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Para Bernardo Berro, parte de la fascinación que el pensamiento francés tenía en las mentes de la dirigencia hispanoamericana se debía al totalitarismo que durante siglos España había ejercido sobre sus colonias ultramarinas. La exclusión de los criollos en la vida política y económica hispanoamericana y la falta de ilustración que caracterizaron al dominio hispano, habían favorecido la penetración de ideas libertarias “extremas” a través del romanticismo francés.
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Pero las elites criollas no estaban preparadas para conjugar, en palabras de Berro, “libertad con sistema republicano”. Inspirados en las ideas francesas, el grueso de los líderes revolucionarios latinoamericanos con Bolívar a la cabeza (y con Artigas como clara excepción) había conducido el proceso independentista por un camino equivocado: “No ha habido demasía ni error político ninguno que no se haya apoyado en un ejemplo y en un paralogismo tomado de la Francia. Arrebatados siempre a los extremos, oscilando entre la más relajada insubordinación y el despotismo más concentrado, jamás supieron o quisieron tomar el camino medio, y el pueblo ignorante, pero inocente, masa inerte y sin movimiento propio, tan dispuesto a adoptar lo malo como lo bueno, ora era impelido por unos a que siguiese las banderas de la anarquía, ora era por otros obligado a sostener el absolutismo disfrazado”.
En el clima mental que reinaba a comienzos del siglo XIX en Hispanoamérica, escribió Berro, “el viejo Franklin, el grave Washington, eran despreciados como personajes muy fríos y templados para tener lugar en la representación de un drama en que lo más era fuego, arrojos y pasiones. La abominable gloria napoleónica, de ese héroe de los tontos y de los insensatos, (…) ¿cuántos alicientes no ha ofrecido a esos sus ridículos, pero no menos funestos, sectarios e imitadores que se han visto y se ven en estas tierras verdaderamente dejadas de la mano de Dios?”.
La influencia gala tenía, según Berro, dos grandes consecuencias negativas. Una era el emborrachamiento de las cabezas que producían las ideas y las pasiones francesas, tan adictas a proponer cosas de imposible realización (dato interesante: una de las consignas más emblemáticas del Mayo 68 parisino era, justamente, “sé realista, exige lo imposible”).
La otra consecuencia negativa era la propagación del centralismo francés, “introducida para nuestro mal en estos países y que ahora quizás más que nunca domina en las cabezas y en los corazones de nuestros políticos”.
La centralización, característica de Francia a partir de la Edad Media, implicaba para Berro el unitarismo administrativo y la muerte de las municipalidades, quien a propósito del avance de las ideas centralistas se preguntaba: “¿de dónde han salido, sino de esa maldita manía de organizar la sociedad como un salón de historia natural o un cuadro sinóptico, en que haya clases, órdenes, géneros, subgéneros que subiendo de grado en grado y conteniéndose unos en otros, lleguen hasta la unidad que los abraza a todos? De Francia, y no de otra ninguna parte”.
Según sus confesiones más íntimas, Berro no se consideraba “ainglesado”. Y declaraba, abriendo el paraguas, que la profunda aversión que sentía por la oferta ideológica francesa en América hispana no se debía en absoluto a sus discusiones con el afrancesado Oribe.
En cuanto a su admiración por el modelo anglosajón, Berro reconocía “que a pesar de la frialdad insípida y el poco atractivo de los ingleses, les doy la preferencia con mi entendimiento por cuanto encuentro en su carácter y en sus ideas, en sus costumbres y régimen social, mucho que se acomoda perfectamente con lo que yo me imagino que deben tener nuestras repúblicas si hemos de buscar nuestra felicidad por la senda democrática”.
Esta aclaración es crucial, pues pone las cosas en el centro de la mesa: la influencia francesa solo habría de traer desgracias para las nuevas naciones hispanoamericanas, mientras que la influencia inglesa aportaría los elementos necesarios para el crecimiento y fortalecimiento de repúblicas democráticas.
Berro mismo lo sintetizaba de la siguiente manera: “Hay un hecho que suministra gran fuerza a mi opinión. Este hecho es el de la república norteamericana, libre, dichosa y marchando a pasos agigantados por la escala del progreso y todo esto se ha conseguido bajo la influencia del espíritu inglés (…) el cual se ha amoldado a las mil maravillas con las instituciones y las costumbres de aquella tierra clásica de la libertad. ¿Cuánto mejor no sería ir a buscar allí analogías y ejemplos que imitar? Pero yo sé que la galomanía es el prurito de los sudamericanos y que por ahora y en muchos años y tal vez siempre, estaremos dominados de ella”.
Sabias palabras, contundentes palabras, visionarias palabras que a más de 170 años nos ayudan a entender algunas razones centrales del descalabro republicano en esta parte del mundo.