Es una maravilla de chiste, de esos que sobreviven las relecturas. Comienza en la primera de las cuatro viñetas de la historieta, en medio de la acción. Un niño y una niña, cabezones y con puntos como ojos, se encuentran sentados sobre el cordón de una vereda. Sus miradas se dirigen hacia la izquierda, donde a la lejanía se acerca otro niño, igual de cabezón, aunque con un rasgo distintivo: viene sonriendo, caminando con tal felicidad que sus pies no tocan el suelo. Su aparición es fugaz. Se lo ve de lejos en el primer cuadro, un poco más cerca en el segundo, y para el tercero ya ha desaparecido. El niño de la vereda lo sigue con su mirada, incluso fuera de cuadro. Se expresa en palabras encerradas en globos de diálogos.
“Mirá, aquí llega el bueno de Carlitos”, observa. “El bueno de Carlitos, ¡sí señor!”, exclama al tener al alegre transeúnte frente a sus ojos. “El bueno Carlitos...”, reitera, antes de hacer un silencio fulminante. “¡Cómo lo odio!”, concluye.
La publicación de Snoopy y Carlitos (1950-1952) acompaña una estrategia de la editorial por amplificar, en los últimos años, su oferta de cómic (de superhéroes, sí, pero también de los otros) y el manga, dos terrenos literarios populares entre jóvenes y adultos. Dentro de las últimas novedades de la editorial se encuentran reediciones de viejos conocidos del género. En plaza hoy se pueden conseguir, entre otras, obras de Conan, el Bárbaro, Astroboy, Usagi Yojimbo y hasta trabajos del dibujante español Sergio Aragonés.
La llegada de la obra completa de Schulz también se complementa con la biografía Schulz, Carlitos y Snoopy, escrita por David Michaelis en 2009 y disponible en Uruguay desde 2020 bajo el sello Es Pop Ediciones, en una impresión de tapa dura y casi 600 páginas con un diseño gráfico excelso.
Michaelis excava hondo y escribe un retrato detallado, extenso y repleto de sorpresas sobre la vida de Schulz, algo poco común si se considera que los historietistas no suelen ser las opciones más elegidas al momento de encargar una biografía. En su reconstrucción sobre la génesis de la historieta está, además, el retrato de un hombre que encontró las frustraciones y pormenores emocionales de una generación que vivía bajo la promesa de una prosperidad sin límite de vencimiento.
Como hijo único, Schulz fue un niño solitario y tímido que cuando caminaba junto a su madre por las calles de Saint Paul, Minnesota, lo hacía con la cabeza gacha. Era inteligente y eso le permitió adelantarse un año en la escuela, aunque eso también le significó ser el niño más joven de su clase y, por lo tanto, el más aislado. Su perspicacia se volvió, con el tiempo, insuficiente para seguir adelante en sus estudios como un alumno ejemplar. Frustrado, Schulz se dedicó a dibujar en pos de perseguir una meta: hacer historietas, como las que leía en los diarios.
En 1942, con 20 años, fue enlistado por el Ejército. Durante la guerra, que lo llevó por Francia y Alemania, Schulz se sentía aislado y solitario. Dibujaba todo lo que veía y cargaba consigo un libro con bocetos. Tras la victoria de los aliados, regresó más determinado que nunca a convertirse en historietista. Lo intentó durante varios años y falló. Enviaba diez historietas, escritas y dibujadas por él, mientras trabajaba en otras diez más, aguardando a ser publicado. Trabajó así durante cinco años y consiguió publicar varias de sus tiras, pero todavía no había señales de Carlitos (Charlie Brown en su versión original en inglés) o su fiel perro y amigo Snoopy.
Schulz entendió que los niños eran los personajes que más parecían convencer a sus editores. Llevaba adelante una historieta titulada Lil’ Folks, en la que ya aparecía una versión primigenia de Charlie Brown y de Snoopy, y decidió rehacer su propio trabajo.
Peanuts se publicó un 2 de octubre de 1950 en un lunes lluvioso. Schulz fue hasta un kiosco a comprar todos los diarios que tuvieran la tira, desde el Chicago Tribune hasta el Washington Post. Cuando preguntó si tenían diarios con peanuts (maní en inglés), el vendedor le respondió que no y que tampoco tenía diarios con pop.
El título de su obra nunca le gustó mucho al dibujante. Fue decidido por United Feature Syndicate, una agencia de distribución de tiras cómicas que se encargaba de proveer de contenido a los diarios. El encargado de producción de la agencia vio por casualidad un artículo sobre un programa de televisión popular entre los niños y allí se podía ver una sección donde varios pequeños se sentaban bajo una pancarta con el título de Peanuts Gallery. El término fue usado por primera vez en los teatros de los años ochenta del siglo XIX para designar los balcones superiores y luego se adaptó dentro de campo del entretenimiento infantil
Para Schulz, Peanuts era un título engañoso, que además refería a algo insignificante y pequeño. Una cosa con poco valor, pero como autor joven y desconocido, decidió aceptar las reglas del juego. Con el tiempo, nunca dejó de resentir el título de su creación, que además generaba una pregunta constante: ¿quién era Peanuts? Cuando le preguntaban qué hacía para vivir, él respondía: “Dibujo la tira cómica de Snoopy, esa de Charlie Brown con su perro”.
El perro, que se volvió un ícono más grande que su dueño, también fue producto de una sucesión de alteraciones. Un perrito blanco anónimo que Schulz había dibujado antes en Lil’ Folks iba a reaparecer en la serie Peanuts bajo el nombre Sniffy. Tras dar vueltas por almacenes en Minneapolis, vio una historieta con ese nombre y se dio cuenta de que se había quedado sin nombre para su mascota protagonista. En su camino a la oficina, intentando encontrar una alternativa, le vino a la cabeza un comentario de su madre, quien había dicho que si algún día la familia tenía otro perro, debían llamarlo Snoopy.
Snoopy se convertiría, con el tiempo, no solo en principal insumo de consumo alrededor de la propiedad intelectual de Peanuts, sino también en su facción más imaginativa. Tras darle la capacidad de caminar en dos patas y hasta sus propias burbujas de diálogos, las tiras protagonizadas por Snoopy representaban los aspectos más aventureros de Schulz, quien dibujaba al perro bajo diferentes personalidades, ya sea el carismático Joe Cool (Snoopy con un par de lentes negros y la confianza de un mastín) o su álter ego como piloto aéreo de la Primera Guerra Mundial.
Mientras que Snoopy proveía a los lectores de tardes de aventuras o de relajación absoluta, Carlitos aportaba lo opuesto. Ser Carlitos representaba perder partidos, tolerar insultos. Un tipo sensible, pero también vulnerable. Schulz ha descrito parte del encanto de Peanuts, y en especial de Carlitos, como una exploración para revertir las sensaciones de derrota que sintió en su infancia y juventud. La reversión más significativa, según lo apunta Michaelis, es la percepción que Schulz logró tener con los niños en una época en que, para Estados Unidos, la infancia debía ser un momento dorado y de felicidad plena. Los problemas eran para los adultos, y el mundo de Snoopy y Carlitos es completamente de niños.
Pero para el dibujante, los niños también viven experiencias con dolor, sienten disgustos y humillaciones y son capaces de afrontarlos con una madurez sorpresiva. No hay imagen más melancólica y tierna que Carlitos reposando su cabeza sobre su brazo, antes de expresar una de sus pocas frases típicas y una expresión de puro lamento: “Good grief”.
En Snoopy y Carlitos (1950-1952), el protagonista pelón todavía no ha cobrado del todo la forma que lo caracterizaría y su pesimismo se encuentra tapado por una curiosidad más aventurera. El libro también prueba cómo Schulz fue complejizando cada vez más sus dibujos. La sencillez de las primeras historietas se iría abandonando y agregaría cada vez más detalles en las viñetas, aunque siempre manteniendo cierta prioridad por el espacio blanco.
Durante varias décadas, siguió cargando a su obra de espacios en blanco que no dependían ni de la acción ni de un contexto, sino que se enfocaban en las personas que intentan resolver problemas interiores de la vida diaria sin llegar a conseguirlo realmente.
Publicada sin interrupciones desde aquel 2 de octubre de 1950 hasta el 13 de febrero de 2000 (año de la muerte del autor), Snoopy y Carlitos es una obra valiosísima y de repercusiones innegables. “Una pequeña comedia humana para todos los bolsillos”, según Umberto Eco, que logró publicarse simultáneamente en 2.600 diarios y en 40 idiomas, y cuyos personajes titulares fueron adoptados para nombrar los módulos de comando y de alunizaje del Apolo 10.
Con ese éxito, mientras Schulz trabajaba se construyó un mundo alrededor de sí mismo con las cosas que le encantaban de pequeño. Cerca de su estudio tenía un campo de béisbol y una cancha de hockey. Todas las mañanas seguía una rutina: desayunaba un muffin inglés en la pista de hockey antes de ir al estudio a dibujar durante gran parte del día. Se dice que dibujó, y entintó, 10.000 tiras. Y así, con un puño, una pluma y una hoja fue que llegó al mundo el bueno de Carlitos. Cómo no quererlo.