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    miércoles 17 de julio de 2024

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    Sobre las declaraciones del diputado blanco Álvaro Dastugue (II)

    Sr. Director:

    Los cristianos evangélicos hemos cuestionado y roto el paradigma que nos decía que no podíamos involucrarnos en política por ser un mundo sucio y corrupto. Comprendimos que ese mundo es como es precisamente por falta de gente honesta. No que todos los políticos sean sucios y corruptos y tampoco que los cristianos evangélicos tengamos la exclusividad en materia de probidad, pero sí ya era hora de que dejáramos de impedirles que se involucraran en política a nuestros dignos y honorables hermanos que así lo desearan, sin temor de ser contaminados. Vamos, que si una persona va a terminar deshonrando sus principios, lo hará en política, en los negocios, o donde sea que le toque estar. No es una cuestión del medio, sino de uno mismo.

    No obstante esto, aún nos está costando romper un paradigma duro como una roca que indica que todo tiene que recaer sobre los hombros de nuestros pastores, quienes hacen una tarea encomiable, sacrificada, y muchas veces tan ingrata como humana y necesaria. Pero no contentos con eso, los evangélicos hemos creído que el pastor debe ser un ente multiuso. Además de su rol, debe ser buen expositor, locutor de radio, conductor de TV, y últimamente, político. Los evangélicos rompimos el paradigma de no participar en política, y cuando lo hicimos, al preguntarnos a quién mandamos a dicha tarea, la respuesta no fue muy original: al pastor, cuya formación está lejos de la necesaria para ser político. No está mal que un pastor quiera ser político, pero al menos, necesita complementar su formación para desempeñarse aceptablemente.

    El mundo de la política no es trigo limpio, ya se dijo, y para entrar en él es recomendable ser astutos como serpientes y sencillos como palomas, ya que somos ovejas en medio de lobos. No se puede encarar un camino en la política si uno no se va a preparar para enfrentar adecuadamente el debate político, si no sabe hacer declaraciones, si no se está preparado para responder inquisitivas preguntas periodísticas, si a la hora de decir algo no se calcula la respuesta o la repregunta del receptor.

    Un pastor no necesariamente debe ser un intelectual, pero un político sí. De lo contrario, me conformaría con votar al diputado que propuso la delación remunerada de Uber.

    Recientemente, en declaraciones al semanario que usted dirige, un diputado fundamentó sus respuestas acerca de la ideología de género invocando supuestas noticias que le llegan por WhatsApp, cuya veracidad aseguró aún no haber investigado y que tales noticias referían a una eventual aprobación de la zoofilia por parte de La Corte Suprema de Canadá. Inmediatamente remató diciendo que no eran cosas que él afirmara, sino que lo decían los “portales de Internet”.

    Un representante nacional, entrevistado por uno de los semanarios más prestigiosos del país, que sabe que se le va a leer y opinar de lo que diga por semanas hace referencia a un trascendido de WhatsApp. Yo me pregunto: el diputado, ¿es de los que ponen declaraciones legales en Facebook para que Zuckerberg no se apropie de sus contenidos? ¿Es de los que reenvían el mensaje para que se le aparezca la pelotita azul para que WhatsApp siga siendo gratis? ¿Cree que hay unas dosis sobrantes de medicamentos para donar, para la cual hay que llamar a un teléfono que claramente no es de Uruguay? ¿A cuánto estamos de que afirme que existe un árbol en Madagascar que come humanos?

    Es muy poco serio, en boca de un diputado, hacerse de trascendidos de WhatsApp, y menos en un medio que llega a los hogares de un público tan amplio y calificado como el de este semanario que usted dirige. Si no hubo tiempo de verificar el hoax, mejor ni siquiera mencionarlo.

    ¿Acaso no hay suficientes argumentos para fundamentar nuestra postura acerca de la ideología de género, que tenemos que apelar a este tipo de cosas? ¿Un diputado no sabe argumentar?

    Si mis hermanos evangélicos quieren hacer política, yo les digo: adelante. Solo les pido una cosa. No sean panfletarios.

    No puede ser que lo único por lo que nos conocen a los evangélicos sea porque estamos en contra del aborto, del matrimonio igualitario y el consumo de drogas. ¿No tenemos nada que decir los evangélicos en cuanto al modelo económico? ¿En cuanto a los derechos laborales? ¿Ningún aporte que hacer en cuanto a la ética del uso de los dineros públicos? ¿Cómo nos paramos frente a la delincuencia y el deterioro social? ¿Qué podemos decir de las fuentes energéticas del futuro? ¿Con qué propuestas resolvemos la necesidad de vivienda de la gente? ¿Tenemos ideas para universalizar el acceso a servicios básicos de salud y de calidad? ¿Qué propuestas tenemos para la educación? ¿Qué opinamos del avance tecnológico? ¿Qué tenemos que decir acerca de la inmigración proveniente de zonas de conflicto?

    ¿Acaso tiene un pastor, solo por el hecho de serlo, capacidad de responder acerca de todos estos temas? El aspirante a político (sea o no pastor, no importa qué profesión tenga), ¿no debería formarse en estas y otras cuestiones? Yo pienso que sí, que hace falta menos WhatsApp y más libros.

    La Justicia obliga a una senadora a pagar una deuda que ella adjudica a una de nuestras iglesias por la impresión de listas de votación. ¿Quién debía pagar esas listas? ¿La senadora o la Iglesia? No importa. Aquí lo que importa es que hay una empresa que hizo su trabajo, lo entregó y nadie se lo pagó, y hace tres años que está esperando para cobrar 30.000 dólares. Una empresa que tiene empleados, jornaleros, a los que tiene que pagarles su jornal; ¿acaso nadie leyó Deuteronomio 24:14-15? Y en el medio de todo este bochorno, está el buen nombre de nuestras iglesias evangélicas puesto en medio del escándalo.

    ¿Por qué el buen nombre de nuestra comunidad tiene que pagar tributo a las consecuencias de hacer las cosas en forma desprolija, amateur, sin profesionalidad ni planificación?

    Los políticos tienen claros y legítimos objetivos de llegar a lo más alto en su carrera, para lo cual necesitan votos (ya que es sabido que a algunos les sobra capacidad material). En nuestras iglesias encuentran un lugar donde ofrecemos hacer andar toda nuestra capacidad movilizadora para conseguir los votos necesarios a cambio de colocar a nuestros miembros lo más arriba posible en las listas. La ecuación cierra notablemente. Ahora, ¿es esta mera coincidencia, de tipo sustrato-enzima, suficiente para la conformación de un pacto político electoral? ¿No hay aspectos más profundos, de corte ideológico y metodológico, en las que hay que coincidir antes de comenzar un camino conjunto? ¿Acaso no se nos pasa por la cabeza que determinados pactos con determinados políticos pueden terminar siendo como el de Josafat con Ocozías?

    Mi opinión, muy modesta y probablemente improcedente, es que los pastores deberían dedicarse a su tarea pastoral, tan necesaria, y dejar la política a quienes quieran y tengan la capacidad de dedicarse a ella. Nuestras iglesias están llenas de gente capaz e inteligente como para formarse en lo necesario para llevar adelante una carrera política mediante la cual puedan aportar al desarrollo de la comunidad. ¿Por qué todo lo tiene que hacer el pastor?

    Ahora, ¿tenemos pastores que quieren ser políticos? Me parece genial. Pero por favor: que estudien, se preparen y formen. Que no nos expongan. Que hagan las cosas bien, con profesionalismo, que guarden la imagen y tengan cuidado cuando hagan alianzas; no arruinen nuestra reputación. Es el nombre de todo el pueblo evangélico el que está en juego. Qué digo el nombre del pueblo evangélico… Es el nombre de Dios el que está en juego.

    Emanuel Seropián

    CI 4.218.863-2

    Cartas al director
    2017-06-29T00:00:00