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    Te diré toda la mentira

    “Operación Dulce”, la nueva novela de Ian McEwan

    Es una historia de espías. O una historia de amor. O una historia de espías que se enamoran. O un relato de la Inglaterra de la década de los 70, con sus vericuetos políticos, su hippismo y sus polaridades. En todo caso, Operación Dulce, la última novela del inglés Ian McEwan (1948) tiene una trama cuyas líneas argumentales desembocan en dos aspectos medulares de la psicología humana: la traición y el amor obsesivo.

    Los personajes practican la traición a través de la mentira, del engaño y de la representación de una personalidad falsa. Traicionan las relaciones sentimentales y de amistad para obtener beneficios laborales, prestigio o ascensos. Y viven ese amor de los años más jóvenes: dependiente, que busca compensar carencias o la aprobación del amante.

    De esta manera la joven Serena Frome se involucra con el profesor de historia Tony Canning. Como si fuera un hábil y talentoso alfarero, McEwan le da forma a esta típica inglesa de provincias que es hija de un obispo anglicano. Serena tiene un pasar ideal y su familia vive en una casa estilo reina Ana. Se ha criado junto a su hermana y a unos bien avenidos padres que casi nunca discuten. Su madre es “la parodia de la mujer del párroco”: la típica mujer solidaria y abnegada que le lee el cuento de Nochebuena a los niños del orfanato. “En suma, todo era estable, envidiable, incluso idílico. Crecimos dentro de un jardín tapiado, con todos los placeres y limitaciones que supone”. Serena tendría que ser feliz. Pero sucede que estable y apacible muchas veces puede ser sinónimo de aburrido y anodino. Ella quiere destacarse en algo grande, aunque no sabe bien en qué.

    Malcriada, soberbia y con un desahuciado sentido de la vida, esta chica de veintipocos años se mete a estudiar matemáticas siguiendo las preferencias de sus padres. Como matemática, es mediocre, pero puertas para adentro de su habitación de alquiler es una lectora voraz y omnívora. Lee ficciones de todo tipo y calaña, especialmente novelas que abarcan desde bodrios hasta prosas de calidad. Serena llega a inventarse una identidad como columnista que reseña libros para una revista que combina temas populares con cultos.

    Aunque Operación Dulce se centra en los servicios de inteligencia ingleses, en sus oficinas grises, con sus funcionarios controlados y sus misiones anticomunistas de mayor o menor porte, la novela es también un homenaje a las personas que leen, con sus gustos y manías. “Las novelas sin personajes femeninos eran un desierto inanimado”, cuenta Serena. “Conrad quedaba fuera de mi ámbito, como casi todos los relatos de Kipling o Hemingway. Tampoco me impresionaban los nombres. Leía cualquier cosa que tuviera a mano. Literatura barata, gran literatura y todo lo que había por allí: a todo le dispensaba el mismo trato tosco”, describe con desparpajo.

    McEwan retrata lo que seguramente es su vida cotidiana como lector: pilas de libros sobre el piso, un personaje que racionalmente explica que el libro en descanso no debe apoyarse abierto y boca abajo, puesto que se abrirá siempre en la misma página, porque para eso existen los marcadores. “Yo no conservaba ninguna prenda de amor. Pero tenía el marcador. Lo limpié, lo enderecé y empecé a apreciarlo y a usarlo. Dicen que los escritores tienen supersticiones y pequeños rituales. También los lectores. Los míos eran sostener el marcador curvado entre los dedos y acariciarlo con el índice mientras leía. (...) Cuando llegaba la hora de dejar el libro, mi rito consistía en pasar el marcador por mis labios e insertarlo entre las páginas antes de cerrar el libro y colocarlo en el suelo”, cuenta Serena.

    Hermosa, hábil con las palabras e ingeniosa aunque no precisamente inteligente, la joven termina por involucrarse sentimentalmente con el profesor Canning, quien tiene la edad de su padre, “el obispo”, como ella misma lo llama. El enamorado galante va transformándose en un tutor exigente en la tarea de adiestrarla con lecturas que le permitan acceder a una entrevista de ingreso a los Servicios Secretos ingleses, el MI15.

     Serena tiene ya un terreno personal más que fértil para que su pasaje por los servicios sea todo un éxito. Es lo opuesto de su hermana, una hippie drogota, embarazada de no se sabe quién y con querellas con la ley. Ella es diferente: sensata, organizada y con metas bien claras. “Aquella revolución ignominiosa no era para mí. Yo no quería un sex shop en cada ciudad, no quería el estilo de vida de mi hermana, no quería que prendiesen fuego a la historia. ¿Vamos a viajar? Yo quería viajar con hombres civilizados como Tony Canning, que daba por sentada la importancia de las leyes y las instituciones y pensaba continuamente en cómo mejorarlas”.

    Serena logra traspasar las fronteras del edificio del MI15 como una pinche auxiliar burocrática hasta que al fin le encargan una misión de verdad que consiste en captar escritores que escriban contra el comunismo sin darse cuenta de la manipulación y pagándoles una suculenta mensualidad. Esto la conduce hasta otro profesor, el escritor Tom Haley, de quien se enamora, para su desgracia.

    Para escribir Operación Dulce McEwan se documentó bastante con libros sobre la CIA, la teoría y la práctica del comunismo, la Guerra Fría y la historia oficial y no oficial del MI15. Esta novela se suma a sus dos volúmenes de relatos: “Primer amor, últimos ritos” y “Entre las sábanas” y a novelas como “Niños en el tiempo”, “Los perros negros”, “En las nubes”, “Ams­terdam”, “Chesil Beach”, “Expiación” y “Solar”, con las que obtuvo varios premios.

    “Operación Dulce”, de Ian McEwan. Anagrama, 2013, 396 páginas, $ 420.