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    Todas, todos, todes

    Lenguaje inclusivo: una batalla ideológica

    Son dos caminos paralelos: por uno transitan las instituciones oficiales y varias organizaciones defensoras de los derechos de género; por otro, quienes estudian o trabajan con el lenguaje y se oponen a que se altere con decretos o por la vía institucional. En el medio, hay otro camino por el que van los usuarios de la lengua, posiblemente ajenos a los dos caminos anteriores, que son quienes tienen el poder de decisión.

    La riqueza léxica del español parece no alcanzar para quienes caminan por el primer sendero y consideran que la mujer, a través del lenguaje, está “invisibilizada”, una palabra que se reitera en los manuales de varias instituciones públicas que aconsejan sobre el uso no sexista de la lengua. Para esas guías hay un culpable: el masculino genérico.

    La Real Academia Española (RAE) lo define así: “El uso genérico del masculino se basa en su condición de término no marcado en la oposición masculino/femenino (…) Así, los alumnos es la única forma correcta de referirse a un grupo mixto, aunque el número de alumnas sea superior al de alumnos varones”. Esto es algo inaceptable para quienes impulsan políticas de género, como el Instituto Nacional de las Mujeres (Inmujeres), del Mides, que establece en un documento titulado Lenguaje inclusivo: “El masculino genérico se utiliza para englobar hombres y mujeres en un mecanismo semántico que difumina las mujeres”.

    El Congreso de Intendentes y el Ministerio del Interior también poseen sus manuales o guías de lenguaje inclusivo. En todas queda claro que hay un fundamento ideológico que está por encima de las normas del idioma español. “Es una postura política que va más allá de temas gramaticales, ortográficos o sintácticos. La intención detrás de su uso es visibilizar lo invisibilizado. Va acompañado de determinadas acciones tendientes al cambio social en términos de justicia”, explica Nancy Chenlo en la Guía de lenguaje inclusivo del Ministerio del Interior.

    Además de los fundamentos teóricos que ocupan varias páginas, esta guía trae recomendaciones que son muy similares a las de otros documentos sobre el tema. Algunas son sencillas, como cambiar “concejal” por “concejala”. Pero las complicaciones aparecen cuando, por ejemplo, hay que modificar esta frase: “Los ministros se reunieron en el día de ayer para resolver juntos esta situación”. Una de las recomendaciones es escribir: “Los ministros y las ministras se reunieron en el día de ayer para resolver juntas esta situación”. También están las conocidas duplicaciones, como “los niños y las niñas”, que en algún caso se ofrece sustituir por “la infancia”, aunque conceptualmente no son lo mismo.

    Género vs sexo.

    “Las palabras tienen género (y no sexo), mientras que los seres vivos tienen sexo (y no género)”, dice la RAE. Y de nuevo genera rispideces. Sin embargo, para algunos lingüistas los usos que proponen las guías de lenguaje inclusivo son cuestionables.

    “Me parece una lástima que las autoridades que están implementando estos cambios no hayan consultado a lingüistas de la Facultad de Humanidades. Desde el punto de vista técnico, el idioma español no funciona de la manera en que lo quieren aplicar. El género no tiene que ver con sexo femenino o masculino. Otras lenguas, como el ruso, tienen un género para los objetos inanimados y otro para los animados. En español es indistinto y por eso se usa el genérico masculino”, dijo a Búsqueda María Marcela Ríos Sassine, lingüista egresada de Humanidades.

    “Las argumentaciones son pobres y obedecen a políticas dictadas de lo políticamente correcto, pero suena más a un atentado de la lengua. Si lo que se busca es crear un cambio de mentalidad, no veo que funcione para nada, y lo digo como usuaria de la lengua, no como lingüista. Que digamos ‘todos y todas’ no va a hacer que nos sintamos más incluidas en el discurso”.

    Todes lxs niñ@s.

    Aún hay un escalón más para el lenguaje inclusivo, y otra vez el español queda corto. Es que hay personas que no se sienten contempladas ni por lo femenino ni por lo masculino. Entonces echan mano a símbolos que no son parte del alfabeto español (@ *) o a letras como la “x” o la “e”. Aparecen expresiones como “todas, todos o todes” o fórmulas extrañas y difíciles de pronunciar y de entender como: “l*s niñ*s”.

    Sin embargo, para la lingüista Victoria Furtado, docente del Instituto de Lingüística de la Facultad de Humanidades, donde trabaja en estudios de lenguaje y género, esta es una solución atendible. “Asumimos que las posibles identidades de género son dos: hombre y mujer. Eso en la teoría social actual y en las teorías de género más contemporáneas es cuestionado porque están, por ejemplo, las personas trans. Estas alternativas intentan correrse de ese binarismo”.

    Furtado estudia cuál es el fundamento político, más allá del lenguaje, para que surjan estas formas. “Son iniciativas que sitúan a la lengua como campo de disputa. Eso es bien interesante. A veces asumimos que la lengua es algo más neutro cuando no lo es, siempre está atravesada por relaciones de poder. Estas iniciativas visibilizan esta dimensión”.

    En algo están de acuerdo las dos lingüistas entrevistadas: es difícil que a través de las instituciones o de las políticas de gobierno el lenguaje inclusivo prenda en los usuarios. “Difícilmente iniciativas institucionales se canalicen rápidamente en los usos lingüísticos de las personas. No quiero decir que con esto no se cambie nada, pero está restringido al ámbito de la administración pública, y habría que ver si allí funciona”, dice Furtado.

    Su colega Ríos Sassine afirma: “Las lenguas van cambiando de acuerdo a las necesidades de la comunidad, y cuando una palabra se introduce en el vocabulario es porque la comunidad lo impone. No creo que este tipo de lenguaje inclusivo se vaya a imponer, porque la gente no habla así. Es una moda y va a pasar en algún momento. Lo que me parece excesiva es la presión, que se haga por decreto”.

    Agotador.

    El lenguaje inclusivo en textos o discursos extensos cansa. Se cansa quien escribe o quien habla. Se cansa quien lee o quien escucha. En algunos casos, quien escribe se olvida de la duplicidad masculino/femenino y de su concordancia, como ocurrió recientemente en un saludo del Club Nacional de Fútbol con motivo del 1º de Mayo: “El reconocimiento de Nacional a todos los trabajadores y trabajadoras uruguayos en su día”. ¿Y las uruguayas?

    En algunas organizaciones se encontró una solución alternativa y a favor de la lectura fluida. En los documentos de Unicef, por ejemplo, se agrega una nota al pie que dice en una de sus partes: “Por cuestiones de simplificación en la redacción y de comodidad en la lectura, se ha optado por usar en algunos casos los términos generales los niños y los adolescentes, sin que ello implique discriminación de género”.

    Pilar Chargoñia es docente de la Tecnicatura en Corrección de Estilo de la Facultad de Humanidades, además de correctora para varias editoriales y publicaciones. Para ella hay que conocer muy bien la gramática para usar un lenguaje inclusivo, que además debería aplicarse solo en textos administrativos, “en los casos puntuales en que se lo necesita”.

    En los talleres que dicta en la Tecnicatura desestima el uso del lenguaje inclusivo en textos informativos, divulgativos, especializados o literarios. Trabaja con manuales y libros específicos de corrección que alterna con las propuestas de la RAE. Y está muy enojada con los manuales oficiales. “Recomiendo encarecidamente a la administración pública uruguaya el uso del manual español de Málaga: Manual de lenguaje administrativo no sexista, antes que la propuesta del manual de la Intendencia de Montevideo, ya que el nuestro es un manual claramente político que desconoce por completo las reglas del idioma”.

    Vecinas y vecinos.

    El 27 de abril la Junta Departamental de Montevideo votó el cambio de nombre en la Defensoría del Vecino que ahora se llama Defensoría de Vecinas y Vecinos. La decisión trajo una serie de cuestionamientos desde la oposición y también en las redes sociales.

    Ana Agostino, al frente de la Defensoría, explicó a Búsqueda que se sintió sorprendida por la reacción. “No hemos escuchado argumentos más allá de que el masculino es genérico. Lo que hemos recibido son agresiones, insultos y burlas, sobre todo en las redes. Entonces nos preguntamos si esto se agota en un nombre o toca algo más profundo”.

    La decisión de impulsar el cambio de nombre viene desde hace tiempo. La Defensoría había sido observada por otras instituciones de derechos humanos. “Les llamaba la atención que una institución que lleva adelante políticas de equidad de género tuviera un nombre no inclusivo”. A partir del cambio de nombre, Agostino recibió felicitaciones de organismos de Argentina y México.

    “El lenguaje se va transformando con las prácticas, con los hechos sociales y también con cómo las personas sienten que las palabras las nombran o no las nombran. El hecho de que el masculino genérico invisibiliza es parte del debate histórico y va más allá de las normas de la lengua. El lenguaje ha sido a través de la historia un instrumento privilegiado de dominación”, dice Agostino como parte de su fundamentación.

    Hace pocos días, el escritor español Javier Marías escribió una columna sobre el léxico empleado por algunos españoles, que en uno de sus pasajes dice: “La lengua sirve para unir y para separar, para acercar y alejar, atraer y repeler, engañar y fingir, para la verdad y la mentira”. Una frase que tiene diferentes sentidos, según de qué lado del manual se ubique quien la usa.

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