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Vive en un apartamento céntrico, amplio y cálido. De las paredes cuelgan acuarelas suyas, cuadros y fotos de Marosa y la familia. La acompaña su única hija, que lleva el nombre de una flor —no podía ser de otra manera tratándose de di Giorgio—: Jazmín. Nidia di Giorgio es tranquila y fresca al hablar y salpica lo que dice con algún toque de humor repentino.
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Le tocó en suerte ser hermana de la singular escritora conocida como Marosa, que en realidad se llamaba María Rosa, autora de páginas intensas y originales fallecida el 17 de agosto de 2004. A diez años de su desaparición, Nidia la recuerda con cariño y dice que está preparando dos ediciones con material inédito de esta salteña que caminaba las calles del Centro de Montevideo con el pelo rojo, lentes gatunos y una presencia inquietante.
La Academia Nacional de Letras propuso que el nombre de la autora de “Los papeles salvajes” y “La flor de lis” se incluya en el nomenclátor de la ciudad, pero el lugar está a estudio de la Comisión de Nomenclatura de la Intendencia. En Salto, la Asociación Marosa di Giorgio y la Intendencia están organizando mesas redondas sobre su legado literario.
Su obra tuvo una calurosa acogida en Argentina, donde sus libros se reeditaron repetidas veces, y con los años sus escritos se traducen cada vez más al inglés. “Marosa está con nosotros, aún. No nos acostumbramos a su ausencia pero la vivimos con más calma”, comenta su hermana.
Marosa era sobresaliente en los estudios y como solían estar enfermas, su madre y su tía las educaban en casa, recuerda su hermana, y también que su abuela hacía unas tortas fabulosas pero que ellas no perdían la línea porque pasaban trepándose a los árboles.
Nidia ha publicado dos libros: “Los últimos geranios” y “Josephine la nuit”, y fue esposa del libretista de teatro y televisión Ramiro Lacoste.
—El archivo de su hermana quedó en su poder, ¿cómo está trabajando para promover la obra de Marosa?
—Encontré que Marosa hizo una serie de monografías de distintos escritores uruguayos y me gustaría publicarlas, porque son muy poéticas. Escribió sobre Amanda Berenguer, Acevedo Díaz, Felisberto Hernández, María de Montserrat y Paulina Medeiros. Quizás se edite en Buenos Aires, aunque acá hay buenas editoriales. También tengo muchas notas y juicios suyos que quiero incluir en un libro de testimonios que será caro porque va a llevar muchas fotografías.
—¿Cómo era eso de que en el hogar paterno ustedes usaban apodos de animales?
—A Marosa le decíamos “búho”, por su inteligencia. Ella era un poco como un diccionario para nosotros: cualquier cosa que no sabíamos se lo preguntábamos a ella. Con mi prima Poupée decíamos “Vamos al Pequeño Larousse Ilustrado”. A mí me pusieron irará, que es un animal como una liebre, pero carnívoro. Su característica es que cuando fija un animalito para comer, lo persigue y este termina entregándose al final porque sabe que el irará lo va a atrapar. Tiene que ver con que yo soy muy constante: siempre perseguí las cosas y me dio mucho trabajo conseguirlas, menos a mi marido: él me persiguió a mí (risas). Habíamos leído en el libro “Marta y Jorge” de (Constancio C.) Vigil que existía ese animalito argentino. A mi prima Poupée le pusimos chajá, porque siempre estaba alerta y daba el aviso. Era tremendamente traviesa, tanto que la madre optó por ponerla pupila en un colegio de monjas.
—Usted afirma que aún hoy tiene muy presente a Marosa. ¿Cómo fue la relación entre ustedes?
—Éramos las únicas dos hermanas y vivimos muchos años en la quinta (de Salto), entonces era prácticamente la única amiga que yo tenía, porque las chicas del colegio vivían en su quinta, a distancia y no nos visitábamos entre las familias. Jugábamos, sí, pero Marosa se dedicaba más a la lectura porque mi abuelo tenía una biblioteca enorme y ella siempre estaba ahí. Mi prima y yo jugábamos más. A veces nos daba un poco de fastidio porque Marosa estaba jugando con nosotras con todos los muñecos y de golpe veíamos que había abandonado todo. La íbamos a buscar y estaba colgada de una hamaca en un ceibo precioso. Se hamacaba suavemente y musitaba algo... Mirábamos eso y nos enojábamos bastante: otra vez se fue, decíamos. Ya nació así: distinta. Tuvimos una amistad muy grande: cada una de nosotras no hacía nada sin la opinión de la otra, y los enojos duraban poco.
—Su hermana elaboró su poesía con potentes imágenes alucinadas de esa quinta que menciona. ¿Cómo vivía usted ese entorno?
—La verdad es que no me gustaba vivir en la quinta. Estábamos a diez minutos del Centro, había un jacarandá inmenso a la entrada y yo me trepaba a la última ramita que se podía para ver desde ahí el obelisco de la ciudad y el tránsito. Pero sí, era preciosa la quinta porque tenía tajamares, lagunas, había todo un bosque de aromas inmenso. En el fondo tenía un cementerio, ombúes alrededor del tajamar y garzas rosadas. Había bodegas porque mi abuelo hacía vino, y unos olivares inmensos, estaba todo bordeado de casuarinas enormes que parecían sequoias y plantas de caquis, manzanos, chirimoyas, vides de uva blanca, moscatel, de todo tipo. Era una maravilla.
—Muchas veces Marosa escribe sobre personajes de su familia. ¿Cuáles recuerda más?
—Mis abuelos, mi abuela, a quien Marosa quería mucho porque además era la madrina. Mi abuelo Eugenio, que había viajado mucho, vino de Italia y acá pudo hacer una fortuna. Era muy emprendedor y con otro señor fueron los primeros en hacer aceite de oliva, cultivó hongos, mandó a buscar las esporas de Europa, tenía de todos colores y todos los años renacían; también de espárragos y alcauciles. Tenía gusanos de seda y unas moreras inmensas. Era todo muy lindo, muy especial. Pero a mí me gustaba el Centro.
—En algunas de sus obras, Marosa se refiere a personajes masculinos fuertes, como en “La falena” ¿Usted los reconoce?
—Todo lo que escribe Marosa es fantasía, no hay que tomar nada como verdadero. Me acuerdo que una amiga hizo un trabajo sobre ella y me dijo: “Si hasta del peón Fulano de Tal se acordó” y yo le dije: pero si no existía ese peón. Todo lo que escribe Marosa es irreal.