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    Un poroto para Stalin

    La II Guerra Mundial fue la continuación natural de la I. En 1919, los aliados se equivocaron y alimentaron el nacimiento del nazismo. En 1945, se volvieron a equivocar, pues en vez de ayudar a construir una sólida república democrática en Alemania la intentaron desnucar. Fracasaron, pues, con el fatídico Tratado de Versalles en 1919 y con las horribles decisiones de 1945.

    Pero el que gana la guerra escribe la historia y se da el lujo de pintarla con los colores preferidos. El paso del tiempo y el conocimiento de las fuentes termina sin embargo por agrietar esa versión distorsionada y saca a la luz elementos menos agradables.

    En Inglaterra se cultivaba la tesis netamente racista de que los alemanes eran un pueblo desde siempre “predeterminado a la brutalidad”. Figura central en esta “tesis nazi” era Robert Vansittart, número dos de la Cancillería británica. En su libro In Black Record: Germans Past and Present, de 1941, Vansittart retrató al nazismo como una manifestación “natural” del pueblo alemán. Es una ilusión, escribió, hacer diferencias entre alemanes católicos o protestantes; o entre alemanes de izquierda, de derecha o de centro; o entre alemanes obreros y capitalistas: todos los alemanes son iguales y es necesario destrozar (crushing) Alemania y durante varias generaciones reeducar a su pueblo bajo el control de la sociedad internacional.

    Entusiasmado por esa teoría, Churchill incrementó “los bombardeos morales” (sic) contra la población civil alemana. Las más de 70 ciudades destruidas y el medio millón de víctimas civiles eran parte del plan del gobierno inglés de “convertir a Alemania en un desierto”.

    En EEUU, la imagen de los alemanes era una copia de la inglesa y la “solución” propuesta para luego de la guerra era la misma. No debe sorprendernos que EEUU no hubiese sido capaz de aprender las lecciones del Tratado de Paz de Versalles: un siglo más tarde ese país sigue repitiendo los mismos errores en todo el mundo.

    Informado por sus contactos en Londres, el jueves 22 de marzo de 1945, Goebbels escribió en su Diario: “Inglaterra y EEUU tienen la intención de sumar un error más a los que cometieron en 1918, 1919 y 1920”.

    La identificación de todo el pueblo alemán con el nazismo, y la definición de los alemanes como una nación enferma de militarismo, llevó a Inglaterra y a EEUU a exigir la capitulación incondicional de todo el país (es decir, no solamente del régimen nazi) en la Conferencia de Casablanca, en enero de 1943.

    A contrapelo de esos países, Moscú adoptó una postura cuerda. Partiendo de la base teórica del marxismo, que dividía a los hombres no en naciones sino en clases sociales, Stalin fue el único aliado en no condenar a todo el pueblo alemán sino en dirigir la crítica al régimen nazi: “Sería ridículo identificar a Hitler y su gente con el pueblo alemán”, dijo en febrero de 1942, y agregó: “Los tipos como Hitler vienen y desaparecen, pero el pueblo y el Estado alemán permanecen”.

    En marzo de 1943, cuando Stalin se asoció a la decisión de Londres y Washington de exigir una capitulación incondicional, dejó en claro que la misma estaba dirigida a las tropas del Reich y no al pueblo alemán, como tercamente seguían insistiendo Churchill y Roosevelt.

    Sin embargo, durante los siguientes encuentros —y fundamentalmente en las Conferencias de Teherán (noviembre de 1943) y de Yalta (febrero de 1945)— los demócratas Churchill y Roosevelt no tuvieron remordimiento alguno cuando le dieron buena parte de Europa a Stalin. Incluidos sus habitantes.

    Como la URSS se negaba a abandonar los territorios polacos anexionados en 1939, los aliados solucionaron el problema sencillamente: corriendo las fronteras hacia el oeste. El norte de Prusia oriental y la región oriental de Polonia quedaron en poder soviético y se compensó a Polonia con territorios alemanes.

    Unos doce (12) millones de personas, sobre todo polacos y alemanes, debieron dejar sus hogares y emigrar. Casi dos millones de civiles murieron como resultado directo e indirecto de esta decisión de Churchill y Roosevelt.

    Roosevelt murió en abril de 1945 y no vio el resultado estrepitosamente malo de su decisión. Churchill sí lo vio, y tuvo muchas oportunidades de lamentarlo en las décadas siguientes. Ya era tarde.

    Es hora, creo y sostengo, de investigar a fondo el triste papel jugado por Inglaterra, EEUU y Francia durante los primeros 50 años del siglo XX.