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    Un detalle sin importancia

    Columnista de Búsqueda

    N° 1733 - 03 al 09 de Octubre de 2013

    Ya lo dije en alguna columna anterior: la demagogia es consustancial a la democracia; y es lógico que así sea pues la democracia es un sistema únicamente basado en el poder de nombramiento asignado al mayor número y que, por ser así, sin reparos estimula la industrialización y el consecuente envilecimiento de la captura genérica de voluntades. Varios autores, empezando por Cicerón, que premiaba la venalidad de los votantes y exhortaba a los políticos a pagar bien para ser electos, plantearon el problema y encontraron la misma evidencia. Wilfredo Pareto, George Sorel, Gustave Le Bon, Robert Michels —que demostró la ley de hierro de la oligarquía mediante la que desmitifica la moralidad de la especie democrática— postularon parejo desencanto. Se dirá que estos nombres no integran precisamente el mismo panteón que Jefferson, Manuel Azaña, Roosevelt o Jean Jaurés, que en verdad son críticos muy recelosos del invento. Pero al mismo tiempo tendrá que admitirse que aun dentro de esa vasta tienda del optimismo imposible hay respuestas lúcidas a la cuestión, que no todo es ilusión o disimulo.

    Una de esas respuestas, relativamente reciente, es la que ofrece Giovanni Sartori desde su libro Teoría de la Democracia (Taurus, 2003), en la que nos dice, entre otras cosas, que la demagogia se ve beneficiada por otra dolencia del sistema que es el perfeccionismo, es decir, esa estéril actividad intelectual que se funda en corregir mediante recursos teóricos lo que la realidad no consiente o no resiste. “La línea que separa el perfeccionismo y la demagogia puede ser, en la práctica, muy delgada. Pero en teoría (y aquí nos ocupamos de la teoría de la democracia), la distinción es que el perfeccionismo es un error intelectual, desarrollado por intelectuales, mientras que la demagogia es pura y simple conveniencia. Y la teoría puede combatir la mala teoría, pero no la ‘mala práctica’, es decir, la demagogia. Para decirlo mejor, la teoría puede combatir la demagogia solo de modo indirecto, aislándola y dejándola al descubierto. El demagogo es un animal ‘natural’ que existirá siempre; pero si se le priva de coartadas perfeccionistas, si carece de retaguardia intelectual, hará menos daño. Por ello me he detenido en el perfeccionismo. Pero no soy tan ingenuo como para creer que bloqueando el perfeccionismo se bloquea, también, la demagogia. La democracia se funda sobre la concurrencia de partidos, así como la economía de mercado se funda sobre la concurrencia de productores. Por lo demás, la analogía entre mercado político y mercado económico no va más allá. La diferencia es que la concurrencia entre productores económicos está sometida al control de los consumidores, los cuales precisamente consumen y, entonces, están en condiciones de apreciar de manera tangible las mercancías que se les ofrecen. En cambio, la concurrencia entre partidos políticos está sometida a un examen mucho menos eficaz, ya que en este caso los bienes no son muy tangibles ni de rápido consumo”.

    Lo que afirma Sartori con toda claridad es que resulta impropio remediar graves problemas prácticos con gratas medicinas teóricas. Los fabricantes de productos políticos creen que los experimentos que tienen lugar en su imaginación reparan las dolencias que ocurren bien lejos de ellos, en la vida común, en el salto loco de los acontecimientos de la historia, en el universo contingente y arbitrario donde se agitan millones de almas que no saben en qué consiste el juego, no entienden qué es jugar o no les interesa ningún juego. En situación parecida se halla un empresario que decide sacar al mercado un producto del que presume una demanda; corre el riesgo que esa demanda realmente no exista y por lo tanto recibirá el duro castigo de la indiferencia por parte de los potenciales clientes, lo que se traducirá sin más en una segura pérdida de lo que ha invertido. Para el comerciante la realidad es decisiva; confrontar su idea o su iniciativa con lo que ocurre fuera de su mente y de su taller decreta ganancias o fracasos; para el político metido a improvisador de ideas o sistemas, en cambio, la realidad es un detalle sin importancia, no disminuye su prestigio, no elimina su influencia, no descalifica su aporte. Todo sigue igual, aunque los hechos vayan en otra dirección. La política está bendecida por una nube de irrealidad en la que todo está permitido y ningún error se paga.

    Escribe Sartori: “La concurrencia económica está sujeta a control legal, pues el fraude en el comercio es castigado, mientras que el ‘fraude político’ queda legalmente impune. El comerciante que vende perlas falsas por verdaderas va a prisión; el político que vende humo, con frecuencia lo logra y no va a prisión. Entonces, la diferencia es que en política la concurrencia desleal, mentirosa y precisamente ‘demagógica’ es impune, y a menudo proporciona ganancias al demagogo”.

    Vigorosamente tiene razón.