Mientras escucho cómo una vieja voz conocida insiste una vez más en que “los uruguayos” somos “vagos”, me dirijo como un fantasma a trabajar enferma.
Mientras escucho cómo una vieja voz conocida insiste una vez más en que “los uruguayos” somos “vagos”, me dirijo como un fantasma a trabajar enferma.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáHe renunciado al derecho humano que me asiste: la salud es un derecho y trabajar enfermo conspira contra ello.
En una ciudad como Montevideo, ventosa, sucia, húmeda, donde muchos ámbitos de trabajo no están calefaccionados (como los liceos), donde los ómnibus explotan cada vez que un pasajero tose, donde una buena parte de la población vive en asentamientos sin agua corriente (pero con mucha basura alrededor), las posibilidades de enfermarse son altas.
Trabajo enferma porque faltar a mi rol laboral me produce tantos contratiempos y estrés que prefiero aguantar de pie la tormenta. (Atrasarse con el programa, que los alumnos pierdan el hilo, que luego los tiempos no den… ¡perder el presentismo! ¡Unos pocos pesos que me llenan de orgullo cada tres meses!).
Pero no es fácil. Tras varias horas de clase estornudando, los pañuelos del docente quedan reducidos a un amasijo redondeado y húmedo. Han perdido toda su señoría y cincuenta ojos jóvenes escrutan cómo la señora profesora busca en sus bolsillos y mochila aquellas inmundas telas. Los pañuelos de papel ya han sido usados y solo queda el rastro de una bolsita vacía y deprimente. La nariz de la profesora, así como sus párpados, relucen rojos e hinchados: un elemento más para reírse de ese triste ser apesadumbrado por la gripe que, sin embargo, está dando clase.
Los chicos no pueden comprender por qué vengo: ellos faltan sin ningún tapujo. Las faltas desde hace varios años no son relevantes en la evaluación de un estudiante: así lo han dispuesto las normas.
Me abruma faltar al trabajo, aunque sé que estando enferma las clases que imparto son aburridas, monótonas, y que cada uno de nosotros quisiera estar en una camita con la bolsa de agua caliente.
Si se trabaja en un turno nocturno la salida a los vientos de la noche es francamente inhóspita. Un bus puede demorar media hora. Un taxi sale muy caro para volver de trabajar.
Al llegar al viernes: ¡zas! Por fin la posición horizontal. Es el fin de semana tan bienvenido por el trabajador, el derecho al descanso. Otro derecho humano que se me niega. Porque en verdad esto de descanso y ocio no tiene nada; esto es una agonía. Y encima, ni hablar por teléfono puedo: las cuerdas vocales de un docente son los meniscos de un goleador: si se da clase con la garganta irritada, dos días de mudez son la única solución.
¿Qué clase de heroína soy que voy a trabajar enferma? Yo sospecho que somos miles los que lo hacemos. Seres humanos a quienes la conciencia nos perturba porque pensamos que nuestra obligación es lógica: hacemos falta. Nos necesitan.
Y otros miles, en cambio, en las oscuras oficinas donde básicamente se toma té o se charla por teléfono, suelen pasar parte de enfermo.
Claro que su ausencia pasa inadvertida. Estén o no estén, siempre se formará ante el mostrador una cola de uruguayos desesperados.