto verdaderamente revolucionario”. Si no tomamos distancia de la constante exigencia a reaccionar y a demostrar en esa reacción nuestra pureza y superioridad, nos iremos convirtiendo en parte de la turba. Hasta que la turba nos coloque del otro lado, el de los impuros, y se dedique a sacarnos el cuero.