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Debo reconocer dos cosas: Uno: que no soy fervoroso lector de galería y, a pesar de ello, dos: que revista y semanario conforman un verdadero “sistema estelar binario estereoscópico” en el que cada una de estas dos estrellas orbita a la otra con luz propia, fuerte y diferente potenciándose recíprocamente.
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En plan de reconocer debo agregar también que no solía leer los editoriales de galería hasta que me tocó presenciar una charla de su directora editorial, Adela Dubra, donde exponía su visión y la misión que desde su rol le asignaba a la revista. A partir de entonces es lo primero y casi lo único que leo. Me gusta la secuencia y la cadencia de lo que escribe, me gusta seguir su línea de razonamiento, me resultan más que interesantes los datos y referencias que cita… y muchas veces discrepo con la conclusión.
Precisamente esto me pasa con el último editorial. Recuerdo claramente el revuelo que desató la demanda de una feminista americana y la subsiguiente campaña pidiendo retirar de una exposición la pintura Thérèse Dreaming de Balthus —pintor que desconocía hasta el episodio— y los miles de adhesiones que obtuvo en Internet como, más que el solo alivio, la esperanza en que la humanidad no había perdido del todo la cordura cuando el Metropolitan Museum de Nueva York dio a conocer su decisión de no innovar sobre el cuadro.
Es que la militante oposición a la exhibición de Thérèse Dreaming no difiere en nada —conceptualmente hablando— de infinidad de campañas censuradoras similares basadas en igual pretexto: algo ofende la sensibilidad de alguien. Y a este “alguien” le basta señalar con dedo acusador —con la sola credencial de invocar un “movimiento” políticamente correcto— para arruinar reputaciones, carreras, ecuanimidades y equilibrios. Pero también para cercenar libertades. En este caso la del público de ver y pensar por sí mismo.
Que en este caso haya partido de una feminista es accesorio. Puede tratarse tanto de un retrato de una niña en el Metropolitan de New York como del afiche del Ama de leche de Fernando Fraga para la última Patria Gaucha que una dependencia del Mides quiso censurar porque “retrotrae a un pasado que la comunidad afrodescendiente y la sociedad uruguaya toda debe rechazar porque invisibiliza el impacto que la cultura esclavista y racista generó en las personas que la sufrieron”; puede ser el magnífico poema de Kippling que ha inspirado a generaciones enteras, la música de Michael Jackson o hasta el más puro idioma español cuando se resiste a “incluir” y a tomar en serio aberraciones como el “todes” o el “tod@s”. Puede suceder hasta con un autor o un actor que ya no responde a los dictados del colectivo al que pertenecía, como sucedió con el vernáculo Franklin Rodríguez (a quien le prohibieron utilizar una sala de El Galpón por atreverse a contradecir el discurso hegemónico de SUA), o de una murga que no adhiere al “discurso oficial del carnaval”. Cualquier cosa —siempre que vaya en contra de la “hegemonía cultural” de estos dogmáticos “colectivos” militantes puede ser censurada por ignotos y fugaces actores sociales que jamás serán protagonistas, cuya dimensión histórica, intelectual, artística o sociocultural no alcanza ni por asomo la contribución (aunque más no sea por ser tales obras el reflejo de una época) de sus creadores.
En su libro El miedo a la libertad, Erich Fromm propone al ser humano como “el producto específico e históricamente diferenciado de una época, cultura y grupo social determinado; un ser capaz de adecuarse a las distintas estructuras en que se divide la sociedad, y —mediante su pensamiento y acción— transformar tales estructuras erigiéndose en sujeto del proceso y no tan solo en resultado”. Esto, que es cierto para el hombre y la mujer común, lo es más para los hacedores, los creadores, los que se resisten a simplemente sobrevivir. Los que han tomado conciencia de que, como decía Ingenieros: “Un ideal no es una fórmula muerta sino una hipótesis perfectible que actúa en función de la vida social que incesantemente deviene. La imaginación, partiendo de la experiencia, anticipa juicios acerca de futuros perfeccionamientos: los ideales. Los ideales pueden no ser verdades, son creencias. Un vuelo del espíritu hacia una realidad mejor. Representan el punto más elevado de la función de pensar e influyen en nuestra conducta en la medida en que creemos en ellos”. Es de algún modo el “yo soy yo y mis circunstancias” de Ortega y Gassett que exige salvar las circunstancias para salvar al yo.
Es por eso que es el verdadero arte, en cualquiera de sus formas, tanto una expresión de los mejores “vuelos” del autor, de su circunstancia y de su época –muchas veces en contra de esta— como desafío creativo y creador a los paradigmas imperantes (más de lo mismo no es arte, es solo técnica). Por eso, y porque es imposible abarcar las circunstancias de cada quien y de cada época, lugar o cultura, de los artistas el arte, no la persona. Y de los censores nada, salvo su ausencia.
Los artistas suelen ser ejemplo de conductas no ejemplares. Además de los citados por Dubra, Tchaikowsky, por ejemplo, sentía asco por el contacto físico con su esposa y mantuvo durante años una relación postal enfermiza con su mecenas, Mdme. Nadezhda Von Meck. Eso no hace su Concierto Nº1 menos glorioso. La Maja desnuda de Goya podría ser considerada pornografía. No resta méritos a su arte. El Decamerón de Bocaccio es más que solo atrevido, igual que “degenerado” es el Calígula de Tinto Brass o violenta La naranja mecánica de Burgess y Kubrick, lo que no les impide ser objeto de culto. El islam esclaviza a sus mujeres e incentiva a destruir a los infieles. Eso no hace menos admirable la arquitectura o el arte morisco.
¿De dónde emerge entonces la autoridad y la norma —moral, cultural, social, intelectual o cualesquiera “al” que se les ocurra— para censurar una obra? ¿En qué fundamentan su totalitarismo que pretende imponer cosas como que “la sociedad uruguaya toda debe”? ¿Cuál es el criterio para decretar que una “activista” como Maya Angelou es mejor poeta y más digna de nuestra atención que un Rudyard Kipling? O que Benedetti es más luminoso que Günter Grass, o Mercedes Sosa y Los Olimareños más inclusivos que Hugo Ferrari y Los Nocheros. Porque si de contabilizar defectos y pecados se trata, no creo que haya entre los “aceptados” ninguno libre como para tirar la primera piedra. Y menos aún resistir el paso del tiempo ni de sus circunstancias.
Personalmente he elegido no escuchar más a Los Olimareños, ni a los Larbanois Carrero, ni a los Viglietti, Zitarrosas o Mercedes Sosas, ni leer a Galeano, Benedetti o muchos más como ellos porque su mercantilista hipocresía —sus elegidas circunstancias— me superan; y porque les asigno responsabilidad en el lavado de cerebros de generaciones enteras. Pero no se me ocurre pedir que se los censure ni prohíba. Cada quien tiene la libertad de elegir qué leer, qué escuchar y cómo equivocarse. Lo que no tiene es el derecho a cercenar la libertad de otros a elegir su propio acierto o error. Menos aún a imponer el propio error y modelo.
Me pregunto entonces si es compatible censurar a Balthus y a Michael Jackson por supuesta pedofilia, pero permitir el adoctrinamiento de nuestros niños en ideología de género en las escuelas por sus propios y “diferentes” profesores, quienes años atrás hubieran sido acusados de atentado violento al pudor por tal comportamiento en las aulas; si es racionalmente aceptable condenar la “violencia de género” pero aceptar el “muerte al macho” o el apelativo “machirulo”; si está bien exhibir la personal sexualidad sin tapujos ni pudor, pero solo y siempre que no sea hétero; si es siquiera entendible pregonar la libertad y la igualdad, pero se exijan derechos sin obligación ni responsabilidad alguna y se ejerza violencia o presión social sobre el que piensa distinto. No estoy diciendo que se permita una y otra, sino que se aplique la misma regla. No puede ser malo lo que me ofende a mí, pero bueno aquello con lo que yo ofendo a otros, incluyendo sus principios, valores y código moral.
Buena cosa es que la época pida conciencia, como argumenta Dubra. Es más que necesario: es imperativo. Pero para ofrecer conciencia hay que tenerla. Y no son los jóvenes sin formación cabal (me pregunto por qué son siempre “estudiantes” los iluminados que quieren imponer su verdad a través de la violencia), ni los dogmáticos de ideas fijas y excluyentes, ni los colectivos totalitarios de restringidísima retórica, ni los que “van por todo” sin haber hecho antes nada quienes pueden ofrecerla.
Esta colección de pequeños “Torquemadas”, colectivos para quienes su pobre ideología es la medida de todas las cosas, se ha arrogado —y el relativismo de lo políticamente correcto se los ha permitido— el derecho a imponer su prepotencia. Ya lo advertía el español Jardiel Poncela en 1913: “El hombre, que se ha vuelto cobarde para afrontar la vida él solo y de cara, se ha vuelto valiente para hacerse pistolero en pandilla. Todos creen tener razón en un momento histórico que se caracteriza precisamente por la falta de razón de todos”.
Permitir que continúe la embestida de esta forma de pensar basada en la exclusión, la censura y la asimétrica negación del otro es, ni más ni menos, que asistir a la recreación de la quema de libros de la biblioteca de Alejandría de Diocleciano, la Hoguera de las Vanidades de Savonarola, la Bebelplatz de Hitler del 33 o del Estado Islámico en 2015. Si el siglo XXI va por todo y no se salva nadie, como afirma Dubra, es nuestro deber hacer algo.