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Las clínicas por la mañana y la tarde, los toques callejeros sobre los adoquines del barrio Puerto, los conciertos en la Manzana 20, la jam session hasta el amanecer y más allá. “Algunos siguen de largo y se van de la jam a las clínicas”, bromeó el maestro de ceremonias. La agenda del Encuentro Internacional de Músicos Jazz a la Calle, celebrado en Mercedes entre el sábado 7 y el domingo 15, no dio respiro. Apenas hubo tiempo para comer, darse un baño en la playa, tomarse un helado o tirarse desde la plataforma del Club Remeros: la de diez metros para los más osados y la de tres para los prudentes, la inmensa mayoría.
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Los personajes de Jazz a la Calle se presentan naturalmente. Después de varios años los rostros se vuelven familiares, como el de Marco Antonio, veterano chofer municipal oriundo de la frontera, que conserva intacto su acento abrasilerado. Todos los años deja un surco llevando y trayendo gente de la terminal al hotel, del hotel a la prueba de sonido, a las clínicas o al restaurante. Cuando puede, entra en la sala y pispea desde el fondo la charla sobre polirritmia, o se sienta a un costado del escenario a tomar un refresco mientras el ingeniero de sonido ajusta las perillas.
En la terminal, al descender del ómnibus, los músicos son recibidos por una pareja de voluntarios que les entrega un bolso de mano con el póster, la remera oficial y otros souvenirs. Los acreditados reciben un fajo de tickets de $ 50 igualitos a los billetes del Monopolio, aceptados en los restaurantes, bares y puestos de comida de la Manzana 20. La organización costea pasajes aéreos por más de sesenta mil dólares, cientos de pasajes en bus a Mercedes, el hospedaje en hoteles y casas de familia y todos los gastos de alimentación. “Si presupuestáramos todo el trabajo que ofrece la ciudad de Mercedes cada año, Jazz a la Calle no bajaría del millón de dólares”, dice Horacio “Macoco” Acosta, uno de los principales gestores que hacen posible el encuentro.
Macoco es un ex funcionario bancario de carrera que durante décadas tocó en una banda de música pop-tropical-melódico internacional, llamada Fantasía, pero en su casa escuchaba apellidos ilustres como Coltrane, Parker, Mingus y Ellington. Con Fantasía giraba por todo el país y buena parte del litoral argentino y hacía caja, pero con los discos de sus héroes, su alma vibraba en otra frecuencia. Cansados de trillar la noche, allá por el 2002, comenzó junto a colegas, amigos y vecinos a pergeñar la idea de hacer algo diferente con la música, algo más trascendente y duradero. La idea de un encuentro de músicos surgió de la mano con el proyecto de una escuela de música. Así, como una asociación civil sin fines de lucro, surgió el Movimiento Cultural Jazz a la Calle. En enero de 2007 sonaron los primeros acordes del festival y desde entonces, la barbacoa de Macoco —con piano, batería y parlantes permanentes— se convierte en sala de ensayo de la big band del festival.
Unos 25 grupos y solistas de varios países son seleccionados cada año entre más de 200 inscriptos. Más de 150 músicos pasan por el escenario y otro tanto se anota para tocar en la calle. Jazz a la Calle se consolida como proyecto artístico-formativo, la clave de su singularidad. Y luego de diez años, la Universidad Tecnológica del Uruguay (UTEC) inaugurará el mes próximo en Mercedes la carrera de Tecnólogo en Jazz y Música Creativa, que durará tres años. Es cierto, suena raro el término “tecnólogo” asociado a música, pero más allá de nomenclaturas, el Movimiento Cultural Jazz a la Calle logró convencer a las autoridades de la educación de que la ciudad podía albergar la primera escuela de jazz pública del país, y no solo eso, sino que desarrolló el plan curricular y el perfil de egreso de la carrera: componer, arreglar y orquestar para jazz y música instrumental, editar y revisar partituras, interpretar jazz como solista, en agrupaciones y como sesionista, en recitales y estudios de grabación, dirigir ensambles y coordinar talleres.
La tarea le fue confiada a Federico Lazzarini, un trompetista argentino (de Santa Fe) que tocó en la edición de 2013 y se enamoró de la movida, a tal punto que dos años después se instaló allí con su mujer y comenzó a dar clases en la Escuela Jazz a la Calle. Es uno de los tantos músicos de Uruguay y Argentina cooptados por el jazz mercedario. Como el pianista malvinense Mauro Pérez, quien después de vivir y tocar en España durante años, se radicó en Mercedes y no solo consiguió trabajo como docente de Jazz a la Calle, sino que también encontró el amor de su vida. O como Mónico Aguilera, un refinado guitarrista y director orquestal uruguayo que luego de oficiar por más de 30 años como sesionista en San Pablo, se volvió a su Melo natal, dirigió un par de años la big band del festival, y se mudó a Mercedes para dirigir la Escuela Jazz a la Calle y fundar la Orquesta Joven de Soriano. Aguilera defiende el jazz como poderosa herramienta de aprendizaje para niños y jóvenes “por la apertura mental y espiritual que promueve, por la batería de recursos útiles para cualquier actividad y por la actitud, que permite, llegado el momento, improvisar con fundamento”. Simbólicamente, no es descabellado sostener que Jazz a la Calle le ofrece al país una alternativa original y creativa para buscarle la vuelta a la endémica crisis de la educación.
A Macoco le brillan los ojos cuando habla de otros dos proyectos aún más ambiciosos: un bachillerato musical para los liceos públicos de Mercedes —el primero del país—, previsto para 2018, y la construcción de un edificio en las afueras de la ciudad, que albergará la sede de la UTEC y un anfiteatro a cielo abierto para diez mil personas, donde pasará a realizarse el festival.
El sábado 14, a las cuatro de la tarde, en el auditorio de la Casa de la Cultura, recientemente restaurada a nuevo, el paulista Sandro Haick, guitarrista, pianista, baterista, saxofonista y capaz de sacar música de cualquier cosa que le tiren, habla de un modo maravilloso sobre la improvisación. “Composición instantánea”, la llama. Afuera, en el hall, Macoco teclea nervioso en su celular. “Parece que André Marques tiene el pasaje de vuelta para el mismo día que tiene que tocar acá”. Varias llamadas y mensajes de texto después, el problema está arreglado: “El pasaje estaba bien, él había leído mal”, dice, mientras oficia de chofer de Búsqueda, de la clínica de Haick al hotel, pronto para apagar otro incendio.
En el camino, mientras conduce, responde un par de preguntas improvisadas: “Lo que mueve las neuronas y promueve una mejoría en otras materias no es la musicología sino el estudio de la música en sí. Está todo bien con conocer la historia y los grandes nombres de la música, pero nuestro objetivo principal es que los niños y jóvenes logren hacer música con sus manos. En este tiempo han pasado unos mil niños por la escuela. La mayoría probaron, estuvieron un tiempo y dejaron. Es lógico. Hay otros que perseveraron, y recién ahora se avizoran los primeros talentos formados por Jazz a la Calle. Es un trabajo muy lento, muy duro, sin recompensa rápida ni fácil. Ahora, me ha encantado ver ex alumnos que en otros ámbitos de la vida aplican la cabeza de Jazz a la Calle. Los docentes conciben el estudio de la música mucho más allá de la música en sí misma, y por eso Jazz a la Calle es un gran empujón para la ciudad”.
En tres de las nueve noches de la décima edición, la lluvia forzó a que los conciertos se trasladaran de la Manzana 20 al Teatro 28 de Febrero, refaccionado hace dos años, y que no solo luce impecable, con sus 750 plazas, sino que suena de maravillas. El viernes 13, Alejandro Luzardo y La Candombera dieron cátedra de música afrouruguaya, demostrando ser uno de los mejores exponentes actuales de la fusión de jazz y candombe. El sábado 14 el octeto argentino Kai d’ Raiz entregó una arriesgada sesión de jazz contemporáneo, tan experimental y vanguardista como cautivante, con una decena de piezas que fluyeron como cuentos y poesías instrumentales, que fueron recompensados con la atención silenciosa y respetuosa del público y con una ovación poco habitual para este tipo de propuestas.
El domingo 15 se reeditó el diluvio universal en Mercedes: 120 mm en dos horas. Las calles eran ríos caudalosos que desembocaban en la Rambla. Ajeno a la tormenta, André Marques, pianista estable de Hermeto Pascoal que viajó de Tokio directo a Uruguay, ofreció un concierto de alto vuelo con su sexteto, cultor de una fusión con ese universo musical llamado MPB, tan intensa como sugestiva y climática. A segunda hora, Haick incendió el teatro con un apoteósico show de forró, con un septeto que incluyó a Pipoquinha, el niño prodigio del bajo brasileño, un genio del sanfona (acordeón) llamado Mestrinho, y una de las estrellas de los últimos años del festival: el saxofonista y flautista Jota P. Barbosa —otro acólito de Pascoal—, de talento proverbial y no menor carisma, autor de los solos más aplaudidos que recuerde Mercedes.