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    Tierras calientes

    Falta solo la música de Ennio Morricone. Bajo un sol ardiente y envueltos en una nube de polvo, unos 200 hombres y mujeres armados hasta los dientes se acercan a Parácuaro, una ciudad de 25.000 personas al suroeste de México, en el Estado de Michoacán, en plena región de Tierras Calientes. Encaramados en los techos, otro grupo armado espera. La población se recluye en sus casas.

    De pronto, se desata la balacera. Varios caen heridos, uno muere en el acto. Pero el grupo logra llegar a la Alcaldía. Allí encierran en las celdas a los once policías. Parácuaro se acaba de convertir en el décimo municipio conquistado por el ejército de autodefensa liderado por el médico José Manuel Mireles.

    En el Estado de Michoacán, cuya población es de 4,3 millones de habitantes, ya nadie se asombra de ver cabezas sin cuerpo y cuerpos sin cabeza tirados por calles y plazas. Nadie sabe cuántas víctimas llevan en su cuenta la guerra contra el narco y las guerras entre los narcos. Pero son miles, muchos miles. Un dato ayuda a comprender esta violencia: Michoacán es uno de los principales productores de marihuana y anfetaminas del país, y pasaje clave en el tráfico de cocaína.

    Decir que en Michoacán el Estado Federal es un ausente es caer en una patética banalidad. Los municipios de la región están controlados por los narcos, por los grupos de autodefensa o por los representantes políticos comprados por los narcos. Cada pueblo, cada ciudad, cada municipio se arregla como puede.

    La ubicación geográfica (al oeste de la capital nacional) y la existencia del puerto de Lázaro Cárdenas en el Atlántico, principal nudo del transporte comercial con Asia, le dan a Michoacán una importancia estratégica en la lucha por el control del territorio que libran los diferentes carteles del narcotráfico. En el 2006 surgió aquí la mafia La Familia Michoacana, que logró desplazar a los poderosos carteles de Sinaloa y los Zetas.

    El capo de La Familia Michoacana era Nazario Moreno, alias El Chayo, que impulsó una ideología seudo religiosa. Moreno escribió y publicó incluso un libro doctrinario, ampliamente difundido entre la población. En los pueblos controlados por don Nazario se multiplicaron las imágenes del nuevo profeta (generalmente vistiendo una túnica y luciendo un par de pistolas) y leyendas que decían “Oh, Señor Todopoderoso / Líbrame de todo pecado / dame protección bendita a través de San Nazario”. Ni más ni menos.

    Pero las luchas internas dieron paso, en 2010, a la formación de un nuevo grupo narco, llamado Los Caballeros Templarios, cuyo líder es Servando Gómez, un ex maestro de escuela conocido como La Tuta. A don Servando también le gustan las cosas religiosas y mitológicas, así que un día declara la ley seca en sus territorios y otro cultiva el espíritu de las sentencias vaticanas. Sin embargo, de practicar el terror y la extorsión contra los civiles no se olvida nunca.

    Fue a partir de la aparición de estos “caballeros” que el año pasado tomaron impulso los grupos armados de autodefensa. Su avance ha sido vertiginoso y hoy, en la entrada de muchos pueblos y ciudades de la región, se puede ver un cartel que además del tradicional “Bienvenido a X” contiene una tranquilizadora aclaración: “Zona libre de Templarios”. En Michoacán se pasa de los westerns de los años 60 al mundo de la Edad Media sin escalas.

    Los grupos de autodefensa están apoyados por el hartazgo de una población explotada, obligada a pagar impuestos extorsivos, a “comprar protección” y a ver cómo los narcos violan mujeres y reclutan jóvenes a la fuerza. Pero el factor decisivo es la convicción de que el Estado mexicano, profundamente corrompido y penetrado por el narcotráfico, nunca moverá un dedo en su ayuda.

    Un dato iluminador: cuando Mireles denunció por TV la situación en la región y los sufrimientos padecidos por sus pobladores, fue atacado y vilipendiado públicamente, pero no por los narcos sino que por el gobierno provincial.

    Otro dato: los alcaldes y demás representantes oficiales del Estado en los pueblos “liberados” han huido al territorio controlado por el narco y ofrecen recompensas en dólares o en cocaína por la cabeza de los jefes de los grupos de autodefensa.

    Mireles se recupera actualmente de las heridas recibidas durante un accidente de helicóptero. Sus lugartenientes esperan su regreso al centro de la escena. El próximo paso a dar (no es un secreto para nadie) será el ataque a la ciudad de Apatzingán, centro político y económico de la región y bastión de los Templarios. En octubre del año pasado Mireles y sus hombres intentaron conquistar esa ciudad de casi cien mil habitantes, pero al llegar a la plaza principal fueron repelidos con fuego de metralla y granadas.

    Podría haber sido un spaghetti western. Pero falta la música de Ennio Morricone. Además, el conflicto no es por un puñado de dólares. Y al final de cuentas, digamos la verdad, el pobre Clint Eastwood es un poroto comparado con el cirujano Mireles.