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Vamos a ver: el origen de Battleship es un juego creado por Hasbro (al igual que “Transformers”) y su destino es, naturalmente, el público juvenil. Este cronista, que ya tiene unos cuantos años, nunca fue afecto a los “Transformers” (en realidad los ha evitado discretamente) por la sencilla razón de que toda esa barullenta parafernalia le resulta muy aburrida, aturdidora, reiterativa y diríamos que embrutecedora. Es como la apología de la violencia o, mejor, una especie de catarsis para canalizar la violencia implícita en cada uno de nosotros en la destrucción de monstruos mecánicos agresivos, malvados y depredadores. Primero hay que romper todo y sobre las ruinas celebrar la victoria contra ese adversario tan poderoso, igual que David cuando venció a Goliat.
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Entonces, las reglas son claras: si usted no sabe (o no quiere) jugar, no se meta. Deje que los chicos se diviertan, aun sabiendo que esa diversión no es para nada inocente. Pero aquí viene la segunda parte, y esa sí que nos concierne. El juego es tan popular y exitoso que Hollywood cree que merece ser llevado a la pantalla grande. Con los efectos especiales todo va a resultar más espectacular, al punto de llenar más de dos horas con estruendosas batallas donde los seres humanos (pobrecitos) llevan siempre las de perder hasta que el protagonista, en un acto casi desesperado, descubre la manera de transformar la derrota en victoria y salvar a la humanidad. Gloria, medallas, salvas de artillería, honores militares y hasta la mano de la hija del almirante premiarán su abnegado individualismo.
Pero en medio de tanto esfuerzo y presupuestos millonarios, ¿por qué no destinar parte de esos 200 millones de dólares a pagar un buen libreto que al menos sea medianamente creíble para esa parte del público no adicto que va al cine a buscar un buen entretenimiento? Los hermanos Erich y Jon Hoeber no lo han creído así y se demoran más de lo necesario en tonterías llenas de lugares comunes para mostrar cómo el joven e irresponsable Alex Hopper (Taylor Kitsch) se enamora de la rubia y apetecible Samantha Shane (Brooklyn Decker), que es nada menos que la hija del almirante de la flota del Pacífico (Liam Neeson), de quien depende su propio hermano Stone (Alexander Skarsgard). En una incomprensible elipsis narrativa, Alex ya es integrante de la Marina y se va con la flota a practicar maniobras navales cerca de Pearl Harbor. ¿Otra vez?
Sí, otra vez. Salvo que ahora los japoneses son aliados y un oficial nipón (Tadanobu Asano) está al mando de la operación para mostrar que aquello que ocurrió hace 70 años está olvidado. Y la batalla, ¿para cuándo? Todo ese preámbulo es muy aburrido, con humor ramplón, actuaciones mediocres y diálogos previsibles. Y siempre pasa lo mismo: cuando surge en medio del océano una torre gigantesca que parece un obelisco de más de cien metros, a nadie se le ocurre pensar que sea una nave extraterrestre, porque esta gente o nunca va al cine o no sabe reconocer el peligro cuando lo tiene frente a sus narices. El ataque no se hace esperar y, entonces sí, Battleship justifica el título y toda la acción prometida.
¿Eso hace que sea una buena película? No necesariamente, porque lo que procede por acumulación embota los sentidos y no los agudiza para disfrutar del suspenso y de los climas ominosos. La destrucción masiva a nadie le mueve un pelo, porque todo el mundo espera ver cómo hará Alex (que ya ha tomado el mando por capricho del libreto) para desbaratar el ataque alienígena, y sabe íntimamente que eso va a pasar porque el filme no se interesa por las motivaciones sino por los resultados.
Hasta un excombatiente sin piernas tendrá su momento de gloria, y el viejo acorazado de la II Guerra Mundial operado por sus venerables veteranos reivindicará el recuerdo de Pearl Harbor. Inverosímil pero digno muestrario del cine más idiota del Hollywood de hoy: el que se hace para adolescentes menores de quince pero pensando realmente en los menores de nueve. Llámele subestimación si quiere, pero es peor que eso.
“Battleship: Batalla naval” (“Battleship”). EEUU, 2012. Dirigida por Peter Berg. Duración: 131 minutos.