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La presentación del pianista irlandés Barry Douglas, acompañado por el norteamericano Stefan Lano al frente de la Ossodre, nos deja un sabor agridulce. Empecemos por decir que de las tres obras en programa, todas en tonalidad mayor, los conciertos N°1 op.15 y N° 2 op.19 fueron escritos cuando Beethoven tenía quince años. Son obras amables, aún herederas de Haydn y Mozart y con algún destello en los movimientos lentos, sin que se pueda afirmar que estamos frente a algo distinto o revolucionario.
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El talento de Beethoven, siempre dentro de sus conciertos para piano, irrumpe en forma categórica con el N°3 op.37, que será interpretado por los mismos artistas el próximo sábado 23 de junio. Y en el concierto N° 4 opus 58, compuesto ocho años más tarde que el 1° y el 2°, ese perfil diferente y genial del autor vuelve a asomar cabalmente, arrojando como resultado la obra de un artista mayor —sólo tenía 23 años— que nos daría muchísimo más en su etapa de madurez.
Conviene acotar que de este mismo período es su Sonata para piano op.21 N°2 “La Tempestad”, la cual constituye también un quiebre asombroso no sólo en el universo general de las sonatas para piano sino también en el propio de las 32 sonatas para piano del alemán.
Es bueno referirse a las distintas dimensiones estéticas de las obras en programa, pues plantean exigencias también disímiles a sus intérpretes y, a su vez, el resultado de esas interpretaciones cala más o menos hondo en los oyentes. Veámoslo con un ejemplo: el contenido del Concierto N° 4 es de tal vuelo que una interpretación meramente correcta puede igual hacerlo disfrutable al oyente. Por otro lado, paradójicamente, si se quiere llegar y conmover al espectador con los Conciertos 1° y 2°, esto exigirá una sensibilidad más atenta del solista y de la orquesta para trascender un material de menor enjundia, además de una complicidad total de enfoque entre solista y orquesta, donde aquel suene como un instrumento más de ésta.
Dicho todo lo anterior, ¿qué ocurrió en el colmado Auditorio Adela Reta? Barry Douglas es un pianista recio, sutil y sensible. Su sensibilidad se hizo notoria en el Largo del N° 2 y en el Andante con moto del N°4. Su reciedumbre, en la cadenza del allegro con brio del 2° Concierto. Es probable que su origen anglosajón confiera precisamente a esa reciedumbre y esa sensibilidad un agregado de contención o de freno. No es que este crítico sea partidario de ningún desborde o amaneramiento, sobre todo si se está abordando un clásico y no un romántico.
Pero hubiera sido preferible una mayor soltura y entrega en los momentos de lirismo y algo menos de apremio en los Allegros. Esto último pareció notorio en el Allegro scherzando final del N°1, donde solista y orquesta se enfrascaron en una carrera que respondía más a un vivace, a un molto o a un energico que a un scherzando. El tono ligero y de broma indicado por el compositor se transformó, así, en un momento de tensión que desvirtuó el carácter del movimiento y, dicho sea de paso, provocó algunas desencuentros entre los distintos sectores de la orquesta.
Ante la impresionante ovación de la sala, Douglas tocó fuera de programa uno de los seis breves “Momentos Musicales” de Rachmaninov, donde se pudo apreciar mejor su estatura de pianista. Es una pena que no haya incluido un recital de piano solo en su visita a Montevideo.
Por su parte, Lano tuvo una velada con claroscuros. Llamó la atención la colocación de los bronces (cornos y trompetas) en la misma línea de las maderas y no detrás de éstas, como es habitual. Tenían por delante a los segundos violines, un escalón por debajo. Su sonido estaba, de ese modo, en un lugar de destaque que, a las habituales complejidades en el balance sonoro de vientos y cuerdas, agregaba un problema más con el balance entre bronces y el resto de la orquesta.
Ese riesgo parece no haber sido evaluado por el director. Aparte, el equilibrio entre vientos y cuerdas estuvo descuidado en el segundo y tercer movimiento del N°1. Los bronces sobresalieron en forma indebida sobre el tutti en el primer y último movimiento del N°4. En el allegro inicial del 4°, cuando toda la orquesta expuso el primer tema, el canto de las cuerdas fue literalmente sepultado por los cornos. Y otro tanto ocurrió en el movimiento final del último concierto de este espectáculo: cornos y trompetas prevalecieron excesivamente en más de un pasaje.
Más allá de los problemas anotados, solista y director comulgaron con el mismo enfoque en el andante del N°4. Allí sí se fundieron en una mirada única hacia la partitura que fue, sin dudas, el mejor momento de la velada. En cambio, aquel entendimiento no se dio en el ya comentado allegro final del N°1, donde el tempo conspiró contra el objetivo, ni en el allegro final del 2° concierto, en el que el excelente ataque filoso del tema por el solista no fue replicado de la misma forma por las cuerdas, ni en el allegro inicial del 4° Concierto, en el que en más de un tramo el solista arremetió a un tiempo claramente más rápido que la orquesta.
En suma, una velada que no colmó las expectativas, un pianista técnicamente irreprochable al que sería interesante escuchar en un recital solo para evaluar su real dimensión y un marco orquestal con desprolijidades y, más que nada, con una ausencia de acuerdo entre director y solista en el enfoque de las obras.