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    Un gran fracaso colectivo

    N° 1846 - 17 al 23 de Diciembre de 2015

    En la tele, Tabaré Vázquez se ríe de las “estupideces” y “extemporaneidades” de José Mujica. En la radio, José Mujica responsabiliza a Danilo Astori por la catástrofe de Ancap. En la prensa, Danilo Astori dice que el responsable es José Mujica. Mujica y Astori están tan enojados el uno con el otro que, entonces, deciden intercambiar cartas que no llegan a destino sino a través de los medios, advirtiéndose mutuamente que ninguno va a dejarse “correr con el poncho” por el otro.

    En Uruguay, Luis Lacalle Pou critica el accionar del gobierno. En Francia, Tabaré Vázquez se burla de él y dice que se trata de “pompitas de jabón”. Lacalle Pou se queja de las ironías pero Vázquez advierte que aquel se había burlado primero durante la campaña electoral de hace más de un año, cuando hizo una demostración de fuerza física al colgarse de un poste y desafiar a Vázquez a que hiciera lo mismo.

    En Montevideo, Edgardo Novick dice que Daniel Martínez conseguirá un crédito millonario para manejarse en la Intendencia luego de comprar a tres de los ediles que habían acompañado a Novick. Martínez lo niega terminantemente y habla con todos menos con Novick, que fue el que tuvo más votos. Novick no lo dice pero es evidente que quiere tratar de ser candidato a presidente. Pero, a cuatro años de las elecciones, las direcciones de los partidos tradicionales le cortan las alas en el Partido de la Concertación, con el apoyo de los tres ex presidentes Sanguinetti, Lacalle y Batlle, que creen que con el balotaje es suficiente. Pedro Bordaberry lo invita a ingresar al Partido Colorado. Y Lacalle Pou no lo quiere compitiendo por el “premio mayor”.

    A su vez, Pablo Mieres se afana por armar una ingeniería política y electoral con todos los que él cree que son “socialdemócratas”. Y se reúne con Jorge Larrañaga, que a su vez se reúne con los demás de la oposición para construir un “espacio opositor” que no se sabe bien en qué consistirá.

    Mientras estas legítimas y habituales pugnas cupulares e imaginaciones políticas ocupan el tiempo de los dirigentes, Uruguay se parte al medio. Irremediablemente, se parte al medio. Todos los dirigentes lo saben. Pero siguen enfrascados en prepararse lo mejor posible para las elecciones de 2019.

    ¿Habrá país en 2019? O, mejor, ¿valdrá la pena agarrar el hierro caliente de una sociedad uruguaya desgarrada y fragmentada a extremos inimaginables cuando cualquier gobierno asuma en marzo de 2020?

    La semana pasada, Búsqueda publicó un artículo escalofriante, escrito por Daniel Lema. “Un estudio del gobierno advierte que es ‘indiscutible’ que Uruguay tiene hoy una ‘sociedad dual’ pese a bajar la pobreza y la indigencia”, fue el título. La nota se basó en el libro “Reporte Uruguay 2015”, preparado por técnicos del Ministerio de Desarrollo Social (Mides), de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto (OPP), y consultores externos.

    Se trata, pues, de un documento oficial, difundido por la Presidencia de la República, el Mides y la OPP. Hubo aportes de más de 40 autores, de otros 40 comentaristas externos, y fueron analizados datos de más de 300 indicadores extraídos de medio centenar de fuentes de información.

    El resultado de este trabajo, de 333 páginas, muestra una realidad terrible. Muestra un Uruguay completamente diferente al Uruguay de casi todo el siglo XX. Muestra, con datos inequívocos, que no existe más aquella sociedad homogénea que se destacaba en América Latina. Y muestra, como lo dice el estudio, “la existencia casi indiscutible de una sociedad dual”.

    ¿Qué es una “sociedad dual”? Es una muy diferente a aquella en la que crecimos quienes tenemos más de 50 años. Es una sociedad donde la desocupación en el quintil más pobre es 15,4% y de 2,3% en el quintil más rico. Es una sociedad donde “más de la mitad de los jóvenes viven en hogares pertenecientes a los primeros dos quintiles de ingreso”. Atiéndase bien: más del 50% de los jóvenes uruguayos crecen entre el 40% más pobre de la sociedad.

    Es una sociedad donde, desde hace décadas, la fecundidad en los estratos medios y altos se redujo significativamente, mientras se mantiene en los estratos más bajos. Es decir, hay “un proceso sostenido de infantilización de la pobreza”.

    El 40% de los niños menores de 4 años viven en hogares que están en el quintil más pobre y solo el 20% en el más rico. Es una sociedad donde el 84% de los hogares del quintil más pobre tienen niños o adolescentes a cargo; en el quintil más rico, solo 16% tienen niños o adolescentes a cargo. En los hogares del primer quintil (el más pobre) viven, en promedio, cuatro personas; en los del quinto quintil (el más rico), dos.

    Es una sociedad donde, según el informe oficial, “son más los niños que nacen en contextos desfavorables, en hogares con bajos niveles educativos, con empleos precarios o desocupados, con bajos salarios, afectados por condiciones de vulnerabilidad, con malas condiciones habitacionales, y ello genera una dinámica de reproducción intergeneracional de esta condición social”.

    Es una sociedad donde el 53% de la población adulta del quintil más pobre tiene como máximo nivel educativo primaria completa o incompleta; en el quintil más rico, en cambio, sólo 13,7% no superó ese nivel. Más claro aún: casi 40% de los que integran el 20% más pudiente tiene formación universitaria, contra apenas 2% de los que pertenecen al 20% más desaventajado. Esto demuestra, dice el estudio oficial, “un nivel de fragmentación extremo”.

    Es una sociedad donde las diferencias en la transición a la adultez tienen “consecuencias importantísimas”. En el quintil más pobre, esa transición supone un abandono temprano de la educación y un ingreso también temprano al mercado de trabajo, con la consiguiente baja probabilidad de acceder a niveles de ingresos que permitan “cierta movilidad social vertical”. Así, desde los 13 años, los que están entre el 20% más pobre empiezan a dejar de asistir a la educación formal; en el otro extremo, nadie abandona el liceo a esa edad entre el 20% más rico.

    Es una sociedad donde han aparecido los ghettos. En el Uruguay de hoy, hay “una fuerte concentración geográfica de hogares que presentan la doble condición de ser vulnerables en términos socioeconómicos y de vivir en entornos urbanísticos de mala calidad”, lo cual crea una novedad en términos históricos para este país: el concepto de “segregación territorial”.

    El documento oficial carga las tintas sobre los gobiernos anteriores al Frente Amplio. Dice que “persisten situaciones sociales de alto nivel de exclusión en muchas dimensiones de la vida, las cuales confirman que la fragmentación perpetuada en las décadas finales del siglo XX y consolidada violentamente por la crisis de principios de los 2000 provocó heridas en la sociedad irreparables en el corto e incluso en el mediano plazo”.

    Esto es, por lo menos, una verdad a medias. Porque, aun si fuera cierto que la “fragmentación” fue “perpetuada” en ese tiempo, no es menos cierto que las políticas aplicadas durante los 10 años de enorme bonanza económica que tuvieron al Frente Amplio en el gobierno por dos períodos resultaron un rotundo fracaso. Porque hubo reparto, sí, pero no soluciones estructurales. El propio informe oficial es la confirmación de esta verdad irrefutable.

    Todos los que dedican muchos de sus esfuerzos para quedar mejor posicionados con vistas a las elecciones de 2019 harían bien en tomarse un tiempo en sus batallas de todos los días y estudiar a fondo cómo es (y por qué es así) la nueva sociedad uruguaya. Este y otros estudios pueden ilustrar.

    La fragmentación ya es un hecho, es un desastre y tiende a agravarse. Meter neuronas y quemarse las pestañas estudiando cómo enfrentar este fracaso colectivo de la sociedad uruguaya es sin duda posible mucho más importante que ver qué lugar irá para quién en cada lista al Senado.

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