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Desde hace veinte años soy clienta de un peculiar comercio de mi barrio. Vende plantas, bolsas de tierra, semillas, legumbres, macetas, abono, alimento para gallinas, raticidas, guantes y herramientas para trabajar en jardines. O utensilios para fructificar el terrenito del fondo.
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Mi padre me cuenta que en la Guerra Civil española, en tiempos de gran hambruna, los habitantes de Barcelona cultivaban tomates y morrones en Montjuic, un parque público. Mi abuela, que era librera, aprendió a criar conejos en el ático.
Hace dos veranos estuve por esas tierras. En la periferia de Barcelona, cerca de Sabadell, en los terrenos entre autopistas, vi inclinadas personas trabajando. Luego me explicaron que los Ayuntamientos permiten a quienes lo deseen —inmigrantes del Magreb en su mayoría— cultivar en esos metros cuadrados que nadie usa.
Curiosamente, al volver a Montevideo, desde el avión, veía terrenos uruguayos llenos de yuyos. Infinidad de campitos sin cultivar. Veredas de tierra y pasto crecido.
No da la impresión de que los montevideanos aprovechen lo que tienen delante, al lado del ibirapitá o la anacahuita. Es verdad que Handler ya mostró en el filme “Aparte” que unos árboles perales, plantados en las cercanías de donde habitaban los “apartados”, fueron talados para hacer leña.
Pero vuelvo al comercio de semillas del cual soy clienta hace veinte años. El sábado por la mañana fui a comprar un kilo de garbanzos para cocinar humus y de paso comprar comida para mi gata.
Entre las plantas y el cantar de los canarios me atiende el joven empleado, con una cara inmensamente triste. Le pregunto si pasó algo. Me dice que la noche anterior los coparon.
“¿Les hicieron algo?”, pregunto, “¿están bien?”. Con un gesto me señala al dueño. Está allí, trabajando, al día siguiente. Tiene un ojo monstruoso, media cara violeta: recibió un culatazo en la cara. (Luego los informativos dirán que los tuvieron dos horas atados).
El chico me cuenta que los ladrones no eran adolescentes. Tipos mayores, bien arreglados; uno vestía de policía.
Miro el buzo de lana tejido a mano que tiene el dueño, Basso. ¿Quién se lo habrá tejido? ¿La madre? ¿La esposa? Tiene muchos años.
Basso no es un señor locuaz, tampoco cuando tiene el rostro sano. Pocas veces he visto un comerciante tan serio. Pero es tajante cuando da consejos: “Para los murciélagos, pase por todo el rancho creolina”. Si tengo cochinilla en la chiflera, me pasa un frasco y me dice: “Una cuchara por litro”.
Y punto.
Ese día, miro con infinita pena sus ojos verdosos. El que tiene abierto. Y pienso que quienes lo asaltaron, tal vez ex presos, entrenados en las cárceles duras, pudieron también irle a comprar semillas para meter en la tierra, en lugar de propinarle culatazos.
Podrían haberle pedido consejos: “¿Cómo se plantan los morrones, ahora que están tan caros?”.
Pero el Estado es un fracaso.
Le digo a Basso que voy a escribir sobre él.
Con su mirar machucado me dice: “¿Pa’ qué, si estamos fritos?”.