N° 2049 - 05 al 11 de Diciembre de 2019
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLas ofertas del Black Friday empiezan a lloverte un mes antes.
Papeles por debajo de la puerta, banners en las páginas, correos electrónicos, mensajes de WhatsApp, avisos en los medios escritos, orales o televisivos. Ni un solo medio de comunicación es desdeñado por el espíritu emprendedor de los vendedores locales y foráneos. Porque la globalización del comercio, que llevó los gustos de los consumidores estadounidenses al resto de los compradores del mundo, se las ingenia para llegar como sea hasta tu puerta, para meterse en tu casa, en tus dispositivos y en tu cabeza.
Al principio no les das bola porque faltan muchos días, porque vos estás muy lejos de Miami o de Jakartha o de Guangzhou, porque los precios son baratos pero el envío es muy caro.
Además, no precisás nada, te decís para convencerte de que no precisás nada, y se sabe que el Black Friday no es más que un engañapichanga, un artilugio para venderte más y mejor, agregás para sentirte a salvo de la tentación. Leíste en alguna parte que cada persona en el mundo rico acumula en promedio unos 10.000 objetos, el doble de lo que tenían sus padres, y reafirmás tu convencimiento de que es necesario hacer una reflexión antes de comprar nada, que es altamente probable que tengas más de lo que necesitás. O mucho más.
Mirás las noticias, este fin de semana (o toda la semana, porque cada vez se prolonga más) el mundo entero tira la casa por la ventana: miles de personas cargadas de valijas para arrasar las tiendas de los outlets de Nueva York, comercios con colas de público en Madrid y Berlín, calles llenas de personas que acarrean bolsas y paquetes y cajas en México y en Asunción.
En algún momento vichás los precios de los vaqueros de esa marca que te gusta, mirás (todavía de cotelete) fotos de hoteles de Aruba, y sin saber cómo llegaste hojeás una página de celulares con 3 cámaras.
No y no, dice la voz de la conciencia; tenés que enfrentarte a tus impulsos más básicos, cuestionarte si realmente necesitás ese objeto del deseo, analizar si hará tu vida mejor o si contribuirá a esclavizarte. Te plantás firme en tus convicciones: que la economía lineal produce rápido y barato en países con flojas o inexistentes leyes ambientales y laborales, que el proceso de producción de la electrónica y la moda tienen un impacto destructivo en el medioambiente, que no vas a ser cómplice de contaminar aún más el planeta.
Suspirás aliviada.
Sí, pero más vale que tus convicciones sean muy sólidas, porque allá afuera en el mundo continúa la orgía de compras y a vos te llegan (cada vez más fuertes, cada vez más claras) las luces y sonidos de los cantos de sirena, la adoración del becerro de oro.
Además, la carne es débil, oh sí, y a pesar de todos tus reparos el gusanito empezará a horadar la madera de tus convicciones, la curiosidad se instalará y desplazará el recelo, la desconfianza y todas tus barreras.
Entonces ya será cuestión de tiempo, será cuestión de horas.
Empezarás a abrir las páginas y se abrirá la caja de Pandora.
Frente a tus ojos se abrirá un mundo de objetos deseables y baratos, la oportunidad de acceder a bienes inalcanzables durante el resto del año, el paraíso del consumo que el Black Friday pone a tu alcance por un tiempo. Un poco en broma empezarás a fantasear con cambiar ese teléfono que tiene la pantalla rajada, en sustituir el abrigo que venís usando hace tantos años, y terminarás analizando la posibilidad de pedir un préstamo (¡también con descuento en la tasa de interés bancario!) para pagar futuras e hipotéticas compras.
Tu cerebro, que normalmente es una máquina de emitir alertas, dejará de funcionar o se adormecerá, empezará a marchar solo en un sentido, y todo desaparecerá, salvo el deseo de comprar, de consumir.
Y así habrá empezado la claudicación, de alguna manera mágica y por unas horas olvidarás que los electrodomésticos baratos son hechos con mano de obra ídem, que para fabricar una remera se precisan 2.000 litros de agua y para un jean casi 10.000, que un gran porcentaje de la basura electrónica va a parar a Brasil o a países de África donde los niños trabajan en condiciones infrahumanas para extraer el coltán de la baterías de los smartphones.
No tardará nada en aparecer una artillería de razones válidas para comprarte un perfume, para soñar con salir de vacaciones: pensarás en tu esfuerzo, en lo duro de tu trabajo, alegarás ante ti misma méritos y merecimientos.
¿Y qué podrías hacer frente a ese despliegue de seducción erótico-consumista, temporalmente a tu alcance? ¿Qué, frente al canto de sirenas, como no sea atarte al palo mayor?
Arriarás todas tus banderas y correrás a buscar tu tarjeta de crédito y, como autómata, copiarás una cifra con un montón de números, y le darás al botón de ‘comprar’. Un mensaje te dirá: su compra ha sido confirmada; suspirarás aliviada.
Pero no te alarmes: cuando hayas terminado de adquirir objetos, cuando el estímulo decaiga y vuelvan el hastío y la insatisfacción, cuando ya no sientas ni felicidad ni placer a pesar del pantalón a la moda o del auto nuevo, empezará a volver esa conciencia que te fue esquiva. Lentamente volverás a la militancia de la causa anticonsumo, te pondrás de nuevo tu camiseta de las tres erres —reducir, reutilizar y reciclar, volverás a pensar en los niños africanos y el coltán, y todo volverá—, a estar en su lugar.
O quizá no, y te limitarás a esperar las próximas ofertas, porque ya vienen las del Cyber Monday y las de Navidad.
Y hagas lo que hagas, en algún momento tal vez recuerdes la frase que leíste en alguna parte: el consumo funciona como un reloj, pero como el reloj de una bomba atómica.