“Hoy el cielo se ve celeste, pero no tardará en llegar la tormenta”, comentó a Búsqueda el presidente de la Cámara Mercantil de Productos del País (CMPP), Pedro Otegui, mirando por la ventana de su oficina. Según ese empresario del rubro lanero, si se desinflan los precios de las materias primas que exporta Uruguay —en un contexto de problemas en varias economías mundiales— varios sectores de la agroindustria nacional se verán afectados.
“(...) Al ver cómo aumentaron los presupuestos en las empresas en los últimos años, hay que considerar una señal amarilla y de alerta”, señaló.
También dijo que el gobierno debería estar mejor preparado para un “escenario de tormenta”, y llamó a cuidar la “confianza” en el país frente a los inversores.
Otegui cuestionó el impuesto que creó el gobierno este año buscando desestimular la concentración de la propiedad de campos agropecuarios en el país, y refiriéndose a las compañías forestales planteó: “¿Qué tiene de malo que esas empresas tengan mucha tierra? Suerte que la tienen, porque si no fuera así no se instalarían en Uruguay y estarían en Argentina o en Brasil. Son empresas bien constituidas, que dan mano de obra, que pagan impuestos, entonces, ¿cuál es el pecado?”.
Fundada en 1891, la CMPP es una de las gremiales del agro más antiguas, y nuclea a asociaciones como la de consignatarios de ganado y lana, exportadores de miel, productores de cereales, semillas y leche, e industriales laneros. A continuación un resumen de la entrevista con su titular.
—Empresarios del agro insisten en que los precios internacionales de sus productos son favorables, pero que los costos internos cada vez dejan menos margen de renta ¿Cuál es su visión?
—Hay muchos rubros agropecuarios que registran aumentos de precios pero también de los costos. ¿Qué puede pasar frente a una caída de precios? Puede haber sectores que queden descalzados porque el precio cayó pero los costos no. Algunos sectores, en momentos puntuales tienen la posibilidad de trasladar costos a lo largo de la cadena y en otros no, y terminan asfixiados.
Uruguay, tanto el sector público como las empresas, tendría que estar más preparado para un escenario de tormenta, que más temprano o más tarde llegará. Ojalá que no venga con granizo.
El mundo de hoy está totalmente integrado. Lo que pase en Europa, en China o Brasil repercute. Uruguay vende en esos mercados pero el mundo también vende en esos lugares. Si algunos de estos grandes centros de compras se enlentece o reduce sus importaciones afecta a todos. Acá nadie juega solo.
—¿Qué tan pesado se tornó el incremento de costos?
—Hay dos alertas: no es normal que al uruguayo le resulte barato viajar por el mundo y tampoco es frecuente que los extranjeros se quejen de que venir a Uruguay es caro.
¿Dónde está el fiel de la balanza? Es difícil saberlo. Pero al ver cómo aumentaron los presupuestos en las empresas en los últimos años hay que considerar una señal amarilla y de alerta.
—¿Qué factores inciden en esa suba de los costos?
–No hay un factor único que permita decir: corrijo acá y soluciono el problema. Hay varios, como la logística, la mano de obra y los impuestos a la mano de obra. Cuando un trabajador cobra un sueldo nominal que es 100, ¿cuánto le queda en el bolsillo y cuánto le cuesta a la empresa? Capaz que a ese trabajador le quedan en el bolsillo 80 y a la empresa le cuesta 130.
Si uno no es eficiente con el medio de producción tiene un sobrecosto, que a veces no se da cuenta. Una empresa que trabaja las 24 horas está pagando el costo de la energía con tres precios diferentes. La industria no tiene chances de utilizar la llamada energía inteligente, que un particular puede aplicar en ciertos horarios del día para pagar menos.
—Pese al mayor costo hubo una mayor inversión extranjera en el país en los años recientes...
—Es cierto que ingresó mucha inversión extranjera, como sucedió también en otros países. Los dineros del mundo antes aterrizaban en los bancos o en la compra de acciones, pero en los últimos años eso no ha sido atractivo y fueron a otras actividades buscando mayor refugio, como la compra de tierra. El inversor primero busca refugio y luego renta. Hay que ver si esas cosas se logran en el país.
—¿Las políticas públicas favorecieron o dificultaron ese crecimiento del agro? ¿O su incidencia fue neutra?
—En general no hubo grandes medidas para esto. Sí hubo un marco general de país confiable y creíble, donde se respeta el derecho de propiedad. También se han mantenido ciertas políticas macro, más allá de los cambios de gobierno.
Hoy asistimos a hechos que están sucediendo cerca nuestro. El que pone el capital de riesgo no lo quiere perder ni que se lo roben. La historia nos muestra que los países que son más serios tienen mejores resultados y los que no lo son, a la corta o a larga pagan esa factura.
Un país con algo más de tres millones de habitantes en el mundo es un mercado muy pequeño. El mundo puede vivir sin Uruguay, pero Uruguay no puede vivir sin el mundo.
Tenemos que ser muy responsables; la confianza se gana y cuesta mantenerla. Es como la competitividad, hay que alcanzarla, mantenerla y pelearla. Nadie le da un seguro de que dentro de un mes o seis meses mi producto lo venderé cuando quiero y al precio que quiero. Las empresas tienen que prepararse para competir y pelear. El que no esté bien preparado saldrá a correr a los leones. Y puede ser que algunas empresas queden en el camino.
—¿Ve un riesgo de que Uruguay pierda su credibilidad frente a los inversores?
—No demos la chance. Tratemos de que no suceda, porque Uruguay se puede comprar un problema que puede costar mucho. Hay países grandes que se pueden dar ese lujo.
Hay que cuidar que el país no pierda competitividad. Es la que nos permite entrar o no a un mercado y depende de la calidad del producto, el servicio, las condiciones del negocio en general y el precio. Lograr ese equilibrio es un arte que lleva años.
—¿Qué opina del nuevo Impuesto a la Concentración de Inmuebles Rurales?
—Cualquier cambio de reglas preocupa. Cualquier impuesto alguien debe pagarlo y no es un problema de si es un productor chico o grande. El impuesto no soluciona lo que se dice que quiere corregir: si es para evitar grandes concentraciones, una empresa de gran porte puede pagar el impuesto y seguir comprando tierras. El nombre suena a una cosa y la realidad a otra.
¿Qué tiene de malo que esas empresas tengan mucha tierra? Suerte que la tienen, porque si no fuera así no se instalarían en Uruguay y estarían en Argentina o en Brasil. Son empresas bien constituidas, que dan mano de obra, que pagan impuestos, entonces, ¿cuál es el pecado?