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    Señorita Austen

    Columnista de Búsqueda

    N° 1773 - 17 al 23 de Julio de 2014

    Para conseguir un efecto parecido al que produce la primera oración de “Orgullo y prejuicio” habrá que esperar largamente las comedias brillantes de Oscar Wilde, y creo que ni aun así se obtendrá tanta sinceridad y certeza capaces de retener el sentido crítico respecto de las costumbres que solapan o adulteran la felicidad entre los hombres y mujeres de ese siglo que dio en llamarse romántico, pero que bien pudo denominarse transicional o deliciosamente bífido. Creo que todas las novelas que siguieron a esta singular obra maestra de la literatura inglesa deben a esa oración la premisa mayor que las sostiene como testimonios leales de sus enjuiciamientos de valores y modalidades en una sociedad que si bien en los dominios de la política y en parte de la economía trataba de superar la estratificación, en lo social y psicológico por todos los medios, desesperada y paradójicamente, intentaba consolidarla con invisibles cadenas de acero.

    Apenas abrimos la novela de Austen, el tono alegre, delicadamente satírico y el postulado moral de toda la obra saltan gratamente a nuestros ojos: “Es una verdad mundialmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa”. Enseguida, y con una maestría que luego admiraríamos en Flaubert o en Dostoievski, se despliega la tesis en sus aspectos cotidianos, esto es, se aplica el concepto a lo que será con exactitud el hilado de la trama: “Sin embargo, poco se sabe de los sentimientos u opiniones de un hombre de tales condiciones cuando entra a formar parte de un vecindario. Esta verdad está tan arraigada en las mentes de algunas de las familias que lo rodean, que algunas le consideran de su legítima propiedad y otras de la de sus hijas”. Desde este preciso punto la historia no cesará de fluir: la familia Bennet —compuesta por un padre benevolente y racional ubicado en minoría frente a la ruidosa alegría de sus cinco hijas y la caricatura disparatada y tierna de su esposa— está alborotada porque al vecindario llegaron un par de apuestos caballeros de alto rango y que imperiosamente deberían ser capturados en las redes del encanto para cumplir con la necesidad de asegurar a todos bienestar futuro y lucimiento social. Esa finalidad la cumplirían Jane y Lizzy, las hermanas mayores; quienes viven la situación más como una oportunidad sentimental y no como obligación de familia.

    Las incidencias del relato —cortejos, temores, engaños, intrigas, sentimientos genuinos y fingidos— son las previsibles en una historia de esta índole, y apenas me interesan porque, aunque bien urdidos, no salen del encuadre habitual y por tanto no hacen ninguna considerable diferencia. Pero el trazado de la imantada personalidad de Lizzy sí que es todo un prodigio de fina elaboración psicológica y constituye el mayor atractivo de la obra. Piense el lector en la serena e irreverente suficiencia de la Beatrice de “Mucho ruido y pocas nueces”, piense en la tranquilidad de espíritu y en la convicción no fanática sino irreductible y sin estridencia de Cordelia, la menor de las hijas de Lear; piense, también, en la reserva no angustiada de la señorita Elinor Dashwood, de “Sentido y sensibilidad”, y tendrá una silueta cercana, aunque imperfecta, de la interesante y matizada Elizabeth Benneth, causa y luz de esta novela.

    Dos aspectos me llaman la atención de este personaje; uno de ellos es su ductilidad, su amplitud de comprensión: advierte cuál es la tramoya patética de su destino de mujer en una sociedad en la que el matrimonio es asumido como un trabajo con todas las abnegaciones y renuncios que ello implica, y no por eso deja de prestarse al juego tratando de hacer coincidir el deber con la ilusión, las seguras obligaciones del oficio con las promesas del amor; cree, como pocas en su clase y tiempo, que no es la primera clarinada la que ha de llamarla a filas y por eso ve y vive todo con amable distancia, sin engañarse, pero también sin pesadumbre; para ella el matrimonio es un punto de partida, no el botín que se conquista. Su otro rasgo está en la inteligencia, en el ejercicio prudente y suave de su clara superioridad intelectual y moral, que la lleva a manejar las emociones con una soltura racional que impresiona y admira; cada uno de sus parlamentos suma a esto el ingenio punzante de la Beatrice shakespeariana, pero se expresa no en clave de combate de perspicacia verbal sino con dulce amenidad y gentil decoro, sonriendo apenas con los ojos, diáfana y tiesa, como conviene a una dama en situación de conquista en un mundo donde las formas lo son todo y los contenidos una vasta colección de lugares comunes que nada significan.

    La lectura de esta novela asegura dos o tres horas de felicidad y un enérgico recuerdo —el de esa Lizzy que es, por su humor y opiniones, el alter ego mejorado de la propia Austen— que perdura más allá de su pequeña y socorrida historia de amor.