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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáQuién firma esta nota cumplió el año pasado 35 años de militancia partidaria y social, así como medio siglo de vida, siempre en filas del Partido Colorado.
Nunca ocupé cargos importantes ni me desvelé por ellos, para mí la actividad política es un deber cívico de defensa de los valores de la República.
Los que me conocen saben que siempre fui muy independiente y a veces demasiado “crítico” y “autocrítico” en la actividad política; por eso, el año pasado, el 9 de marzo de 2016, sentí un dolor como nunca había sufrido —un amigo de la infancia me avisaba, queriendo recibir una negativa— que se había producido el fallecimiento de la senadora Martha Montaner Formoso.
Yo a Martha la conocía de oídas pues ella se volcó a la política cuando yo me había vuelto a instalar en Montevideo. Pero en el año 2001 ante la grave situación que atravesaba la República y el Partido Colorado resolví volver a incorporarme a la actividad partidaria plena y para ello opté por el lugar que parecía más necesario, por Tacuarembó, donde desde 1958 la lucha política con los blancos era encarnizada y todo el mundo hablaba de una tal Martha que había cambiado los códigos de la política departamental.
A través de la actual diputada Susana Montaner, su compañera de siempre, con quien había interactuado fugazmente durante las internas de Foro Batllista de 1998, le pedí una entrevista a ella y a su hermana, la cual me fue concedida después de algunos desencuentros de horarios.
Hablamos de la situación partidaria nacional, le relaté mi trayectoria política y personal, y les pregunté si deseaban mi ayuda, pero dejando claro que yo las ayudaba a ellas, no quería saber nada con el desastre —a mi entender— del coloradismo montevideano, y que mi único objetivo era ayudar a que el Partido Colorado de Tacuarembó y la 2215 mantuvieran la diputación.
Ese día, ya muy tarde de la noche sonó el teléfono, al atender lo primero que escucho es una voz femenina pidiendo perdón por la hora —yo siempre he sido incapaz de identificar las voces por teléfono—, pregunté quién era y era la diputada Montaner que tenía una idea, la cual ya no me acuerdo. Lo que sí me acuerdo fue que le respondí: “Martha, no molestas, para vos y tu hermana este teléfono y yo no tienen horario, te dije que te iba a ayudar y eso no tiene límites más que los legales”. Se rio y por casi 15 años tuve el privilegio de ser asesor, secretario, distribuidor de listas, negociador de publicidades y, en especial —pese a ciertos cortocircuitos— amigos de la vida más que de la política.
Yo soy testigo fiel de cómo Martha se desvivía por los más humildes, ella hizo carne la frase “servir al país y no servirse del país”. Su humanismo la llevaba a extremar los límites para ayudar a los humildes, y por ahí quedaron salas nuevas de escuelas y liceos, las Jornadas Conozcamos el Mar, la Navidad de los Niños, la creación de la Casa de la Hospitalidad, apertura de policlínicas rurales, saneamiento de centros educativos rurales, luz mediante paneles solares en pueblos rurales, agua potable, mejoras en instalaciones deportivas, arreglos en los centros de barrio, estableció la primera Oficina Departamental contra la Violencia Doméstica, logró la efectiva creación del Liceo Rural de Curtina, y contra viento y marea junto con Susana Montaner realizaron la impresionante campaña de firmas que terminó con Ómnibus para Todos.
Martha, además de su innata honestidad y preocupación por los que menos tienen, poseía una presencia que no era posible soslayar, y el respeto a su figura se imponía como si fuese un estruendo. En plena crisis de los deudores, en el año 2002, Martha recibe la invitación para concurrir a una reunión de deudores… yo tenía mis dudas, pero allá fuimos. En mi caso tomando ciertas precauciones. El Club Peñarol estaba lleno, todos nerviosos, la única diputada del departamento presente —incluyo todas las autoridades partidarias, para ser claro— era la Dra. Martha Montaner Formoso. Escuchó, escuchó, no prometió y solo trasmitió que el Banco de la República no se iba a fundir como algunos querían y el país no caería en cesación de pagos como pedía Vázquez y el Fondo Monetario Internacional, y que sus ahorros se salvarían de alguna forma. Al final, en calma nos fuimos. A las cuadras le digo a Martha: “No tenías miedo que te pudieran querer agredir”, y sin dejar de manejar me respondió: “No creo que lo hicieran, pero yo soy su representante, tengo que dar la cara en las buenas y en las malas”. Sabias palabras para hoy.
Martha Montaner así como respetaba el dolor o el enojo justificado o no de quien padece una dificultad, en el Parlamento siempre supo levantar su voz con dureza para defender a su partido y a los valores que hacen a la República. Aún me acuerdo de una madrugada del año 2002, en que se debía votar la ley de refinanciamiento que generaba el corralito de plazos fijos y otros valores. El senador Couriel, economista él, levantó su voz para afirmar que lamentaba decir que su experiencia le decía que todo era inútil y que esta ley solo demoraba la agonía de un Banco de la República que estaba destinado a desaparecer. Un silencio atroz se hizo, y entonces una rubia senadora suplente del Partido Colorado, la Dra. Martha Montaner, pidió la palabra y con una energía propia de quienes saben que representan una colectividad que no es de ocasión, le respondió y desafió a no olvidar lo que Couriel había dicho. Pues bien, el Banco de la República se salvó y no fue gracias a los que pedían el default, sino a gestos de valor como los Martha y sus compañeros de bancada.
Martha tenía una característica política muy escasa, yo diría rara, era generosa y siempre dispuesta a abrirle las puertas del partido y de su agrupación a los que quisieran trabajar y crecer, y ello se vio como nunca en la última elección cuando los jóvenes se ganaron los galones partidarios a puro trabajo, claro siempre con el sabio consejo de Martha.
En lo personal, en el aspecto político, me impulsó e hizo reconocer en algo que para ella era fundamental: reivindicar la identidad histórica de su querido partido. Mi mayor orgullo, fue cuando en el 2006 —años de oscurantismo partidario— le pido si me puede llevar a una editorial que tengo que levantar dos ejemplares a ver cómo quedaron, de los libros que le había dicho que estaba haciendo sobre la historia colorada. La respuesta inmediata fue “cuando vos quieras”, y a la media hora me pasó a buscar y fuimos. Bajé a la imprenta, le pedí que esperara que era solo un momento y volví con dos ejemplares en una bolsa. Subo, le doy la bolsa y le digo: “Mira a ver si te gustan”. Se le cayeron, y al levantarlos quedó como loca de alegría y ya se puso a organizar la presentación en Tacuarembó. Ese día me hizo prometer hacer los 19 departamentos; voy en tres, haré lo posible por cumplirle. Nunca olvidaré la alegría que tenía, tenemos raíces de donde afirmarnos, y como los buenos árboles de grandes raíces vamos a soportar la tormenta, me dijo con total convicción.
Las amargas que las cuente otros, yo no puedo dejar de contar las buenas. No creo que haya habido mujer más feliz que Martha cuando logró contra la opinión y la campaña de la mayoría de los medios de prensa y el resto de los partidos de Tacuarembó, el éxito que decían imposible: en octubre del año 2009 la Dra. Martha Montaner recuperó la banca de diputado para los colorados de Tacuarembó y para su lista, la de su padre, la 2215.
La misma, o mayor alegría, me decía que tenía cuando junto con toda su familia veía cómo el 15 de febrero del 2015 asumía con total justicia la banca de diputada su hermana Susana Montaner, con quien habían luchado toda una vida por el partido y la 2215; y ella asumía—al igual que su padre— la titularidad de senadora de la República compartiendo bancada con el senador Pedro Bordaberry.
Martha fue madre ejemplar, mujer de carácter firme y convicciones aún más firmes, odontopediatra, lectora y estudiosa voraz, trabajadora incansable en el Parlamento o recorriendo casa a casa los barrios, curiosa como pocas personas he conocida, defensora de los humildes sin preguntar pelo político, brillante parlamentaria (cuatro veces electa diputada titular y una vez senadora titular), mujer del norte del país que nunca se despegó de su terruño, primera mujer en asumir la máxima representación de un partido político de nivel nacional (secretaria general del Partido Colorado) y en desempeñar con brillantez dicha responsabilidad; pero Martha fue por encima de todo una componedora, una constructora de puentes de entendimiento político dentro del partido y entre los partidos, y en especial una amiga para quienes necesitaban cariño en la desgracia.
Estés donde estés, Martha, seguro que si hay un cielo, ahí estarás, junto a tus queridos Jaime y Dorita, y tantos amigos con los cuales seguirás haciendo el bien a quien lo necesite.
Tu familia estoy seguro está orgullosa de ti, pues fuiste: la hija, la hermana, la cuñada, la madre, la tía, y la abuela que supo comprender —como don Jaime— que la familia es la columna fundamental de una mejor sociedad.
Cuando nos llegue a nosotros la hora de partir, como a todos, ya nos veremos. No será difícil, me bastará levantar la vista y ver una bandera colorada para encontrarte.
Ernesto Castellano Christy
CI 3.389.657-1