La I Guerra Mundial le dio a Hitler un rumbo y una pasión. Primero renunció a su ciudadanía austríaca, luego pidió la alemana y se enroló como voluntario en el ejército de ese país, marchando eufórico a los campos de batalla en Bélgica.
La I Guerra Mundial le dio a Hitler un rumbo y una pasión. Primero renunció a su ciudadanía austríaca, luego pidió la alemana y se enroló como voluntario en el ejército de ese país, marchando eufórico a los campos de batalla en Bélgica.
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLas fotos y las cartas de esa época muestran a un Hitler rebosante de alegría. Convencido de su buena estrella, tomaba enormes riesgos (era el encargado de llevar las órdenes entre las trincheras, bajo una lluvia de balas), mientras a su lado se sucedían las víctimas: su regimiento tuvo 4.000 muertos durante el conflicto. “Morir por Alemania”, escribió a unos amigos, “es un honor”.
La guerra fue su nueva escuela, el ejército su nueva familia, la trinchera su nueva casa. Sus compañeros lo veían con ojos raros. No solo que Adolf no fumaba y no tomaba alcohol: tampoco quería pedir permiso para retirarse del frente. En la sangrienta batalla de Sommes fue herido y estuvo internado seis meses. Ni bien pudo, regresó a las trincheras. Recibió la Cruz de Hierro al valor y otras condecoraciones.
La derrota militar generó profundas y sangrientas convulsiones en Alemania. Kurt Eisner, judío y revolucionario, tomó el poder en Baviera e instauró un sovjet. Hitler fue elegido representante de su regimiento y una de sus funciones era hacer propaganda por el programa socialista.
Los grupos armados de derecha retomaron pronto el poder y Hitler siguió en su regimiento, protegido por otro judío: el capitán Karl Mayr. Pero las durísimas condiciones del Tratado de Versalles (que condenaba a Alemania a imposibles indemnizaciones materiales durante más de 40 años, a la pérdida del 13% de su territorio y al desmantelamiento de sus FFAA) radicalizaron la opinión y alimentaron el sentimiento revanchista.
Este es el momento clave para entender el antisemitismo de Hitler, cuando a sus viejas ideas sobre el nacionalismo alemán y la superioridad cultural de los arios se unió la convicción de la culpa del “judaísmo internacional” en la derrota y humillación de Alemania (la idea de que los judíos “deben desaparecer por completo” aparece escrita por primera vez en una carta suya del 16 de setiembre de 1919).
Con su habitual energía, Hitler pasó a combatir al bolchevismo como agente político del flamante gobierno bávaro. Fue la primera oportunidad que tuvo de agitar en público.
En setiembre de 1919, Hitler visitó una reunión de un grupo recién formado (DAP, Partido Obrero Alemán) y entusiasmado por el debate se subió a una mesa para hablar. El fundador del grupo —el cerrajero Anton Drexler— quedó maravillado con la oratoria del joven y lo asoció inmediatamente.
Poco tiempo después, Hitler, que ya era uno de los líderes máximos del DAP, redactó un programa que rechazaba el Tratado de Versalles, exigía una profunda reforma agraria, la nacionalización de las grandes empresas y la confiscación de los capitales judíos. También promovió el cambio de nombre a la organización, que pasó a llamarse NSDAP (Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán).
Hitler abandonó el ejército y se dedicó de pleno a la agitación política, con un público cada vez más numeroso e incontables combates callejeros con comunistas y socialdemócratas. Surgieron en esa marabunta la organización paramilitar (SA), la esvástica y la bandera, cuyo fondo rojo representaba “la dimensión social del nazismo”.
Pero para bailar un tango se necesitan dos y una de las parejas de baile de Hitler fue la Alemania derrotada en la I Guerra Mundial. Hitler, que era un notable orador y un eximio agitador de masas, le hablaba a un pueblo quebrado material y moralmente. Lo había adelantado Mussolini en un artículo de 1922 (Cara y careta de Alemania), en el cual sostenía que nadie que conociese el espíritu alemán podía creer que los alemanes aceptarían las duras condiciones impuestas sin protestar.
El 8 y 9 de noviembre de 1923, Hitler, inspirado en la Marcha sobre Roma de Mussolini, intentó un golpe similar en Munich. Hubo 20 muertos, docenas de heridos y muchos arrestados, entre ellos el propio Hitler y Rudolf Hess. En la prisión, el futuro Führer le dictó a Hess la primera parte de su obra Mein Kampf, en la cual detallaba todo lo que luego haría. El fracaso de su “revolución nacional” lo convenció de la necesidad de alcanzar el poder democráticamente.
No obstante los avances del NSDAP, la situación del día a día era decisiva para el desarrollo del nazismo: cuando se profundizaba la crisis, crecía el apoyo al partido; cuando había un repunte de la economía, ese apoyo disminuía. De haber obtenido el 6,5% de los votos en 1924, en 1928 los nazis apenas lograron el 2,3 % de los sufragios. O sea 12 diputados en un total de 491...
El tsunami electoral que catapultaría a Hitler al poder y daría vuelta por completo el panorama europeo necesitaba un ingrediente más. El mismo llegaría, inesperadamente, de los lejanos Estados Unidos de América.