Nº 2223 - 4 al 10 de Mayo de 2023
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáQue yo era parte de la generación X lo aprendí de grande, cuando apareció el término en la novela del escritor canadiense Douglas Coupland, en 1991. Aunque la idea generación X había sido usada antes (muy notoriamente por Billy Idol, su banda se llamaba así), para mí esa fue la primera vez que leí el concepto referido a un comportamiento, a una forma de pararse en el mundo y a una sensibilidad generacional específica. Generación X éramos aquellos nacidos entre 1965 y 1981 y nos costó más de 25 años tener un nombre.
Hasta ese entonces, la “X” del término había significado esencialmente la imposibilidad de encontrar, dentro de determinada generación o grupo, elementos en común. Es decir, se usaba para señalar una dificultad en la agrupación y no como resalte de una característica en común. En una entrevista de 1995, Coupland reconocía que su versión de la idea generación X la había tomado de un ensayo publicado en 1983, Class: A Guide Through the American Status System, en donde su autor, Paul Fussell, argumentaba que el sistema de clases de Estados Unidos era más complejo que su división clásica en clases altas, medias y bajas.
Fussell usaba el término “categoría X” para agrupar a aquellos que, si bien habían nacido dentro de una clase identificable, rechazaban el sistema de clases estadounidense. O, como diría Coupland en esa entrevista, “personas que querían saltar de la calesita de estatus, dinero y ascenso social que tan a menudo enmarca la existencia moderna”. La novela de Coupland sería un hit, se la vincularía con el entonces naciente grunge y hasta daría nombre a una película ambientada en Seattle. A partir de allí, generación X somos los que ocupamos el lugar del jamón en el sándwich armado por boomers y millennials.
Desde mis días en la carrera de Sociología creo que la generación no es una buena categoría en términos analíticos. Aunque sus integrantes pueden tener elementos en común, las generaciones distan mucho de ser homogéneas. Dicho lo cual creo que, si le bajamos un cambio al asunto y nos conformamos con una definición de generación mínima, esta puede servirnos para encontrar cierta lógica en los comportamientos de algunos grupos. O, esto es más específico, a la ausencia de esos comportamientos. La omisión es también una forma de “hacer” en lo social. Y si algo se ha dicho de la generación X es su ausencia de apego hacia un proyecto común, su relativa apatía a la hora de enfrentar las situaciones de estrés social y lo renuente que es al compromiso.
Si le hacemos caso a la propia idea de generación, podemos decir que proyecto común o compromiso son conceptos creados por la generación previa, la de los boomers. Es decir, estaríamos midiendo los intereses y formas de hacer de una generación desde los parámetros de lo bueno y lo malo que fueron fijados por la generación previa. De ahí que el tono cuando se habla de la generación X suela ser crítico: ustedes son apáticos, ustedes son individualistas, ustedes no tienen proyecto. Ustedes no se propusieron cambiar el mundo de arriba abajo. Ustedes no son gran cosa.
Todo eso puede ser cierto y al mismo tiempo ser un valor. Por recordar una característica de la generación boomer, ellos sí que estaban convencidos de tener un proyecto, uno revolucionario y universal que, por su naturaleza necesaria, era compulsivo para el resto. De lo contrario, uno se convertía en un reaccionario, en un amante del statu quo. Pero incluso esos amantes del statu quo también tenían un plan para todos, uno que pasaba por el consumo y la búsqueda de ascenso social a toda costa. Nada de esto sería un problema salvo porque los intentos de instauración de los dos modelos se llevaron muchas veces puesto el andamiaje democrático y con él, la posibilidad de la gente de decidir su propio destino. El problema que suelen tener los que están dispuestos a morir por sus ideas es que muy a menudo están dispuestos a matarte por las tuyas. Salvo por eso, todo bien con los amantes de la épica social a gran escala.
Es verdad, la generación X no tuvo un gran plan, no se esforzó demasiado por imponer sus ideas al resto, a duras penas fue entendiendo los cambios que se iban procesando a su alrededor y a los tropezones fue entendiendo que no iba a ver ninguna revolución en su tiempo de vida y que eso no era algo malo. Al mismo tiempo aprendió algo muy valioso: a no romperle los huevos a nadie, algo muy adecuado para la convivencia entre gente que tiene distintas visiones de las cosas. Ese no romperle los huevos a nadie es un gran punto de partida para, después y a partir de las afinidades que surjan en el llano, juntarte con otros para hacer cosas.
Esa “generación ausente y solitaria”, como la definió la revista under G.A.S. a finales de los ochenta, se negaba a plegarse a los planes de las generaciones previas y a la vez admitía no tener un gran plan propio. Planes tenía, sí, pero siempre fueron modestos. De hecho, hoy vivimos en el mundo resultante de algunas de las ideas que esa generación tuvo. Por ejemplo, la idea de que uno como adulto es dueño del propio cuerpo y que, así como está mal reventar a los demás en nombre de tu ideología, es perfectamente válido reventarse uno mismo en nombre de la autonomía individual. Por eso, si hoy vos, millennial, centennial o lo que seas, fumás porro legalmente y nadie te patea la puerta de casa en la madrugada, se debe en buena medida a esas (no tan) pequeñísimas batallas que libraron esos apáticos sin plan, hace 30 o 40 años.
En un pasaje de la novela de Coupland, un generación X le espeta a su jefe boomer: “¿Crees que disfruto oyéndote hablar de tu nueva casa de un millón de dólares, cuando nosotros casi no nos podemos permitir el lujo de comer esos bocadillos metidos en cajas de zapatos, y eso que ya vamos para los 30 años? Una casa que ganaste en la lotería genética podría añadir, por el solo hecho de haber nacido en el momento adecuado de la historia. En estos momentos, Martin, no durarías ni 10 minutos si tuvieras mi edad”. La misma lotería genética que nos colocó en primera fila para ver los desastres producidos por las grandes ideas pasadas y que al mismo tiempo nos puso demasiado adelante como para llegar a confiar en las grandes ideas por venir. La desconfianza en los grandes planes es un rasgo típicamente generación X.
Negarse a subir a la calesita que propone el statu quo, sea este el que sea, también es una forma de rebeldía. Con poca épica, porque siempre será un gesto individual. Pero precisamente por eso será más auténtico que subirse al carro de las ideas en venta en el mercado. Da laburo (casi siempre peleás solo), te van a llamar apático, tibio y poco comprometido (siempre según la idea de compromiso de alguien más). Pero esa negativa, esa omisión, esa ausencia son el lugar que te tocó en la lotería genética y que te permitió acuñar el respeto a los demás no como una abstracción, sino como un valor esencial para la convivencia democrática. No será un gran plan, pero se le parece bastante.