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    Todos eran sus hijos

    Berto Fontana, mentor, maestro y patriarca del teatro independiente

    “Conocimos su vocación y tuvimos el privilegio de estar con él, como familia, como artistas, como alumnos y como amigos. Vamos a extrañarlo porque siempre tenía un mensaje para el corazón, lleno de sabiduría”, fueron las palabras que despidieron, ayer miércoles 15 en el Cementerio del Norte, a Roberto Fontana, el entrañable Berto, actor, director, docente de arte dramático y de educación de la voz, fallecido un día antes, a los 91 años. Junto a su familia, lo acompañaron en el último adiós, entre otros, Susana Groisman, Iván Solarich, Graciela Gelós, Mariano Arana, Pepe Vázquez, Graciela Figueroa, Margarita Musto, Isabel Legarra y Gustavo Antúnez. El cortejo se detuvo frente a Teatro El Galpón —de cuya fundación participó y, sin ser miembro pleno, fue un íntimo y permanente colaborador—, donde recibió el aplauso de un centenar de personas.

    Nunca se casó y no tuvo hijos, pero muy pocos concitan el consenso que logró Pedro Elbio Bertoloni, nacido en Montevideo el 25 de mayo de 1925, que eligió llamarse Roberto Fontana y se ganó el cariñoso apodo de Berto. Fue empleado bancario y se jubiló apenas pudo para dedicarse enteramente al teatro. “Depositó todo su ser en el hecho artístico”, dijo uno de sus grandes amigos. Todos coinciden en que fue un hombre consagrado al arte, como un monje del escenario. Recién a los 89 años se vio forzado a dejar las tablas, lo que repercutió en su ánimo. Su círculo íntimo coincide en que estaba muy cansado, y que sin hacer teatro la vida carecía de sentido para él. La dimensión entrañable de su figura se refleja en los testimonios recabados por Búsqueda para esta nota. Más allá de su calidad artística, su generosidad como docente y su proverbial optimismo lo convirtieron en una verdadera leyenda viviente del teatro uruguayo. Verlo en Los Girasoles con su barra de amigos tomando un vaso de vino y fumando un cigarro es toda una postal montevideana.

    Dicen las reseñas biográficas que inició su carrera en 1942 en la Escuela Dramática del Sodre, que duró pocos años pero fue semilla del teatro independiente, del cual fue uno de los principales fogoneros. En 1949, el mismo año en que ayudó a formar El Galpón, participó en la fundación de Club de Teatro, junto a Taco Larreta, Laura Escalante, Dahd Sfeir, China Zorrilla, Sergio Otermin y Nelly Goitiño. Con los años, Berto desarrolló un método técnico que definió como “fonética teatral”, dedicado a desarrollar el habla en el escenario, que se nutrió de filosofías y disciplinas orientales que integran la voz al cuerpo como una unidad. La reputación de sus talleres lo llevó a impartirlos en toda Latinoamérica.

    La actriz, directora y alumna suya Margarita Musto lo recuerda como “una de las personas más queridas del medio, que con esa voz portentosa abrió un montón de técnicas vocales excéntricas para la época; sabía de los chakras, nos hacía leer el libro Zen en el arte del tiro al blanco. Fue un gran maestro, tan generoso que te hacía seguimiento cuerpo a cuerpo. Generaciones y generaciones pasamos por Berto, y lograba que la voz nos resonara como no imaginábamos. Todos tenemos sus apuntes”. Musto lo destaca como gran cinéfilo y lector. “Me enseñó a Ian McEwan y Julian Barnes, y siempre estaba pletórico, lleno de vida. Tengo grabada su respuesta al cómo estás: ‘Espléndido’. Horas antes de estrenar En honor al mérito, la actriz cuenta que quedó absolutamente afónica y fue salvada por Fontana: “Lo llamé desesperada, llorando, y él, por teléfono, me guio en una rutina de respiración que logró calmarme y distender mis cuerdas vocales. En pocos minutos recuperé la voz. Tenía un conocimiento increíble”. Pepe Vázquez contó una anécdota similar: “En Costa Rica, con Imilce, estábamos en la última función de El avaro, al aire libre. Hacía frío y en la primera escena perdí la voz. No sabía qué hacer para seguir la función. Entonces Imilce me dijo: ‘Acordate del masaje de Berto’. Era una relajación de las cuerdas vocales a través del aliento. Lo hice y me volvió la voz a tiempo para volver a escena. Inolvidable”. Berto fue para Vázquez “no solo un maestro de teatro sino de cómo vivir. Pocas veces una persona concita tanta unanimidad de afecto y aprobación”.

    Su trayectoria es inabarcable, y en ella los teatreros coinciden en destacar Galileo Galilei, de Brecht, en el Notariado, protagónico que le valió el Florencio al Actor, y Rompiendo códigos, del inglés Hugh Whitemore, en la que Roberto Jones encarnó al genio desencriptador­ Alan Turing. Fue uno de los dramas más convocantes de la historia del teatro uruguayo, en cartel durante cuatro temporadas y visto por 45.000 espectadores. Ambas obras fueron montadas durante la dictadura por Héctor Manuel Vidal y ambas fueron emblema de la resistencia al régimen desde el campo simbólico de las tablas. Mariana Percovich lo recuerda en Galileo, “desplegando su actuación  conmovedora”. “Con Berto se va otra perla de la generación mítica y fundacional de una clase teatral culta, activa y comprometida. Sus historias quedarán en la entrevista del Ciclo A escena con los Maestros del MEC (publicado en Youtube)”.

    Medalla al actor.

    Entre los innumerables recuerdos de Roberto Jones sobre Berto sobresalen haber visitado juntos Nueva York —y especialmente las Torres Gemelas— y una medalla que Berto le entregó y que Jones piensa legar a un colega más joven. “A Fontana se la había obsequiado Alberto Candeau cuando hizo Galileo, por considerarlo el mejor actor en ese momento, la misma razón por la que Berto me la entregó a mí. Ahora que ya no está he decidido hacer público que se la entregaré a un actor joven próximamente. Tengo dos o tres en mente y quiero que siga pasando de mano en mano, como una tradición”. Para Jones, Fontana fue “un hombre de teatro total, el ser más positivo que conocí en mi vida, todo alegría; hasta hace bien poco fumó, tomó vino y comió huevo frito”.

    Además de teatro, Fontana hizo cine y en televisión fue uno de los más importantes locutores uruguayos, fue informativista y maestro de ceremonias. Publicó los libros Memoria en dos actos y Fonética práctica, y en este siglo encarnó a León Tolstoi en La última estación, de Ricardo Prieto, a Da Vinci en Leonardo y la máquina de volar, del mexicano Humberto Robles, y al músico Benjamin Britten­ en El hábito del arte, su canto del cisne, dirigido por Jorge Denevi. En 2007 ganó el Florencio a la Trayectoria y en 2009 fue declarado Ciudadano Ilustre de Montevideo. En 2012 se dio el gusto de actuar con Estela Medina en Círculo de tres, de María Varela.

    Denevi, su último director, cuenta que fue Berto quien lo “empujó” a dirigir por primera vez. “Tomé cinco años de clases con él. Como yo no tenía un mango, no me cobraba. Siempre nos unió el afecto. Al igual que a Héctor Manuel Vidal, me hizo saber que me sentía como el hijo que no había tenido. Y fue el primero que me hizo dirigir. Cuando se dio cuenta que me atraía la dirección, en medio de un ensayo, me dijo: ‘Me tengo que ir, esta escena marcala tú’. Fue mi maestro desde mis 20 años hasta el último día de su vida”.

    Rogelio Gracia, partener de Fontana en La última estación, dice que Berto fue el abuelo que no tuvo. “Lo conocí buscando explorar mi universo vocal, en la EMAD. Como estaba complicada la situación locativa, armamos las clases en el garaje de mi casa. Ese curso terminó en un asado, luego en el bar y las tanguerías, en el escenario, y en su casa con su familia. Hasta hace bien poquito, que pudimos ir una noche a brindar a Los Girasoles, su bar favorito. En una época, lo acompañaba a Parque del Plata, porque allí había un tipo que, con quiropraxia y acupuntura, lo ayudaba con sus cefaleas. Era un ser excepcional, un espíritu libre como pocos. No sabés lo que lo voy a extrañar”.

    Héctor Guido, secretario general de El Galpón, lo recuerda como su docente y como Julio César, con Atahualpa del Cioppo. También destaca que Fontana se puso la escuela galponera al hombro cuando la compañía fue clausurada por los militares y su elenco se exilió en México. “Si bien no lo integraba formalmente, siempre estuvo junto a El Galpón. Una generación entera, la de Ricardo Couto, Walter Etchandy y Liliana García, le debe su formación a Berto: siguieron trabajando solos con él hasta que el Circular se salvó del cierre y los acogió”. Guido lo pinta como “una persona muy afectuosa y espiritual, para quien la muerte no existía. Nunca la vio como un final de nada. Es muy difícil encontrar alguien en el medio teatral tan querido por todos. En algún momento todos nos sentimos hijos suyos”.

    Veinte años atrás, Alberto “Coco” Rivero fue elegido para el rol de Fausto en Urfaust, con Mefisto encarnado por Fontana, quien había sido su profesor en la EMAD. “Él propuso hacer el pacto entre Fausto y Mefisto con un beso. Fue la primera y única vez que besé a alguien en el escenario. Fue a Berto Fontana, y propuso un beso en lugar de la sangre. Vaya uno a saber por qué mundos voló su cabeza. Lo cierto es que esa propuesta me sigue pareciendo profunda, osada, joven y revulsiva. Tal cual como era Berto Fontana”.