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Con la sala Delmira Agustini colmada, se presentó por primera vez en nuestro medio el viernes 4 el joven pianista esloveno Ivan Skrt. Su currícula nos informaba que el artista maneja sus interpretaciones con absoluta libertad, lo que fue palpable desde el comienzo.
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Organizó su recital en base a breves obras presentadas en tríos: tres preludios de Chopin; tres preludios de Rachmaninov; tres danzas españolas de Enrique Granados; tres danzas argentinas de Alberto Ginastera; tres bagatelles de Marij Kogoj; tres bagatelles de Bela Bartok y La valse, de Maurice Ravel, única obra más prolongada con la que cerró el recital.
Skrt tiene un absoluto dominio técnico del instrumento y todo lo que hace, por dentro y por fuera de su libertad interpretativa, lo hace con buen gusto e intuición musical. Quizás Chopin y Granados hayan sido lo menos logrado de la velada. Su Chopin no agrega nada a lo que se ha escuchado de otros intérpretes. Su Granados tampoco, con el agravante de que los cambios introducidos a la Danza Nº 5 parecen algo arbitrarios y desnaturalizan el clima danzante de la obra.
En cambio, el resto de lo que hizo en el recital fue muy bueno y por momentos de un nivel de intensidad y excelencia inusuales. Los Preludios Nº 4 y 10 del opus 23 de Rachmaninov tuvieron un sonido suntuoso, de gran amplitud dinámica. Fue magnífico el sforzando de la Danza de la moza donosa y la apabullante catarata de sonido y de ritmos de la Danza del gaucho matrero, ambas de Ginastera. Se movió con comodidad en Bartok, presentó las tres piezas de su coterráneo Kogoj (1895-1986), interesantísimas en su mezcla de agresividad, dolor y misterio, y culminó con un Ravel tumultuoso, claro y contrastado.
Las libertades que Skrt se toma en sus versiones a veces son notorias, en otras oportunidades pasan desapercibidas. Con las excepciones anotadas al principio, en general se amalgaman bien con la obra y forman un todo que se disfruta sobre la marcha, con la sensación de que se está escuchando algo no solo bueno, no solo diferente, sino que además de alguna manera se está cocinando en el momento, en ese momento único e intransferible y que no se volverá a repetir, como ocurre en una buena improvisación jazzística.
Para semejante disfrute hace falta no solo un artista de estas características, sino también una audiencia de mente abierta, con la suficiente flexibilidad para recibir un discurso diferente. Así pareció ser porque la platea lo escuchó como en misa.