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Una vez más nos visitan y nos asombran. La Gaechinger Cantorey es el nombre actual unificado que comprende tanto al coro como a la orquesta barroca que lo acompaña, ambos de Stuttgart, todos bajo la conducción de Hans Christoph Rademann. Son especialistas en el barroco alemán y hacen Bach como los dioses. Tres años atrás nos regalaron una versión memorable de la Misa en si menor de Juan Sebastián Bach. Ahora los tuvimos otra vez gracias al Centro Cultural de Música y el viernes 25 dejaron extasiada a toda la concurrencia que colmaba el Teatro Solís.
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Acompañaron a los 27 coristas y a los 25 músicos de la orquesta cuatro solistas de campanillas: Miriam Feuersinger (soprano), Sophie Harmsen (mezzo), Patrick Grahl (tenor) y Tobías Berndt (barítono). Timbres dulces en las cuatro tesituras, caudales razonables y controladísimos vibratos. En una palabra, cantantes ideales para este género musical.
La primera obra fue la cantata de Bach Gran angustia tuve en mi corazón (BWV 21), compuesta en 1713, una obra bellísima, de gran despojamiento musical, donde se apela más a la intimidad, con gran lucimiento de los cuatro solistas por separado, de una magnífica oboísta en el oboe d’amore, de una no menos notable cellistay de un coro intenso, exacto, nunca gritado. La velada se completó con el Magnificat (BWV 243), compuesto en 1723, que es una obra de carácter más exaltado, más grandioso y festivo. Ya el comienzo del coro fue arrollador, pero después cada aria de solista o cada intervención del coro impactaba igual o más que la anterior: el Quia respexit de la soprano con el oboe d’amore y el bajo continuo; la irrupción del coro en Omnes generationen; el empuje del tenor y la orquesta en Deposuit potentes; la belleza del dúo de contralto y tenor en Et misericordia; el terzetto celestial de voces femeninas del coro en Suscepit Israel. ¡Qué obra cuya hermosura no da descanso!
Pero no es solo el talento del compositor lo que no da descanso, sino también lo que hacen estos alemanes con Bach, de la mano de Rademann. Es algo diferente al Bach habitual. Lo hacen transparente, por momentos etéreo, rítmico pero nunca golpeado, con un amplísimo espectro de color, matices y dinámica. Rademann tiene una marcación estricta de todos los detalles, pero eso no le impide hacer cantar emocionado al coro y a los instrumentos, o respirar el fraseo para alivianarlo, o extraer un color inusual a las voces y a los instrumentos. Su severidad en el control del detalle nunca conspira contra la delicadeza y la sutileza del enfoque.
Se dice con razón que en música nunca debe hablarse de versiones definitivas de una obra, por la infinidad de posibilidades que la música brinda al intérprete para descubrir nuevos tesoros que para otros habían pasado desapercibidos. Esto es así y es precisamente lo apasionante de la interpretación musical. Pero digamos entonces, sin temor a equivocarnos ni a cometer un exceso, que el Bach de estos intérpretes es muy difícil de superar.