Tres cuartas partes de quienes ejercen la docencia en Uruguay son mujeres: 90% en educación inicial y Primaria, 70% en Secundaria y 58% en educación técnica. Entretanto, dos de cada 10 profesores trabajan en tres o más liceos, y existe un elevado porcentaje de puestos vacantes o cubiertos por funcionarios sin formación específica o con preparación inicial incompleta. Además, en la última década se observa entre los docentes públicos un leve envejecimiento.
Los datos surgen del último informe del Instituto Nacional de Evaluación Educativa (Ineed) presentado semanas atrás en el Parlamento. En su capítulo tres, titulado Formación, trabajo y desarrollo profesional docente, los autores buscan responder si el sistema educativo uruguayo cuenta con buenos formadores, en cantidad suficiente, si trabajan en condiciones, motivados, acompañados y reconocidos profesionalmente.
Consultada al respecto por Búsqueda, la presidenta del Ineed, Alex Mazzei, dijo que “hay una descalificación, una falta de confianza y de respeto profesional por parte de la sociedad en los docentes”.
“Existe toda una lógica social que tiende a descalificar la profesión docente. El salario es una manera de descalificarla. Otra es la falta de reconocimiento social, que genera malestar y baja autoestima”, afirmó.
Según el informe, el salario es la primera dimensión que los docentes asocian con la falta de prestigio de su profesión. Esta percepción se mantiene pese a que entre 2005 y 2016 el salario de los docentes del sector público aumentó en promedio 65% en términos reales, lo que equivale a un 4,6% de incremento acumulativo anual en el poder de compra.
No obstante, existe un “sentimiento bastante generalizado” entre los docentes sobre la falta de confianza y de reconocimiento social de su tarea profesional.
Mazzei sostuvo que “la clave pasa por el empoderamiento del profesional docente, por el entusiasmo que pueda sentir al saber que lo que hace para la sociedad vale la pena”.
La encuesta de opinión pública realizada por el Ineed en 2015 revela que un 66% de la población uruguaya mayor de 18 años confía en la tarea de los maestros de educación inicial y Primaria, mientras que el valor desciende a 47% en el caso de la educación media.
Desfase.
La falta de docentes formados y titulados constituye otro motivo de preocupación constante en la política educativa uruguaya. Cada año, un porcentaje significativo de los puestos docentes en secundaria pública permanece vacante o es cubierto por funcionarios con escasa formación.
La situación más preocupante se da en educación media. Según la Encuesta Nacional Docente (2015) solo 67% de los profesores de secundaria pública tiene título. Además, en algunas materias, como Inglés, Matemática y Física, este porcentaje es bastante más bajo.
Por otra parte, los aprendizajes que los docentes dicen haber recibido con mayor atención en su preparación profesional refieren al dominio de los contenidos clásicos del programa y destacan una fuerte orientación “asignaturista” de la carrera.
“Hay terrenos en los que los docentes sienten que hay desafíos nuevos para los que su formación no los ha preparado”, indicó a Búsqueda el director ejecutivo del Ineed, Mariano Palamidessi.
“La incorporación de las tecnologías, la diversidad de intereses de los estudiantes, y también de las formas y de los estilos de aprendizaje, los procesos de integración de jóvenes con necesidades especiales… Todo eso hace que la gestión del aula sea más compleja, por lo que hay cierto desfasaje entre estos desafíos y lo que los docentes reciben en su formación inicial”, dijo. Para el experto argentino, eso refleja la inercia de la tradición “asignaturista”.
De hecho, muchos docentes señalan no haber recibido enfoques o metodologías adaptados a los nuevos desafíos que demanda su tarea. Destacan, por ejemplo, la escasa formación en competencias para el uso de tecnologías de la información y la comunicación (TIC) como herramientas para estimular el aprendizaje de los estudiantes.
Estos reclamos evidencian “tensiones” entre la formación docente y una serie de cambios impulsados por las políticas públicas, como la creciente presencia de computadoras en las aulas y la inclusión de estudiantes con necesidades educativas especiales.
Todas estas competencias y “saberes del oficio” son aprendidos, sin mucha reflexión o fundamento, “sobre la marcha” —y muy frecuentemente en soledad— durante los primeros años del ejercicio profesional, dice el informe.
En cuanto a las edades de los docentes, el Ineed detectó en la última década “un leve envejecimiento” de los educadores públicos: en el caso de educación inicial y primaria más de la mitad de los docentes (54,8%) tenían en 2015 más de 40 años, mientras que en 2007 ese tramo de edad representaba al 49,7%. En secundaria, en igual período, aumentó un punto (de 48,9% a 49,9%). Y en educación técnica, la distribución por tramos de edad es más uniforme.
Desgaste.
El Ineed señala además que Uruguay no ha emprendido reformas de las carreras docentes en las últimas décadas. La estructura de cargos es jerárquica, ordenada por escalafones, los salarios están asociados a la antigüedad —el principal mecanismo de ascenso sigue siendo el cambio de grado cada cuatro años—, y los incrementos más significativos se producen tras 20 años de carrera.
La encuesta a los docentes también mostró que poco más de la mitad de los profesores que imparten educación obligatoria lo hacen en un único centro educativo.
Según la lógica de contratación y elección de horas, la educación media presenta una mayor dispersión en la cantidad de centros en los que trabajan sus docentes.
El informe destaca que casi 60% de los profesores trabaja en dos o más liceos: 42% lo hace en uno, 40% en dos y 18% en tres o más. A su vez, muchos docentes trabajan fuera de la educación obligatoria o en actividades no vinculadas con la enseñanza.
Aparte, los profesores deben lidiar con una contratación por horas, un número importante de grupos a cargo, poco tiempo para la planificación de tareas de clase y de corrección de trabajos, y escasa chance de trabajar en equipos.
El informe da cuenta de que la forma en que se estructura la carrera, las condiciones de trabajo y los salarios tienden a operar —en muchos casos— como “estímulos sistémicos negativos”, que generan “desgaste” o “erosión” del compromiso y de las competencias profesionales.
Añade que la dispersión de horas, el cargo a tiempo parcial y la falta de remuneración del tiempo que debería dedicarse en el centro para atender otras tareas limitan el desarrollo de la profesionalidad del rol docente.
Y concluye: “La centralidad de los educadores en cualquier propuesta de mejora de las enseñanzas está quizás exigiendo una estrategia país, que ordene prioridades, genere regulaciones y asigne recursos hacia diferentes actores —públicos y privados— implicados en esta compleja tarea”.