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    Soportar el alma

    Columnista de Búsqueda

    N° 1725 - 08 al 14 de Agosto de 2013

    Lo que sigue es un fragmento de “Los cuadernos de Malte Laurids Brigee” (Alfadil Ediciones, 1997), una de esas novelas que al cabo de su lectura comienzan a crecer como pensamiento, al igual que todo lo que salió del alma de Rilke: “Grandes cambios le ocurrieron en esos años. Casi olvidó a Dios en el duro trabajo de acercársele, y todo lo que con el tiempo esperaba lograr de sí mismo era paciencia para soportar el alma”.

    Pocas veces un autor consiguió retratarse tan vívidamente en la resignada desesperación de un personaje como lo hace este escritor en esa novela que ya no se lee y que debería ser estudiada con aplicación coránica por parte de todo aquellos que consideran que la literatura es un rasgo expresivo y acaso necesario de la filosofía. Lo que aquí dice Rilke de su criatura es válido para su vida, para la resolución central de su existencia. Muy a menudo en su afán por llegar a la iluminación de un poema sintió que ingresaba en una tenebrosa a invernal oscuridad que apenas le dejaba fuerza para soportar esa alma que tercamente lo quería llevar a Dios, o al menos lo hacía desear la inminencia de ese trascendente encuentro.

    Es esta una tensión lo suficientemente grave e intensa como para tolerarla sin que deje huellas. Creo, como lo postula Heidegger, que toda la obra de Rilke puede resumirse en ella. O dicho de otra manera: en la obra de Rilke se respira la existencia de ese abismo irresoluto, anonadante que tanto trabajo cuesta poblar con nuestra propia identidad. Abordar a Rilke, por lo tanto, supone hacerse a la idea de que nos vamos a confrontar con alguien que no pudo llegar a donde quería, que no se conformó, y que sin embargo, en su camino, trató de aprender. La meta nunca desactivó el asombro de cada paso.

    Las rasgos biográficos tal vez sean insignificantes, pero su mención a la hora de recomendar la novela ciertamente que no lo es. Rilke nació en medio de la comunidad germano-parlante de Praga el sábado 4 de diciembre de 1875. Fue bautizado con los nombres René Karl Wilhelm Johan Josep Maria. Su padre era de la empresa de ferrocarriles, y el chico llegó a considerarlo su mejor amigo, su único héroe. En 1923 escribió: “Recuerdo cuánto he querido a mi padre, a pesar de la gran dificultad que teníamos para entendernos recíprocamente e imponer nuestras personalidades. A menudo, en mi niñez, quedaba confuso y el corazón se me paralizaba ante la mera idea de que alguna vez fuese a desaparecer”. Hacia 1884, cuando se celebraba el aniversario de bodas de sus padres, el niño les obsequió una poesía para la ocasión. Estos quedaron muy agradecidos y le pidieron que no dejara de hacer eso. Por lo tanto siguió escribiendo y no dejó de hacerlo hasta su muerte.

    Hay que decir que con la madre no tuvo las mismas impresiones, el mismo fuego que con el padre. Y eso se delata en la literatura y en las comunicaciones personales. Según surge de sus cartas, y aun de sus poemas, ella pesaba muy de cerca en la estabilidad emocional de su hijo. En un poema que data de 1915 llegó a señalar: “Ay qué dolor/ mi madre se derrumba/ como una pequeña casa me había levantado/ Piedra sobre piedra… / Viene mi madre y me derrumba”.

    Desde esa inestabilidad y sobre aquella admiración, conducido por dos corceles como ese empeñoso griego del que nos habla Platón en la alegoría del carro alado, Rilke ha conseguido producir palabras y espacios entre las palabras, que definen el mundo posible de la existencia en un universo extraño e indiferente, donde lo único real es la intención de ir más allá de lo que creemos ser. Cuando el personaje de los “Cuadernos...” anota sus devaneos solitarios por un París que parece salido de la música de Satie, algo se revela en él que cualquiera podría llamar identidad, pero que es más que eso: “Hay los ruidos. Pero hay algo aún más terrible: el silencio. Creo que en los grandes incendios sobreviene a veces un momento de máxima tensión: los chorros de agua declinan; los bomberos no trepan ya; nadie se mueve. Silenciosamente, una negra cornisa se desprende desde arriba, y un alto muro, tras del que salen las llamas, se inclina sin ruido hacia adelante. Todo está inmóvil y espera, encogidos los hombros y juntas las cejas, el tremendo desplome. Así es aquí el silencio. Aprendo a ver. No sé por qué, todo penetra en mí más profundamente, y no permanece donde, hasta ahora, todo terminaba siempre. Tengo un interior que ignoraba. Así es desde ahora. No sé lo que pasa”.

    Pido a los lectores que visiten esta novela.