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Cuando la orgullosa y temida Grande Armée de Napoleón entró en la vasta, basta Rusia, fue derrotada por una táctica que ya había doblegado a los ejércitos del rey persa cuando éste pretendió conquistar las polis griegas. Me refiero a la dura pero exitosa táctica de la tierra arrasada.
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No hay continente en el cual la política de quemar y destruir todo aquello que pueda serle útil al enemigo (cultivos, casas y galpones, puentes, carreteras y bosques) no haya sido usada. Los musulmanes la aplicaron contra los cristianos durante las Cruzadas, los cristianos contra los musulmanes en España y los aborígenes contra los españoles en América.
Pero los principios de esta táctica militar, de uso excepcional, es en algunos países la regla que caracteriza el accionar en todos los espacios de la vida nacional. En esos países, la política de tierra arrasada es sinónimo de tierra atrasada.
Veamos, por pedagógico y cercano, el ejemplo argentino en su versión kirchnerista. Actualidad pura y dura. Sin embargo, para comprender la verdadera profundidad de lo que pretendo ilustrar, necesito primero invitar a los lectores a dar un pequeño paseo por siglos y continentes.
Los países mediterráneos (y me refiero a los de la orilla norte: los privilegiados bañistas del Mare Magnum) han recordado, con notable regularidad, su supuesta supremacía cultural sobre “los recién llegados” del norte, esos que los griegos despectivamente llamaron bárbaros pues sus lenguas constaban de un infernal e incomprensible bar bar.
Esa cacofonía, que tanto distaba del exquisito y rico lenguaje de Homero y Platón, era sinónimo de incivilización.
Mil años después, cuando las refinadas mentes del Renacimiento estudiaron la vida en Europa luego de la caída del Imperio romano occidental y el triunfo de las “salvajes” huestes germanas, denominaron a ese período Edad Media (es decir: época de oscuridad entre la luz de la Antigüedad y la luz del Renacimiento).
De acuerdo con esta visión elitista, el estilo artístico predominante en esa Edad Media (estilo artístico que tan audazmente había roto con todas las convenciones y los cánones de belleza del mundo clásico), fue bautizado con el nombre de gótico. Es decir, con el nombre de un arte propio de godos. De bárbaros.
Profundamente herido en su orgullo mediterráneo frente al intento de golpe de Estado nazi en Austria (el fracasado putsch de julio de 1934 que terminó con la vida del jefe del gobierno austríaco, amigo íntimo de Mussolini), Il Duce dijo sin tapujos y mordiendo las palabras por la rabia que lo embargaba: “Treinta siglos de historia nos permiten ver con soberana paciencia ciertas doctrinas del otro lado de los Alpes, apoyadas por los descendientes de pueblos que no conocían el arte de la escritura (…) mientras que Roma tenía un Julio César, un Virgilio y un Augusto” (de un discurso pronunciado en Bari el 7 de setiembre de 1934).
Gastón Doumergue, ex presidente francés y presidente del Consejo de Gobierno ese mismo año, tenía una visión similar. Frente a Fulvio Suvich, encargado del Ministerio de Relaciones Exteriores italiano, sostuvo: “Más allá de algunas divergencias, la solidaridad franco-italiana está condicionada por la posición alemana, que representa la antítesis de la civilización mediterránea. El espíritu romano ha sido defendido en Italia y en Galia contra los germanos; el catolicismo, que tiene formas y expresiones romanas y latinas, llegó a Alemania mucho más tarde y este país se aprovechó luego de la Reforma para oponerse al mundo latino. Hoy, los alemanes regresan a sus posturas primitivas, a la mentalidad de Arminio y al mundo pagano del Walhalla”.
En la segunda mitad de los ’90, escribí varios artículos en la prensa sueca e italiana, e incluso redacté el capítulo correspondiente a España (Spanien och Latineuropa) en un libro noruego sobre la política exterior de Francia, Italia, Portugal y España a través del tiempo (Det latinske Europa: myte eller realitet?, Oslo 1999).
El concepto que usé en esos textos era el de Latinoeuropa, como reflejo del de Latinoamérica. La conclusión a la cual llegamos los cuatro autores de la citada obra fue que la comunidad de intereses dentro de los países europeos de raíz latina era un mito: llegada la hora de repartir las milanesas, todos peleaban por llevarse la más grande.
Sin embargo, más allá de esta cruda realidad, la idea de una superioridad espiritual latina frente al mundo nórdico, visto como bárbaro desde los lejanos días de Herodoto, siempre ha preñado e impregnado la retórica latina. En nuestro continente, la obra maestra por excelencia en este sentido es el Ariel de Rodó.
¿Pero qué tienen que ver Napoleón, Mussolini, el rey persa, Rodó, Virgilio, el Zar ruso, Saladino, Darío y Lutero con la “exitosa abogada” que guarda cama en Olivos por un hematoma cerebral?
Después de este paseo lo vamos a ver. La semana que viene.