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    Sendic (I)

    Sr. Director:

    Reflexiones para no seguir metiendo la pata. Hace varios días se conoció que el vicepresidente de la República había cometido errores en el uso de la tarjeta corporativa de Ancap.

    A partir de allí se descargaron cataratas de tinta y dichos al respecto. Las de los que quieren medrar con los errores y las de los que quieren explicar y defender los hechos protagonizados por el vice, empezando por él.

    Esto obstaculiza el análisis serio de qué hacer ante este tipo de casos, qué actitudes es sano adoptar a efectos de que no se cometan más estos errores u otros similares en la administración de los bienes públicos. Y qué deberían hacer quienes los cometieron.

    Considero que a las “explicaciones” dadas por Sendic bien se les puede aplicar aquello de que “es peor la enmienda que el soneto”. No asume francamente el error. Lejos de ello:

    — Se victimiza, atribuyendo todo a campañas destinadas a desacreditarlo, a la canallada de periodistas y medios, etc.

    — Lanza una serie de leccioncillas sobre cómo actuar ante situaciones tan comunes como la pérdida de valijas, la compra de regalos institucionales o vituallar reuniones de trabajo, como si los escuchas fuéramos tontos o ignorantes, sin comprender que entre ellos hay gente que sabe mucho más que él al respecto (y los que no saben, más vale que no aprendan de él).

    — Pretende disminuir el error cuantificando montos y relacionándolos con las cantidades que maneja la empresa. Casi como que dijera: como el monto es chiquito, el error es un errorcito. Pues no, señor, no hay usos malos y “malitos”; hay solo mal uso de tarjetas.

    — Cae en un “encuadre político” general del problema, para incorporar su actuación a la condición de objetivo de la infame andanada que la derecha descarga a nivel continental contra las fuerzas progresistas.

    Si esto es lamentable y penoso, lo es más cuando su propio sector respalda esas posturas y cuando no surge desde el Frente Amplio (FA) una sugerencia nítida de cómo proceder. Parece que importara más salvar la imagen del vice que reivindicar, subrayar, fortalecer los principios de la izquierda en las cuestiones de la administración pública.

    La política es también pedagogía. Todos aprendemos cotidianamente de los que nos rodean y —nos guste o no— las personas públicas son referentes; muy especialmente los que conducen el país.

    Personalmente no tengo ninguna responsabilidad política más que sobre mí. Integro el populoso mundo de los ciudadanos de a pie. No obstante, considero que hay cosas frente a las cuales no se debe callar y que no es excusa para el silencio que callen otros que por sus responsabilidades deberían hablar. Especialmente en momentos en que la irrupción de la corrupción (variopinta) en el continente entero desesperanza e indigna a las ciudadanías. Frente a esto algunas izquierdas parecen haber perdido la brújula y también la capacidad de articular diariamente los principios y la práctica, o, para decirlo más popularmente, parecen haber perdido también la chaveta. Y si se pierde la chaveta no se reencuentra la brújula.

    Siento que debo sugerirle al vicepresidente que renuncie. Que reconozca sus errores y deje de dar manotazos de ahogado. Que no ponga en un brete político al Tribunal de Conducta Política (TCP) del FA al que se debería someter después de renunciar para que entonces el TCP tenga ante él a un simple frenteamplista y no a un alto mandatario elegido por una ciudadanía que rebasa ampliamente los límites del FA.

    ¿No tiene suficiente autocrítica como para darse cuenta que su dañada credibilidad, daña al FA, al gobierno y a la política en general? Autocrítica para comenzar valientemente a corregir errores y actitudes en un práctica adecuada para hacerlo, que no es precisamente la de los lobbies y los pasillos del poder y menos la de la representación ciudadana; autocrítica que le permita saber cuáles son los gastos que debe reembolsar.

    Por favor, no desesperancemos a la gente, no la empujemos a creer que “todos son iguales” porque ese es el peor veneno para ser —dijera Seregni— obreros de la construcción de la patria.

    No agarremos al vicepresidente de punching ball. Tampoco seamos como los súbditos que describió Andersen en su genial cuento El traje nuevo del Emperador.

    Comprendamos que en la gran cancha de lo público, hay áreas en las que meter la pata es penal.

    Comprendamos que la democracia, así como requiere saber escuchar, ser abierto, flexible, firme y veraz con el disenso, también requiere ser estricto, austero y riguroso en la administración. Si no, no hay respeto.

    Mi sugerencia es dura y puede parecer exagerada, pero creo sinceramente que es la que más beneficia a todos, empezando por Raúl F. Sendic.

    A veces, irse es llegar.

    Emilia M. Carlevaro