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    Un problema de liderazgo

    Director Periodístico de Búsqueda

    Nº 2211 - 2 al 8 de Febrero de 2023

    Son tiempos muy difíciles para el Partido Colorado. Después de gobernar al Uruguay por más de un siglo y construir su historia desde la responsabilidad del poder, en las últimas décadas sufrió una especie de terremoto interno que destruyó gran parte de su estructura y lo dejó a la intemperie, con solo recuerdos de su pasado ilustre.

    Fue quizás uno de los cambios políticos más significativos del primer cuarto del siglo XXI, que igual empezó con un gobierno colorado, de la misma forma que había comenzado y terminado el siglo XX. Pero a fines de 2004 la colectividad política fundada por Fructuoso Rivera en 1836 sufrió su peor derrota histórica, obteniendo poco más del 10% del total de votos en las elecciones nacionales. Fue un duro golpe consecuencia principalmente de una profunda crisis económica, cuyo costo político debió pagar el gobierno del momento encabezado por Jorge Batlle, aunque no fue el directo responsable y manejó bastante bien la salida de aquella situación dramática.

    Luego de ese traspié más que importante, se abrió un lógico espacio para el surgimiento de nuevos liderazgos. “Colorados como sangre de toro”, como los define la tradición criolla en contraposición a los “blancos como hueso de bagual”, todavía había, aunque desparramados y sin un rumbo del todo claro como para poder encarar la recuperación. Quedaba poco del histórico Partido Colorado, aquel que desde su himno enfatiza que “victoriosamente va”. El toro estaba herido de gravedad, a punto de desangrarse.

    Entonces fue el turno de Pedro Bordaberry. Luego de una muy buena votación en 2005 en las elecciones municipales de Montevideo, en 2009 fue el candidato presidencial colorado. Logró aumentar la votación, aunque no demasiado y su colectividad siguió tercera. Hubo mucho de ilusión y poco de verdadera repuntada.

    Cinco años después volvió a intentarlo. Luego de dos períodos de administraciones del Frente Amplio parecía un momento propicio para intentar concretar un cambio de signo político en el gobierno y las encuestas mostraban que era posible. Los colorados no lograron salir de su tercer lugar y el candidato en representación de toda la oposición para la segunda vuelta electoral fue Luis Lacalle Pou, que perdió con Tabaré Vázquez. En un momento central de la campaña, Borbaderry acusó a Lacalle Pou de haberlo intentado extorsionar por un problema referido al departamento de Salto, lo que para el actual presidente fue un punto de quiebre y una de las causales de su posterior derrota.

    Con dos fracasos a cuestas, era difícil para Bordaberry poder mantenerse como candidato presidencial por tercera vez. Su liderazgo estaba en cuestión por la falta de resultados. Entonces otros compitieron por ese espacio. El primero, un viejo conocido que retornó con la idea de formar una coalición fuerte para desplazar al Frente Amplio del poder: el expresidente Julio Sanguinetti. El segundo alguien que no había tenido una participación activa en la arena política y que despertó muchas esperanzas: Ernesto Talvi.

    Ganó Talvi y junto con Sanguinetti se propusieron reconstruir al Partido Colorado. Bordaberry quiso volver, pero los dos nuevos líderes se lo impidieron. Les pareció que sería revivir algo que querían dejar atrás y por eso se opusieron a que sacara su propia lista al Senado. Lo querían afuera de la contienda y así ocurrió.

    Muchos colorados estaban esperanzados. Algunos que hacía años habían decidido abandonar la militancia se acercaron y otros dieron su primer paso hacia lo público impulsados por una nueva figura como Talvi, que parecía ser un constructor de un nuevo refugio para los desencantados de la política.

    El problema es que Talvi cometió demasiados errores. Quiso liderar y no pudo o no supo. Primero tuvo un desencuentro importante con Sanguinetti, a quien en principio sentía como un socio. Se sintió desplazado. Evaluó que el expresidente colorado estaba generando una relación paralela con Lacalle Pou, pasándole por arriba a su autoridad. Los dirigentes colorados dicen que todo fue por un óleo que Sanguinetti le mandó de regalo al presidente, pero seguro que hay mucho más que eso.

    Después sus diferencias fueron con el propio Lacalle Pou y con varios jerarcas de la Torre Ejecutiva. Entonces tomó la decisión de renunciar a la Cancillería y también de abandonar la política. Se bajó del escenario que estaba armado para él sin siquiera avisar previamente. Sus miles de seguidores quedaron allí parados mirando la retirada, algunos indignados y otros incrédulos o dolidos. Fue el fin de un liderazgo que ni siquiera se había consolidado del todo.

    Quedó Sanguinetti representando a una parte del partido y otros pretendiendo ser herederos de Talvi, aunque ninguno de ellos con un poder siquiera similar de convocatoria. Lo que supuestamente era un plan que serviría para cerrar las heridas del Partido Colorado las terminó abriendo más todavía. Surgieron las viejas cuentas, las recriminaciones, los enfrentamientos no resueltos y, después de la supuesta primavera, volvió el invierno.

    Los resultados están a la vista. En los tres años que van de gobierno ya renunciaron cuatro ministros colorados y una subsecretaria. La sangría se hace cada vez más intensa y el toro está casi sin fuerzas. Mandan los problemas internos. Al exministro de Turismo Germán Cardoso lo denunció un correligionario, lo que precipitó su caída, el extitular de Ganadería Carlos María Uriarte fue obligado a renunciar por perder su respaldo político tras la ida de Talvi, la ex subsecretaria de Relaciones Exteriores Carolina Ache dimitió después de que sus correligionarios de Ciudadanos le retiraran el apoyo y esta semana quien se fue del gabinete fue el exministro de Ambiente Adrián Peña —enfrentado con Ache y Uriarte— luego de que Búsqueda informara en su última edición que ostentó por años un título universitario que todavía no tenía y que él omitiera información al brindar explicaciones al respecto. Peña era justamente uno de los líderes incipientes, a cargo del grupo Ciudadanos formado por Talvi.

    Algunos dicen que atrás de varios de estos episodios está Bordaberry, que quiere volver a liderar al Partido Colorado. Otros entienden que esa posibilidad no es viable porque son muchos odios los que despierta en la interna partidaria y también en la Torre Ejecutiva, luego de, entre otras cosas, criticar duramente en el diario El País al canciller Francisco Bustillo por el episodio de entrega de un pasaporte al narcotraficante Sebastián Marset, que culminó con la renuncia de Ache.

    Sea como sea, Bordaberry no parece ser el hombre indicado. Algo se rompió entre él y Lacalle Pou y eso es un secreto a voces. Hay un problema de confianza. Lo mismo ocurre con algunos de sus correligionarios. Divide más de lo que une y así es inviable un liderazgo que permita sanar al menos un poco las heridas.

    Hay tiempo para encontrarlo pero no demasiado. Debería surgir en breve alguien para ocupar ese espacio en el que vienen fracasando desde hace años todos los que lo intentaron. Mientras los que están no se terminen de ir del todo y los que lleguen no logren estar a la altura, el riesgo en aumento es que el Partido Colorado termine siendo testimonial y uno de los padres de una eventual derrota del oficialismo en 2024. No está muy lejos.

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