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    Sobreviviendo al invierno (y no morir en el intento)

    N° 1919 - 25 al 31 de Mayo de 2017

    Ahora que terminamos la cosecha de verano nos toca pensar qué haremos para llegar hasta el próximo cultivo rentable. En la agricultura uno tiene que tener siempre la empresa en movimiento para mantener los flujos de ingresos, pero las actividades que tiene que enfrentar no siempre son rentables. Muchas veces, el agricultor planta un cultivo sabiendo que va a perder dinero, solo que apuesta a que la pérdida sea la menor posible.

    Como ya hemos explicado en muchas oportunidades, más o menos la mitad de la agricultura se hace en tierras arrendadas. El dueño del campo le exige una forma de renta (en kilos de producto o en dinero) por el uso de la tierra al arrendatario. Este último es el que tiene la vara más alta en términos de la producción que tiene que obtener para pagar todos los gastos, incluyendo la renta. Por lo tanto, si la cuenta es difícil para el agricultor con campo propio, entonces mayor será la dificultad para el que tiene que arrendar la tierra para producir. Ocurre también un fenómeno que no está muy evaluado en Uruguay: las rentas agrícolas no han bajado a la par de los costos de producción porque queda un grupo de gente dispuesta a pagar rentas caras y eso señaliza al mercado. Por ende, hasta que no muera el último de los que creen que pagando una renta cara le gana al sistema, el precio del arriendo no va a bajar. De todas las alternativas que tenemos por delante para el invierno la cebada es la que tiene el mejor panorama (es donde se pierde menos). La colza puede dar lucha pero compra en la mayoría de los casos una dinámica de precios de soja que a mí me asusta y finalmente el trigo languidece en un mercado donde sobra trigo por todos lados y nuestros vecinos o son más baratos o más productivos y con eso nos complican. Como tenemos un mercado chico pagamos con sangre cuando hay que llegar lejos porque los costos nos complican (sobre todo nuestros costos internos). No hay mucho para donde disparar: o no hago agricultura de invierno (y con eso no veo un peso de ingresos hasta mayo del año que viene con la próxima soja) o bien hago algo donde pierdo poco o tengo alguna esperanza de que las cosas mejoren con el futuro.

    Como los precios ganaderos no son una locura y requiere de una movilización importante de capital, la integración de ganadería y agricultura para el que la empieza hoy es lenta y trabajosa. El resto de los costos no tienen mucho margen de mejora, ya que ni las tarifas públicas ni el combustible bajarán de forma sustancial en el futuro cercano. Y hay que mirar también con justicia lo que esperamos en términos de rendimientos para llegar a un objetivo de ingresos decente. Los últimos dos años en cultivos de invierno fueron muy buenos en rendimiento (no así en calidad) y ni que hablar de la soja, que tiene el mejor registro productivo de su historia reciente. Uno piensa las cosas para el promedio de los años, pero los últimos dos de invierno fueron más que favorables. Si me imagino un escenario complicado de clima (cosa que no prevemos más por convicción que por datos concretos de la academia) ahí el tema se complica.

    La agricultura como sector está cansada de reclamar que se atiendan sus problemas y es permanentemente postergada por el Estado. En eso hay que reconocer que el lobby de los arroceros y los lecheros es más eficiente que el del resto de los sectores afectados por esta coyuntura complicada. Todos están complicados, eso es cierto, pero las soluciones no llegan para todos. No son todos iguales ante el Estado y eso da pena en un país que se jacta de mirar por los intereses de todos.

    Así, mientras el agricultor se tira al agua de nuevo a ver cómo logra el esfuerzo de sostener su empresa y no perder mucho, el Estado, lejos de pensar en soluciones que eviten males mayores, simplemente se hace el distraído y nos sigue hablando de que no puede afectar el tipo de cambio porque el mundo es así, que los precios internacionales son los que son y que la apuesta es a la mejora de la competitividad en el largo plazo (sin decirnos cómo ocurrirá esa magia). Me voy a dedicar este invierno a la cebada, es donde al menos puedo ponerle un piso cierto al precio y manejar los riesgos.

    (*) El autor es ingeniero agrónomo (Dr.), asesor privado y profesor de Agronegocios en la Facultad de Agronomía de la Universidad de la República y de la Universidad ORT

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