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    Tiempos centrifugados

    Vivimos tiempos intensos, dinámicos, incluso vertiginosos. En cierto sentido estamos volviendo al entorno de 1990, cuando se desmoronó el llamado imperio soviético. A partir de allí, el planeta se dividió entre un primer mundo cada vez más reducido y otro más voluminoso pero también cada vez más desplegado en niveles y desniveles: hoy podríamos identificar hasta un quinto o un sexto mundo sin exigirle mucho al cerebro.

    Ese cambio de paradigma trajo un nuevo orden, un orden basado en el desorden y en la ausencia de centros hegemónicos claros y contundentes. Fue, como se dijo en este espacio hace algunas columnas, el paraíso de los loquitos.

    Ahora, la victoria del Brexit, el triunfo de Donald Trump, el liderato monolítico de un Putin convertido en restaurador del centenario imperio ruso, el nuevo papel de China comunista en la escena mundial y el avance del nacionalismo a ultranza en varios países de primera línea, marcan la tendencia e imponen nuevas reglas de juego.

    Rebobinemos los últimos metros de la película. A la I Guerra Mundial y el desmoronamiento de cuatro imperios (el alemán, el austro-húngaro, el ruso y el turco) le siguió el triunfo de la democracia política y una oleada pacifista de mucha intensidad pero poco alcance. El aberrante Tratado de Paz de Versailles de 1919 contenía, sin embargo, el huevo de la serpiente que en pocos años destruyó al débil orden democrático y condujo al triunfo del totalitarismo, con la Unión Soviética, Italia, Alemania y España (en ese orden cronológico) a la cabeza.

    En 1945, al precio de entre sesenta y ochenta millones de vidas, el mundo entró en una nueva fase, caracterizada por el mantenimiento del status quo planetario mediante la Guerra Fría y la búsqueda de consenso en Occidente, en donde los años 50, 60, 70 y 80 marcaron la época de oro del centrismo, de la conglomeración en el centro de la escena política y la socialdemocratización del mensaje ideológico.

    Siguiendo las leyes de la física, cuando el mundo que cuenta (digo el que cuenta pues el que no cuenta, no cuenta) había llegado a un alto nivel de entendimiento y logro de compromisos, se dio la reacción dialéctica que llevó a la dinámica opuesta. El primer síntoma claro de esto fue el triunfo del Brexit.

    Por eso, luego de varias décadas de consenso y centrismo, ahora asistimos a un proceso caracterizado por el disenso y la corrida hacia los extremos. Por el momento, es la derecha quien lidera esta tendencia, cosechando triunfos y ganando poder, mientras que la izquierda intensifica su atomización y echa las bases de estruendosos fracasos futuros.

    Una emblemática foto de 2014 lo dice todo. Cuatro hombres jóvenes, vestidos informalmente de jeans y camisa blanca, posan alegres y seguros en la legendaria Fiesta de la Unidad de la izquierda italiana. Miran con confianza el horizonte y allí solo ven victorias y amaneceres. Los cuatro son el holandés Diederik Samsom, el español Pedro Sánchez, el italiano Matteo Renzi y el francés Manuel Valls. A dos años y poco de esa foto, están todos liquidados.

    Mi resumen histórico de los últimos 60-70 años es pues el siguiente: luego de un largo período de centrismo y exaltación del consenso entramos en una fase de centrifugación que, probablemente, no será igualmente extensa en el tiempo, pero que sin lugar a dudas será muy intensa.

    Una pregunta que merece atención en este momento de grandes cambios es qué pasará en la periferia del mundo, con América Latina y África en primer lugar. Podemos dar por descontado que estos continentes seguirán haciendo lo único que saben hacer: producir materias primas. ¿Pero qué consecuencias tendrá el reordenamiento mundial y el creciente proteccionismo para el nivel de los precios por esas materias primas o para el volumen de la inversión extranjera?

    De esa pregunta madre se desprenden otras no menos inquietantes. Por ejemplo: ¿cómo administrarán los gobiernos periféricos la nueva situación?; ¿qué posibilidades de acción tiene el sistema político (fundamentalmente el sistema político latinoamericano) frente al poder conservador (por no decir reaccionario) del aparato sindical?; ¿cómo se reconvertirá un Estado desmedido y notoriamente inefectivo en uno aligerado y efectivo?

    Indudablemente, el horizonte en esta parte del mundo es rico en nubes amenazantes...