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    Toda la verdad

    Columnista de Búsqueda

    N° 1767 - 05 al 11 de Junio de 2014

    Aunque visiblemente el optimismo ha sido inventado solo para encubrir temores, lo cierto es que también resulta altamente funcional cuando se quiere medir el grado de impaciencia y el nivel de claudicación en que se encuentra un sujeto. Por definición, abomino del optimismo; en especial del optimismo científico, que por quererse así es más irresponsable: sin ningún fundamento cree que puede saber más de lo que finalmente va a saber, pretende que la realidad futura es reductible a los buenos deseos de quienes la piensan, a la imaginación laboriosa de la pura razón matemática y a los complejos o simples ensayos de laboratorio. Pero hay que decirlo claramente: todo esto es superchería, vulgar tráfico de ansiedades; la búsqueda de la verdad, la verdad y el optimismo son tres especies de naturaleza diferente que no deberían sentarse a la misma mesa, que nada tienen en común, salvo anudarse torpemente en la confusión de algunos analistas y ser objeto de discursos que en lugar de acercar, alejan la posibilidad del conocimiento.

    La filosofía, que busca, no tiene ese problema; sabe que su destino es crítico, aventurado y sin promesas; en el mismo arduo campo felizmente está la ciencia. El arte, en cambio, puede holgarse de haber llegado donde la ciencia y filosofía se aproximaron; la literatura es la verdad. Pienso en algunas verdades esenciales, por ejemplo en la verdad de “La metamorfosis”, la novela de Franz Kafka. Su protagonista, Gregorio Samsa, una mañana despierta convertido en un horrible insecto y no es consciente exactamente de ello hasta que los demás empiezan a tratarlo como tal. Gregorio, ya insecto en lo físico, se siente humano y como tal se vive en todos los sentidos: tiene conciencia, tiene afectos, tiene esperanzas, esto es, dispone de los tres signos vitales que testimonian la entera existencia de una persona, su lugar único e irrepetible en el mundo. Se entera que es un insecto cuando los otros lo tratan como insecto, cuando le destinan el desdén, la absoluta falta de empatía, la incomprensión y el desafecto radical e inhumano que solamente está reservado para las cosas y, verbigracia, para los más repugnantes insectos. El asalto constante de ese trato, sin embargo, no consigue extirparle el alma ni vaciarle de amor el corazón; pero sí acabará por llevarlo a la resignación y al altruismo: preferirá morir antes que ver a los suyos, a sus seres queridos —a su hermana Gretchen, a su padre y a su madre— degradados al punto de hacer del desprecio su lenguaje y modo de vida; antes que obligarlos al odio o a la abominación, los libera sin molestarlos siquiera con una despedida.

    Esta es una verdad incontestable; es con el trato, con el hielo nublado en la mirada, con la estrechez del corazón con que se transfigura, se degrada y se mata; cuando los seres humanos practican o ejercen la indiferencia, cuando ejercen el desprecio están convirtiendo en despreciables a sus semejantes. Gregorio Samsa nos enseña con su dura experiencia que la práctica del desprecio por parte de los otros nos puede transformar y esa transformación nos puede llevar a que uno pueda reconocerse efectivamente como un insecto. No importa absolutamente nada si en el mundo de la física es imposible que las células de un cuerpo humano se conviertan en células de un insecto, en el campo moral y en el campo afectivo, emocional o psicológico es verdad que si somos vistos y tratados como insectos nos asumimos como insectos, y nos reducimos al rincón más oscuro y sucio de la casa, debajo de un sillón, esperando ansiosamente la noche para privar a los otros del horrible espectáculo de nuestra desdichada presencia. ¿Qué quiere decir sentirse como un insecto? Quiere decir llegar a ser insignificante, molesto, despreciable para los otros, pequeño, sin valor; nada, o peor que nada: inoportuno e irrelevante, sin un alma que merezca nuestra atención o nuestra piedad.

    ¿Cómo explicar desde el punto de vista de las neurociencias, por ejemplo, el menoscabo, la desvalorización de un semejante y en el caso de “La metamorfosis” específicamente de un semejante que se supone es un ser querido? No existe posibilidad científica ni técnica que pueda medir esa disminución abyecta de la afectividad, esa aberración de la conducta, esa parálisis del sentimiento moral que lleva a un ser humano a despreciar a otro ser humano.

    Es por eso sostengo desde hace mucho tiempo, desde que en mi temprana juventud leí a Nietzsche, a Schopenhauer y a Albert Camus, que la verdad del arte es rotunda y puede superar con creces cualquier protocolo epistemológico, por más exigente que sea. Y postulo, en consecuencia, que la verdad que todo atento lector establece con la novela de Kafka es tan definitiva como la ley de la gravedad, tan clara, tan inconmovible como los postulados de Euclides.

    Amo la literatura casi tanto como a mi perro.