N° 1741 - 28 de Noviembre al 04 de Diciembre de 2013
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl estreno de una discreta película sobre las circunstancias en la que Hannah Arendt escribió su libro Eichmann en Jerusalén, un estudio sobre la banalidad del mal (Lumen) remozó la polémica acerca de la perspectiva que esta notable pensadora ofreció en relación al juicio al que fuera sometido el criminal nazi. La tesis de Arendt, consistente en afirmar que la índole fascinerosa del oficial de las SS no reside en una elección por el mal sino en el algo más terrible y sobre lo que en rigor estamos muy indefensos, fue violentamente cuestionada.
Mucha gente no aceptó que la causa del mal puede ser la mera indolencia, la imperturbable ausencia de pensamiento y de sentimientos, la pura inercia burocrática, la crasa indiferencia del funcionario ante el resultado final o el propósito del funcionamiento de la máquina que hace funcionar. Esto es lo que llama banalidad, es decir, insignificancia: millones de seres humanos marcharon a la muerte en virtud del eficaz servicio que cumplieron insípidos oficinistas encuadrados en una administración donde lo único que parecía importar era el lugar que se ocupaba en el organigrama de los despachos y, claro está, el nivel de obediencia que se prestaba a las órdenes y a los superiores. Dijo Arendt que los jueces de Jerusalén no supieron ver, no entendieron que no estaban ante un cruento asesino, sino ante algo mucho peor, más peligroso y menos estridente: estaban ante un idiota moral, ante un individuo que carecía de reflejos morales; una nueva especie de mal mil veces más grave que el mal que se origina en la loca o consciente violación de las leyes o de las costumbres.
Debido a ello, y debido también a señalar que algunas de las víctimas de los campos de exterminio habían colaborado con sus verdugos, arrojaron sobre Hannah Arendt fulminantes anatemas que pretendieron oscurecer la claridad de sus pensamientos. Algunos de sus libros ( “Los orígenes del totalitarismo”, “La vida del espíritu”) no han sido superados como fuente directa para entender en qué consiste el totalitarismo, cómo trabaja para envilecer la lógica, socavar la producción del pensamiento, enajenar y aislar al individuo y su natural sentido de la rebelión. El totalitarismo, dice Arendt, crea efectivamente un hombre nuevo, un ente que no es otra cosa que la sombra de un hombre, apenas su silueta que se diluye en el geométrico estanco de la masa ruda y ciega. Aun así se creyó o se quiso ver en ella una suerte de traidora a la causa de la libertad, de la justicia, del sufrimiento del pueblo judío. Para reforzar esta voluntad se invocó el romance que en sus épocas de estudiante mantuvo con Martin Heidegger, su profesor.
“La amante del nazi” se ha dicho para acallar cualquier consideración de sus tesis. Es una media verdad; es cierto que tuvo una relación con el filósofo, pero no es cierto que Heidegger fuera nacionalsocialista. Es verdad que fue un nacionalista, de perspectiva más bien rural o provincial, alguien orgulloso de la tradición alemana, como mucho francés orgulloso de la tradición francesa, como la casi totalidad de los ingleses, y aun de los rusos o de los uruguayos respecto de sus identidades; pero no era antisemita, condición indispensable para ser nazi. Y tampoco totalitario. Cuando Hitler llega al poder asume el rectorado en la Universidad de Friburg, donde brillaba como eminente catedrático. Pero antes de cumplir un año de ejercicio en el cargo renunció y se dedicó a resistir desde el campo del pensamiento. En sus clases de entonces explicó, mientras su país se hundía sin remedio en el totalitarismo, que la función del hombre es pensar y que pensar es cuestionar, no aceptar nada a priori ni aceptar más autoridad que el mandato de buscar incesantemente la verdad. Hannah Arendt se fue de Alemania en 1933 y al término de la guerra, junto con su primer esposo —judío como ella y como ella también antiguo alumno de Heidegger— emprendieron la tarea, con la asistencia del Dr. Karl Jaspers, de luchar para que se le quitaran las prohibiciones que las fuerzas ocupantes de Alemania le habían impuesto al más importante filósofo de los tiempos modernos.
El buen libro del filósofo Marcel Conche Heidegger en la tormenta (Melusina, Madrid, 2006) ilustra con incontestables evidencias argumentales el discurso insurrecto y riesgoso que sostuvo Heidegger mientras los nazis ocuparon el poder. Contra la ruin especie que se ha diseminado a este respecto, Conche analiza los textos y conferencias que el filósofo presentó en una Alemania donde todo era peligroso, siendo de lo más peligroso pensar de modo diferente al poder y hacerlo nada menos desde la situación del docente. Recomiendo este libro, como también recomiendo la obra de Hannah Arendt, a quien hay que descargar de este innoble peso para entenderla sin prejuicios.