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    Subtítulos en español

    No es broma

    El Dr. Braulio Elinsa Tisfecho, oriental, casado de 63 años, de profesión abogado, presentó una demanda por mala praxis contra el Dr. Tadeo Tekito Lamuela, de profesión odontólogo. Basa su reclamo en un fallido tratamiento de conducto, que le causó intensos e insoportables dolores, internación hospitalaria por una inflamación que no cedía, y daños y perjuicios por la pérdida de los honorarios profesionales durante el tiempo de su recuperación.

    Si bien el demandante es él mismo abogado, fiel al proverbio forense que dice que “quien es su propio abogado, tiene un tonto por cliente”, le pidió a su colega y amigo el Dr. Elbio Legu Leyo que lo patrocinara.

    En pleno proceso de acumulación de pruebas para el juicio (declaraciones de testigos pacientes del mismo dentista que habían tenido terribles experiencias similares), el abogado de Braulio encontró una perla: un anónimo corresponsal, que había sido compañero de estudios universitarios del odontólogo demandado, le sugería que investigara la escolaridad del demandado. Y hete aquí que pudo confirmar que al (ahora supuesto) dentista le habían quedado pendientes dos prácticas y un teórico, y que nunca se había recibido, no obstante lo cual había montado un coqueto consultorio y ejercido irregularmente la profesión por más de veinte años.

    La estrategia de abogado patrocinante cambió: lisa y llanamente, lo denunció ante el juez por ejercicio ilegal de la medicina odontológica.

    El juicio dio un viraje interesante, y, cuando se sustanciaba la prueba, presentando el expediente de escolaridad proporcionado por la Facultad de Odontología, del cual surgía claramente la omisión de los exámenes nunca aprobados por el demandado, el abogado del Dr. Tekito Lamuela investiga por su cuenta los antecedentes de su “colega” (ahora entre comillas) el Dr. Legu Leyo, y comprueba que el mismo debía aún dos materias en su carrera de abogado en la Facultad de Derecho de la Udelar, no obstante lo cual estaba actuando como Doctor en Derecho y Ciencias Sociales sin haberse recibido nunca.

    Braulio sufrió una gran desilusión, y, a pesar de sus reflexiones iniciales, decidió él mismo asumir su patrocinio como demandante ante el dentista trucho que tanto lo había hecho sufrir, en lugar de su amigo y “abogado” falso que lo había patrocinado hasta entonces. Llevó a cabo una consulta especial ante dos profesores Grado 5 de la Facultad de Odontología, los que produjeron un contundente informe técnico del que surgía la prueba de la mala praxis, (agravada por el ejercicio ilegal de la profesión) y le inició al dentista trucho una demanda por daños y perjuicios. Refrendó el informe de los dos profesores con un certificado notarial que confirmaba la calidad y el grado docente de los técnicos redactores del informe, certificando además sus firmas. El certificado estaba redactado, con sello, signo y firma, por la Esc. Nuria Delproto Colo, integrante del equipo multiprofesional del Estudio Jurídico, Notarial y Contable, Dr. Ifigenio Truchelli, de reconocido prestigio en plaza. Los nuevos defensores del fallido dentista que nunca se había recibido, tras una minuciosa investigación en los registros académicos de la Facultad de Notariado, lograron detectar que doña Nuria Delproto Colo era una bondadosa ama de casa y madre de tres hermosos niños, pero había dejado sus estudios de escribanía cuando aún le queda cursar “Práctica Notarial 3”, no obstante lo cual venía emitiendo certificados notariales, escrituras y demás especies de su supuesta profesión, a manos llenas. La contrademanda no se hizo esperar, pero la cosa fue aún más lejos: se presentó una denuncia penal contra el Estudio Truchelli, el cual fue allanado días más tarde por personal de investigaciones de la Policía Técnica, la cual incautó varias computadoras y carpetas del Estudio, para su análisis en procura de más irregularidades. Entre las mismas, que fueron unas cuantas, se pudo comprobar que el socio contable del Estudio, el Cr. Rómulo Delnú Meritto, autor y firmante de numerosos análisis e informes económicos, y responsable asimismo de la gerencia y la gestión contable del Estudio, nunca había terminado sus estudios, y nunca se había recibido de contador. No obstante, entre los elementos incautados estaba el título profesional del contador Delnú Meritto, que fue descolgado de una de las paredes de su escritorio en el Estudio, donde lucía encuadrado con un coqueto marco dorado, y un passepartout de terciopelo azul. Uno de los investigadores de la policía acudió entonces a la cuadrería La Pinturita, de conocida trayectoria en la Ciudad Vieja, con el ánimo de averiguar algo más acerca del título trucho, pero con marco de lujo. El encargado de la cuadrería le explicó al policía que la firma habitualmente encuadraba títulos profesionales, todos ellos provenientes de la imprenta El Sello de Oro. Esto despertó las sospechas del investigador, ya que los títulos profesionales son (o, mejor dicho, deben ser) emitidos por las respectivas Facultades de las Universidades que los emiten. Todo ello llevó al allanamiento de la imprenta El Sello de Oro, donde se detectó una actividad paralela dentro de la firma. En una trastienda del edificio se encontró –en plena acción- a un grupo de diseñadores gráficos, que se dedicaban a falsificar títulos profesionales, imprimiéndolos con una exquisita perfección, de manera que lucieran idénticos a los originales.

    Las derivaciones de estos casos aún no se conocen en su totalidad, pero para darles una idea, parece que el contrato de propiedad del local de la imprenta fue también falsificado, y los dueños son en realidad ocupantes precarios que permanecen desde hace años en ese inmueble, perteneciente a una sucesión trancada en los tribunales por demandas de los herederos, que presentaron un testamento aparentemente falso.

    Decía don Antonio Machado: “Se miente más de la cuenta, por falta de fantasía. También la verdad se inventa”. Y encima agregaba: “¿Dijiste media verdad? Dirán que mientes dos veces, si dices la otra mitad”.

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