escribe Guillermo Draper
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl puntero izquierdo recibe el pase casi en la línea de fondo, al costado derecho del área. Un amague y luego otro. Su pierna derecha pasa por sobre la pelota sin tocarla y su cuerpo se inclina hacia ese lado como si fuera a cambiar de dirección mientras avanza hacia el arco rival. La mirada de los espectadores se va hacia el lugar a donde supuestamente se va a dirigir el delantero. También los dos defensas que lo esperan. Aprovecha esa milésima de segundo en la que sus rivales quedan desacomodados para acelerar. Ahora es el turno del golero. El ángulo de tiro favorece al arquero pero el atacante tiene que definir; la jugada ha sido demasiado buena como para no ser egoísta.
Por el rabillo del ojo ya ve a su número 9 a la altura del punto penal. Quizás en ese segundo recuerda que cada vez que va a entrenar a Montevideo el 9 lo recibe en su casa y así se hicieron grandes amigos, o simplemente razona que su compañero está en mejor posición para meter el gol. Por lo que sea, el puntero le pasa la pelota a su compañero, que define contra el palo izquierdo del golero. Es el primer gol del equipo desde que empezó la preparación.
En el fútbol se dice que un buen equipo se arma “de atrás para adelante”, con una fuerte defensa y un buen arquero; otros afirman que lo primordial es tener una “columna vertebral” sólida, es decir un buen golero, un buen defensa, un número 5 con marca y un goleador. La fortaleza del equipo en el que juega Agustín Robinson, el habilidoso puntero, y Gonzalo Vitale, el goleador, no responde a ninguna máxima del fútbol: el plantel está integrado por adolescentes que provienen de liceos públicos de Montevideo y el Interior y de colegios privados de la capital y por jóvenes que viven en hogares de acogida del Instituto del Niño y el Adolescente (INAU).
La preselección de liceales es parte del programa Pelota al Medio a la Esperanza, impulsado por el Ministerio del Interior con el respaldo de otros organismos públicos para fomentar la convivencia y combatir la violencia en la educación. A partir de este año el proyecto será obligatorio en todos los centros de Secundaria y UTU luego de un acuerdo entre la Secretaría de Estado y las autoridades de la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP).
Temprano en la mañana del 21 de enero un ómnibus de la Policía espera estacionado frente a la tribuna Olímpica del Estadio Centenario. Es el segundo día de la pretemporada y la puerta del Museo del Fútbol es el punto de encuentro designado por los responsables del programa para que se junten los jugadores. Para llegar en hora, Nicolás Díaz, uno de los cuatro goleros del plantel, tuvo que levantarse a las 5.30 de la mañana y tomar dos ómnibus desde Paso de la Arena.
Algunos viven más cerca y no madrugan tanto, otros tienen la suerte de que sus padres los llevan hasta el lugar. Lo que es claro, según cuentan los adultos, es que para ninguno de los adolescentes es un esfuerzo levantarse muy temprano si es para jugar al fútbol. Más aún cuando el proceso de preselección tiene como recompensa integrar el equipo que disputará la primera Copa Libertadores de Programas Sociales, en la que participarán representantes de Chile, Brasil y Colombia.
Con parte del plantel en su interior, el ómnibus de la Policía partió rumbo al complejo deportivo del Liceo Francés, cedido a Pelota al Medio para entrenar pese a que esa institución no tiene ningún jugador en el equipo. La preselección está integrada por adolescentes de algunos liceos públicos que participaron en el campeonato nacional que organizó el programa durante el 2012 y algunos estudiantes de colegios privados a los que se les pidió que enviaran candidatos con buen rendimiento académico y buena conducta.
Cuando el ómnibus pasaba por Avenida Italia —el complejo del Liceo Francés queda sobre la Ruta Interbalnearia— se detuvo a la altura de avenida Bolivia para que se subieran más jugadores a los que les quedaba mejor ir hasta ahí que al Centenario. Entre ellos subieron Fernando Rodríguez y Gonzalo García. El primero vive en el hogar “Abriendo Camino” del INAU y su familia es del barrio Marconi, mientras que el segundo asiste al colegio Kennedy y además de jugar al fútbol es pilar en las inferiores del club Carrasco Polo. Más adelante en el camino, en el semáforo de Cooper, se sumaron los adolescentes que van al Stella Maris, uno de los colegios privados más caros de Montevideo, ubicado en Carrasco. Bautista Mascia, rubio y de ojos claros, es el más extravertido de ese grupo; ni bien sube pasa hasta el fondo del ómnibus haciendo bromas con casi todos los que están en la parte delantera.
El plantel está integrado por estudiantes del Instituto Alfredo Vázquez Acevedo, el Liceo Nº 43 (Paso de la Arena), INAU, Kennedy, Gabriela Mistral, Maturana, Seminario, Stella Maris, Liceo Nº 2 de Young y el liceo Nº 1 de Salto. En el caso de los adolescentes del interior, su participación se debe a que los liceos de Young y Salto fueron los finalistas del campeonato nacional de Pelota al Medio 2012.
El director técnico del Milan de Italia en la década de 1990, Arrigo Sacchi, dijo una vez que “el fútbol es la cosa más importante de las cosas menos importantes”. Agustín Iparraguirre sabe que esa afirmación no es del todo cierta cuando se trata de adolescentes; para la mayoría el fútbol es la cosa más importante y punto. Por eso decidió recurrir a ese deporte para impulsar un programa social dentro del Ministerio del Interior, una Secretaría de Estado cuya prioridad es la prevención y represión del delito.
El programa comenzó en 2010 con una fisonomía muy distinta. El ministerio aprovechó la participación de la selección uruguaya en el Mundial de fútbol en Sudáfrica para fomentar actividades contra la violencia en el deporte. El ministro Eduardo Bonomi asistió al Liceo Francés para ver el partido Uruguay-Francia acompañado de alumnos de esa institución. Luego hubo instancias similares en el Sodre, la cooperativa Envidrio, la Escuela Nacional de Policía, el Liceo Miranda, el Liceo Nº 61 y el club de baby fútbol City Park.
Terminado el Mundial, el programa armó reuniones en liceos y centros de UTU en las que futbolistas y técnicos de los planteles de fútbol uruguayo dieron charlas, algunas bastante tediosas, a los estudiantes “con el objetivo de fomentar valores como la sana competencia y la amistad por encima de rivalidades o fanatismos”, según un documento del ministerio.
A medida que Pelota al Medio se fue consolidando, sus metas fueron modificadas y también sus métodos. En 2011 se organizaron partidos entre liceales como preliminar de los encuentros de primera división de la Asociación Uruguaya de Fútbol. También se llevó a cabo un campeonato entre liceos y centros UTU del área metropolitana y un plan piloto de integración entre liceos públicos y privados en el que jugaron los liceos 43, 49 y 50, el Stella Maris, el Maturana y el Seminario.
Ahora, uno de sus principales objetivos es “generar espacios de reflexión con los estudiantes para que vuelquen a través de ‘propuestas de convivencia’ sus sugerencias y recomendaciones para reducir y mitigar los efectos perniciosos que a su juicio favorecen y desencadenan las reacciones de violencia en los espacios públicos en general y en los escenarios deportivos en particular”.
Si bien sigue brindando charlas, el programa se centra cada vez más en organizar actividades deportivas para estudiantes, lo que no implica dejar de lado el tema de la convivencia. “Cada liceo que quiere participar en el campeonato que organizamos debe presentar un ‘proyecto de convivencia’ para mejorar la situación en su centro”, explicó Iparraguirre a Búsqueda. Además, quienes jueguen en el equipo y, eventualmente, en la selección del programa deben concurrir a clases con asiduidad y tratar de mantener un buen nivel académico.
Una de las cucardas que tiene Iparraguirre en su despacho, un pequeño cubículo ubicado a metros del escritorio del director general de Secretaría del ministerio, es una carta que le envió el equipo de dirección del Liceo Nº 49 de Punta Rieles. “Desde la óptica institucional, el programa sigue constituyendo una excelente herramienta para contribuir a bajar los índices de deserción, subir la promoción y generar un ambiente propicio para la convivencia en el centro”, afirma la carta.
Es que en momentos en que los índices de repetición de Secundaria son un problema para la institución, los 17 participantes del programa en ese liceo —todas mujeres— promovieron el año, 14 sin ninguna asignatura previa. Las adolescentes, explica Iparraguirre, son tanto o más insistentes que sus compañeros a la hora de reclamar que se organice fútbol en el liceo.
“De las formas de participación deportivas liceales de la actualidad —continúa la carta—, la que su ministerio patrocina es la que más nos motiva como institución y profesionalmente (por los contenidos y filosofía) a seguir participando. Sabemos que la masificación del programa puede traer consigo algunas desvirtuaciones, en nuestra institución seguiremos en la línea trazada inicialmente porque hemos constatado que realmente contribuye a mejorar la formación de los futuros ciudadanos”.
“No sabés las cosas que nos cuentan los muchachos sobre lo que pasa en sus liceos. Se agarran a las piñas en la mitad de los pasillos, el resto hace una ronda y aplaude. Es terrible”, cuenta Iparraguirre. La masificación a la que se refiere el equipo de dirección de ese liceo es al hecho de que el programa se aplicará en todos los centros educativos del sector público. En enero Iparraguirre se reunió en varias oportunidades con el presidente del Consejo Directivo Central (Codicen) de la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP), Wilson Netto, para coordinar la ampliación de la propuesta.
Netto se comprometió a apoyar el programa y le pidió a Iparraguirre que le avise cuando tenga algún problema con inspectores o directores de liceos. El acuerdo implica que todos los liceos y centros de UTU deban incluir a Pelota al Medio entre sus propuestas de deportes. Así, el programa pasará de atender a 10.000 estudiantes en 2012 a una población potencial de 331.000.
Iparraguirre afirma que Pelota al Medio no es la solución a la violencia en los centros educativos, y mucho menos en el fútbol. Incluso, considera que debe dejar de hablarse del programa como una apuesta a combatir la violencia en el deporte. “Esto capaz que es un granito de arena nada más, pero el cambio tiene que venir desde abajo y a eso apuntamos”, sostiene.
Al encargado del programa, en el que también trabajan los directores técnicos de la selección nacional sub 17, Fabián Coito, y de la sub 15, Alejandro Garay, le genera ilusión el trabajo que está haciendo el plantel de cara al torneo sudamericano. No porque crea que vayan a ganar sino por lo que ese equipo simboliza. “Adolescentes que viven sin problemas, con familias que los contienen, entrenan hombro con hombro y comparten con otros que enfrentan una realidad mucho más complicada; y eso no tiene precio”, explica.
Esa mezcla puede no ser sencilla. El segundo día de práctica Iparraguirre enfrentó uno de sus peores temores. Uno de los alumnos de un colegio privado salió de la ducha del vestuario y dijo que no encontraba los auriculares y que estaba seguro de haberlos dejado junto a su ropa antes de ir a bañarse.
Fernando Rodríguez, de estatura pequeña, tez morena y la mirada de alguien que vivió cosas que le hacen desconfiar de las personas, se la vio venir. “Yo no fui”, se adelantó a decir el joven, imaginando que ser del INAU y que su familia viva en el Marconi lo volvía el principal sospechoso.
El técnico hizo que todos se bajaran del ómnibus y vaciaran sus mochilas. En esos minutos, Iparraguirre temió que la propuesta se desbarrancara. ¿Qué padre iba a dejar que su hijo volviera a practicar si alguien robaba a sus compañeros? Al final, el dueño de los auriculares los encontró dentro de su mochila; se había olvidado de que los guardó antes de entrar a las duchas.
Otra vez el ómnibus con la palabra “Policía” pintada al frente y a los costados espera a que se suban los jugadores. En esta ocasión el destino es Salto, donde se jugarán los dos primeros partidos amistosos de la preselección. Garay, el técnico del equipo, utilizará estos encuentros para terminar de definir la lista definitiva de jugadores. “En realidad, con los años de experiencia uno más o menos sabe quiénes están para jugar y quiénes no”, aclara.
El ómnibus parte con el equipo casi completo; resta levantar a quienes viven en los accesos a Montevideo y a los jugadores de Young. Los estudiantes del Stella Maris no pueden ir porque están en Irlanda, en un viaje de su colegio. “¡Irlanda!”, exclama Fernando cuando escucha el motivo de que sus compañeros no estén. Y agrega: “Yo una vez crucé el puente a Argentina pero ni me bajé del ómnibus”.
Pese a que el transporte no tiene calefacción ni baño, los jugadores disfrutan el viaje como si fuese el paseo de fin de curso. Porque si hay algo además del fútbol que une a los adolescentes, no importa su clase social, eso es la cumbia, que suena a todo volumen ante la resignación del cuerpo técnico.
Luego de acomodar las cosas en los apartamentos que prestó la Policía de Salto, y que están dentro del edificio de la propia Jefatura, el plantel está pronto para ir a jugar su primer partido. Sentados en un descanso de la escalera, los jugadores escuchan la charla técnica. “Muchachos, no recorrimos 600 kilómetros para pegarle de punta; tenemos que tocar la pelota”, afirma Garay.
Los nervios del debut y un rival, el club Ceibal, que hace más tiempo que juega con el mismo plantel, son algunos de los argumentos que usan los jóvenes liceales para justificar la derrota por 4 a 0.
Los padres de Nicolás Martínez están desconsolados. Acaban de llegar a Salto el sábado al mediodía para ver jugar a su hijo, pero el segundo partido amistoso, contra el campeón del departamento, no se puede jugar debido a la fuerte tormenta que se desató el viernes por la noche.
Nicolás estudia en el Kennedy y es el capitán del equipo. Alto, con el pelo rapado a cero, es el típico volante central del fútbol uruguayo: un tractor que corre y raspa a sus rivales por toda la mitad de la cancha, pero con algunos problemas a la hora de pasar la pelota.
El entusiasmo que muestra el capitán es casi igualado por el de su familia. Los padres de Nicolás, que viven en una casa con un tablero de basquetbol y piscina en el jardín del fondo, pasaron a buscar a Fernando por el hogar del INAU ubicado en Paso Carrasco para llevarlo al estadio el día que salía el ómnibus para Salto. “Esto es espectacular. Los chicos están conociendo gente que vive en otras realidades y eso les abre mucho la cabeza”, explica el padre.
La lluvia no solo impide que se juegue el segundo partido amistoso, sino que hace suspender el asado que iba a comer el plantel en el predio de las termas. Iparraguirre había resuelto regalar la carne del asado —que había sido donada por un frigorífico— a la Jefatura de Salto. Sin embargo, el padre de uno de los jugadores de Salto se ofrece para hacer el asado en su casa, cierra el taller mecánico por el resto del día y se dedica a preparar varios kilos de asado y chorizo.
Después de comer y pasear por las termas, el equipo inicia el regreso a Montevideo. En un momento en el que la cumbia lo permite, varios se acercan a la zona donde estaba el técnico para charlar. Algunos dicen que quieren ser profesores de educación física y otros recuerdan sus andanzas en el viaje de fin de curso a Bariloche. Uno de los adolescentes de un liceo público dice que le parece una locura que los padres de uno del equipo paguen $11.000 por mes para que vaya a un colegio privado. “Mi madre junta esa plata en dos meses de trabajo”, acota desde el fondo Nicolás Díaz, que vive en Paso de la Arena y, según sus profesores, es un excelente alumno.
La paz en el ómnibus dura poco y la cumbia vuelve a escucharse por los parlantes. En Young se bajan los liceales de esa ciudad, entre ellos Esteban Rodríguez, quien hasta hace poco dividía su tiempo entre el estudio y el trabajo en un haras de caballos de polo.
Al principio los padres de algunos jóvenes del interior no querían que sus hijos viajaran a la capital para jugar en la preselección por temor a que luego quisieran ir a vivir ahí. A otros simplemente les preocupaba mandar a sus hijos con desconocidos. Los temores se disiparon pronto y algunos, como Gonzalo y Agustín, se hicieron buenos amigos.
El siguiente amistoso se juega en Montevideo contra un equipo sub 17 de la Liga Universitaria. Para ese partido Garay prevé armar un equipo titular teniendo en cuenta que todavía no volvieron los estudiantes del Stella Maris. Sin embargo, para el primer tiempo tiene que prescindir de Fernando, el número 10 del equipo. Es que el chico que vive en el INAU faltó sin justificación a tres clases que le brindan en el hogar y el técnico resolvió castigarlo.
Fernando tiene 17 años y el año entrante debe abandonar el hogar del INAU, lo que preocupa a los responsables del equipo. “Ojalá que conocer a la gente que está conociendo en esta preselección le abra alguna puerta y le dé una oportunidad laboral”, le comentó Iparraguirre a uno de los preparadores físicos del plantel, Mauro Sorrentino.
El técnico había decidido que Fernando no jugara ni un minuto del partido amistoso contra el equipo de la Liga. Sin embargo, da marcha atrás en su decisión y lo incluye en la oncena que disputa el segundo tiempo. Garay justifica su cambio de idea: “La vida lo castiga suficiente como para que nosotros hagamos lo mismo”.