Sr. Director:
Sr. Director:
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa política –en su sentido originario– es el tratamiento de los asuntos de la polis, por tanto, en la tradición griega se denominaba idiota cuando alguien no le interesaba los aspectos concernientes a la comunidad. En este sentido, tener un “cargo” supone una responsabilidad, un peso, que es servir a la polis y sus habitantes, siendo la ética (en un sentido general) la principal obligación del ciudadano que tiene al ejercer la conducción política. En términos prácticos, el principio general que debe regir el accionar es la búsqueda del bien individual, que –en sumatoria– deviene en un bien colectivo. Frente a esto, la defensa de los humildes (quienes no tienen acceso a la vivienda, salud, educación, oportunidades) se transforma en un imperativo ético. Como sociedad, debemos pensar en el bienestar de todos nuestros compatriotas y buscar articular las políticas necesarias para que todos los habitantes puedan tener una vida digna y decorosa (sobre todo nuestra sociedad, que tiene bases occidentales y cristianas).
La discusión está dada por los caminos a seguir, esto es, las políticas públicas direccionadas a solucionar los problemas sociales y generar las condiciones para el desarrollo nacional. Sobre esto se han erigido dos grandes carreteras o paradigmas, como ser el liberalismo y las vías socialistas. Estas últimas plantean que solo una superentidad que monopolice los medios de producción, las decisiones económicas, comerciales y, en definitiva, la vida del individuo puede lograr este objetivo. O sea, bajo esta cosmovisión, el Estado debe dirigir nuestros destinos y conducirnos hacia “el bien común” o “el buen vivir”. Solo pide que sacrifiquemos nuestra libertad de elección. Al evaluar las experiencias políticas en torno a esta bandera (en su faz ortodoxa), vienen a nuestra memoria categorías como el terror, desigualdad, hambre, corrupción y demás crímenes atroces. Claramente podrán decirme que después del 89 solo existen un puñado de experiencias “ortodoxas” en torno a la construcción del socialismo, y lo es, pero todavía hay partidos políticos que ponen en sus locales banderas de la URSS, fotos del Che o Fidel, lo cual nos da motivos para pensar.
Por otro lado, están las banderas de la libertad, que, siguiendo la idea de Arturo Benegas Lynch hijo, puede ser definida como “el respeto irrestricto al proyecto de vida del prójimo, a partir de los principios de libertad y no agresión”. Los defensores “puros” de esta concepción utilizan la bandera con la serpiente y el eslogan “Don’t tread on me”, es decir, “no me pises”, que fue utilizada durante la rebelión de las 13 colonias inglesas. Sin perjuicio de que entendemos que una aplicación ortodoxa del liberalismo –a corto plazo– no respondería a los principios históricos, políticos y culturales de nuestro país, es posible realizar alguna reflexión. Bajo esta premisa el individuo asume el rol y protagonismo en su vida, es libre de poder decidir qué bienes y servicios adquirir, con quién trabajar, entre muchos otros. Ahora bien, quizás el argumento capital radica en el siguiente punto: es libre de disponer de sus ingresos (porque el dinero se obtiene con tiempo de vida, y por tanto, un impuesto supone una “expropiación de tiempo de vida”), sin la presión fiscal del Estado. Actualmente, el grueso del salario (ya sea por los aportes obligatorios al Banco de Previsión Social o por impuestos directos sobre el consumo, como el IVA, y los indirectos, como los aranceles) está destinado a engrosar las arcas del Estado. Cuestión que no está sujeta a disquisiciones, es un dato fáctico. Se argumenta que estos permiten mantener las estructuras del sistema democrático y mejorar la vida de todos, pero los hechos nos muestran lo contrario, al uruguayo promedio le cuesta –cada día más– llegar a fin de mes. Y no es –como dijera un nefasto político– porque seamos “atorrantes”, la cuestión central es la gigantesca presión fiscal sobre los genuinos ingresos de los ciudadanos, sumado a que nuestro país ha asumido funciones que no le corresponden al Estado, que –por lógica– son ejercidas en forma ineficiente y con un costo superior.
Reflexionar sobre estos temas es importante, dado que el año que viene todos los uruguayos deberemos volver a elegir entre dos modelos políticos, bien diferenciados, que no son indiferentes, pues hay muchas cosas en juego. Con toda convicción creemos que, por los humildes, por aquellos que no tienen voz, que han sido marginados y olvidados, la única elección posible es aquella que les devuelva su dignidad, que cree las condiciones necesarias para que sus ingresos les permitan tener una vida digna, y que puedan proyectarse a futuro, con libertad. Ante esto, un solo camino es posible, una sola alternativa representa una aproximación a los principios y valores del liberalismo, la coalición multicolor (la cual también deberá “sentarse a pensar” sobre estos temas). Porque ha sido el único gobierno –en los últimos 15 años– que ha procurado no subir la carga impositiva ni crear más impuestos, contra viento y marea. Y aun así responder a las necesidades de los uruguayos con menores niveles de acceso, garantizando su acceso a la educación, salud y vivienda, aun bajo los embates de una pandemia, la guerra de Ucrania, la sequía, entre otras calamidades. En síntesis, en las siguientes elecciones nuestro voto no dará lo mismo, puesto que tendremos que elegir entre tener “más o menos libertad”.
Alejandro Ferreira