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    Seis

    Columnista de Búsqueda

    N° 1751 - 06 al 12 de Febrero de 2014

    Los libros de Niall Ferguson no deberían circular impunemente en las jadeantes e infectas repúblicas de mala fama que sofocan a las sociedades del continente latinoamericano. Países como Argentina, Ecuador, Uruguay, Venezuela y, en parte, Brasil, deberían seguir el ilustrado ejemplo del régimen cubano: todo libro, toda idea, toda palabra, toda persona que postule, insinúe o sugiera la necesidad de asumir la libertad como un reto personal y como un riesgo, toda apelación a recelar de los poderes omnímodos del Estado y que cuestione la legitimidad de cualquier tipo de redistribución por entenderla contraria al mérito y al esfuerzo del trabajo, merece la cárcel, la muerte o el silencio. Si la banda de inmorales, si los cínicos e inmejorables ignaros a los que mayorías de análogas virtudes les confiaron el gobierno de los países supieran que en esas obras se encierra el germen de una rebelión formidable y contundente, de una colisión de esas que no conocen el retroceso o la disculpa, se apresurarían a evitar que títulos como “Civilización” o “La Gran Degeneración” lleguen a la adormecida conciencia de las gentes que día a día hacen posible con su trabajo y con su talento que se produzca riqueza y que esta se dilapide infamemente a cambio de votos y consentimientos.

    Me explico: en el libro “Civilización”, Ferguson va contra todo lo políticamente correcto de estos años decadentes y nos explica (o recuerda) que Occidente es una civilización superior que ha conquistado el mundo por hacer mejor, por crear más, por no aceptar jamás ningún límite en materia de expansión y de conocimiento. Dice algo todavía más injurioso para los gobernantes populistas, para los marxistas en uso, para los resignados a la medianía y a la política del menor esfuerzo intelectual y social; dice que Occidente se impuso con derecho al mundo porque supo asentarse simultáneamente seis retos decisivos, a saber: Competitividad, Conocimiento, Derecho a la propiedad, Medicina, Consumo, Ética del trabajo. Ferguson compara el desarrollo de Occidente con el de China, que también tuvo sus periodos florecientes y concluye que aun con menores recursos, Occidente alcanzó las mayores cotas de excelencia debido a la dinámica de su propuesta, a ese gesto antiestacionario que buscó siempre el mayor beneficio en todos los órdenes.

    Cada uno de estos bienes o principios tomados aisladamente tienen un valor propio de eficaz influencia y es innegable que algunas civilizaciones los han destacado con empeño, como ejemplo el extraordinario auge de la investigación médica entre los siglos X y XIII que tuvo lugar en el ancho espacio del Islam o, bajo el aliento de la ética confuciana, el trabajo con base en la dignidad personal y familiar, el fuerte impulso de la investigación científica y tecnológica que se verificó en China durante el reinado de las dinastías Han (s. II a.C.) o Tang (s.VII ). Esas realidades son incontrastables pero también acotadas, ya que junto a ellas hubo esclavitud, hubo miseria, discrecionalismo absoluto de los príncipes, desconocimiento de los derechos esenciales de las personas.

    Es en Occidente, y será primero de manera larvaria en las ciudades italianas (Ferguson no las nombra por un cierto automatismo regionalista-religioso, porque pretende que la civilización es necesariamente protestante y está inspirada en los severos dictados calvinistas; pero ahí están los libros de Marc Bloch, de Le Goff, de Pirenne, de Duby, que no dejan dudas al respecto, que demuestran que el capitalismo y sus modalidades son productos de la Edad Media) donde comienza a articularse el diálogo y la complementación, la sinergia, de estos seis decisivos factores. Sostiene este autor, con base en Adam Smith, que el principio de competencia es la base de la riqueza de las personas y por lo tanto de las naciones; que el desarrollo del conocimiento es un elemento de liberación y de progreso, el hombre se distancia de la naturaleza comprendiéndola, dominándola, poniéndola a sus pies, al servicio de su crecimiento; y como parte del conocimiento viene el explosivo cambio de paradigma en el campo de la medicina y por lo tanto el aumento de la expectativa de vida y el lógico crecimiento de la población y de participación en el mercado. Y en cuanto a la propiedad privada, como principio natural de la persona (como extensión de la persona, según la feliz formulación de León XIII) —cada uno lucha por lo suyo, que es la mejor manera de hacer algo por el bien común— implica el respeto por los modos de obtenerla y protegerla, tiene que ver con el trabajo, pero también con el orden, con las formas en las que los individuos se garantizan mutuamente su derecho a tutelar y expandir su patrimonio.

    Esas condiciones hicieron grande a una buena parte de Europa, explican y defienden el imperialismo y constituyen valores que hoy se están perdiendo en manos de la demagogia, del populismo, del obsecuente temor a no parecerse a los que predican la pequeñez e insuficiencia como todo mérito. Ferguson lo demuestra con irrefragables argumentos. Por eso sus libros son peligrosos en (o para) esta desdichada zona del mundo.