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    Sobre el discurso del comandante en jefe del Ejército

    Sr. Director:

    Lector asiduo del semanario, no recuerdo, en las “Cartas al Director”, haber leído nunca una tan agresiva, casi insultante, como la que publica Búsqueda en las páginas 45-46 del Nro. 1.919 de 25 de mayo del año en curso, bajo el título “Sobre el discurso del comandante en jefe del Ejercito”, firmada por el señor Daniel García,

    Yo, como seguramente muchísimos otros ciudadanos, estoy, no ya “en la vereda de enfrente” del señor García, sino que estoy en sus antípodas. Rechazo no solo sus apreciaciones históricas, sino hasta la puntuación de su carta. No respeta ni al Poder Judicial al cual acusa de aplicar “leyes en forma retroactiva, violando principios del derecho fundamentales, aplicando normas cuyo efecto es nefasto y esgrimiendo principios claramente anticivilizatorios [sic]”.

    Trata a las personas como “lobos vestidos con piel de oveja” y “apátridas” y “mafiosos”. De esta manera, la exposición del corresponsal se malogra por la forma irrespetuosa en que expone sus puntos de vista.

    Cuando, fugazmente, visitó Montevideo el presidente de Costa Rica, un periodista le preguntó por qué Costa Rica no tiene ejército. La repuesta fue concreta y categórica: “Porque somos un país pobre”.Yo pienso: ¿el Uruguay es un país rico?

    Empezando porque, como contribuyente, sostengo que el Uruguay debe eliminar de su presupuesto el inciso “Ministerio de Defensa Nacional”, derivando los servicios civiles que tiene a su cargo, a las reparticiones que pudieran corresponder en cada caso.

    Los tres millones de uruguayos tienen que trabajar mucho para mantener un aparato costosísimo (cientos de millones y millones de dólares por año) que no tienen retorno en términos de servicios útiles y necesarios a la sociedad que los paga, por eso hay que retaceárselos a la red vial, a la instrucción pública y a las crujías de los hospitales; mientras tanto, tenemos que hacer colectas para que los enfermos vayan al extranjero para recibir los tratamientos que Salud Pública no les brinda, aunque se nos agobie con impuestos. Esos impuestos se distraen en costear unas fuerzas armadas que el país no necesita. ¿está previsto, como hipótesis, que vayamos a tener una guerra con Noruega?

    Cualesquiera de nosotros, alguna vez en la vida, hemos reclamado angustiosamente la asistencia de un médico, de un dentista, de un policía, del chofer para un ómnibus; ¿quién ha pedido alguna vez la asistencia de un militar? En las oportunidades en que la tropa (no la oficialidad) ha concurrido en auxilio de la gente, lo ha sido para realizar tareas civiles (apoyo en una catástrofe, propio de los bomberos; recolección de basura, propio de obligaciones municipales, etc.), nunca fue convocado el Ejército para realizar, propiamente, tareas militares, salvo cuando dio el golpe de Estado, con gran despliegue de la parafernalia de guerra. En esa oportunidad sí, estuvo presente, al mando, la alta oficialidad.

    Decía Lugones: “el ejército es el último reducto de la aristocracia” y yo opino lo mismo. La Edad Media le legó al mundo moderno, tres grandes corporaciones: La Iglesia, la Universidad y la aristocracia encarnada en el ejército. Véase: los militares tienen una forma privativa de vestirse y saludar y, mediante la forma, cantidad y distribución de los galones, reconocerse la jerarquía; tienen, en exclusividad, un hospital para ellos y sus familiares, dividido en dos sectores, uno para la oficialidad y otro para la tropa, diferenciados, principalmente, por la calidad del servicio de hotelería (ese hospital es deficitario, auxiliado por Rentas Generales); una parte del Cementerio del Norte, ostensiblemente, les está reservado. (Valga esta anécdota: una mañana, al llegar al Cementerio del Norte vi una cureña y el ataúd cubierto con la bandera uruguaya, pensé que podría tratarse de alguna eminencia científica o artística, pero no, me enteré de que el fallecido, objeto de los homenajes, era un general); tienen su propia enseñanza profesional, pero han conseguido agregar la enseñanza secundaria bajo su control, no sea cosa que los jóvenes aspirantes tengan contacto con adolescentes ajenos a la “familia militar”; la propia Constitución les reserva a los militares un área de justicia sin intervención de la Suprema Corte; las irregularidades, de cualquier entidad, en que puedan incurrir sus integrantes, las juzga un tribunal de honor y sus decisiones son inapelables; al Poder Ejecutivo solo le corresponde homologar los fallos.

    Tienen palabras propias para distinguirse del común, por ejemplo, los militares no se jubilan, los militares se “retiran” y no tienen “caja de jubilaciones” como cualesquiera de nosotros, ellos tiene “caja de retiros” (deficitaria); tampoco tienen el mismo sistema para atender las pasividades. Ellos están favorecidos con un régimen altamente privilegiado. Nosotros, los plebeyos, computamos el promedio de los últimos tantos y cuantos años de trabajo y aportes, ellos se “retiran”, si quieren, a más temprana edad, con el sueldo íntegro del grado superior, sin haber pagado por tal concepto el Montepío correspondiente; en su reciente discurso el comandante en jefe negó que los militares fueran “funcionarios públicos”, reservándoles la acepción de “servidores” públicos, con lo cual despojó de esa condición al resto de la burocracia nacional;

    tienen su propia cárcel, reservada exclusivamente a los delincuentes que proceden de la “familia militar”.

    El ejército es siempre, políticamente, un tema soslayado. La senadora Constanza Moreira alguna opinión aventuró, fugazmente, pero se ha llamado a silencio y nadie tiene interés en ventilarlo. Sin embargo, bueno sería que los partidos y el periodismo lo trajeran a la discusión pública para que podamos, con conocimiento —no como ahora en que todo es turbio— tomar, respetuosamente, decisiones.

    Guillermo Vázquez Franco