Eran las siete y media de la mañana y en la escuela, en el cuaderno de matemática, se puso a escribirle al tango como si este fuera una persona: “El señor viene caminando, de él todos hablan cuchicheando…”.
Eran las siete y media de la mañana y en la escuela, en el cuaderno de matemática, se puso a escribirle al tango como si este fuera una persona: “El señor viene caminando, de él todos hablan cuchicheando…”.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáCon la letra le fue saliendo la melodía. Cuando llegó a su casa sintió vergüenza al mostrarlo: —Pero ahí está. No voy a ser jamás como Manzi o Discépolo, pero escribí lo que sentí y le puse Eterno tango.
Tenía seis años de edad y, desde entonces, siguió escribiendo y para su próximo disco solo aclara: —Los que ya tengo no los hice en clase; los que vendrán tampoco… ¡Tendría consecuencias en el colegio!
Lisette Grosso Schmid nació en Morteros, Córdoba, el 21 de enero de 2000. Poco antes de cumplir tres años sus padres la llevaron a un concierto del Cuarteto de Cuerdas de Roma, que visitó su ciudad. Su fascinación fue tal que al mes le regalaron un violín de juguete. A la semana, cansada de su sonido, pidió “uno de verdad”, mientras se divertía tecleando el piano de su abuelo.
Obviamente, la dejaron en manos de un maestro de música.
A los cuatro años hizo su primera actuación en el teatro cordobés San Martín con el grupo Suzuki; lanzamiento y aluvión: a los cinco años inició estudios de inglés, francés, flauta, piano, canto y expresión escénica en la escuela El Faro, de San Francisco. Hoy, a los dieciséis años, canta y simultáneamente toca el bandoneón: —A los seis años empecé a cantar, pero no tango sino temas melódicos. De forma sorpresiva, casi mágica, escuché un bandoneón que me conmovió, tocado por alguien cuyo nombre no recuerdo y me di cuenta de que ese era el sinónimo del tango, por ahí pasaba la cosa. Aprendí y hoy lo uso más que el violín, la flauta o el piano. Amo el fileteado, la poesía tanguera y su melancolía. Por eso, aunque a veces canto otro tipo de géneros, o canciones en francés o inglés, el tango es la base de mi repertorio. Claro, me tienen que gustar la música y la letra. La historia es clave, me encanta. El primero ajeno que hice, con el bandoneón, fue Como dos extraños, esa historia de amor, separación y reencuentro que vivieron el autor, José María Contursi, y Gricel Viganó.
Con siete años, Lisette ganó el primer premio del concurso de canto de El Faro y tuvo una participación destacada en una comedia musical en el teatro Mayo de Morteros. Dos años más tarde tocó el violín junto al consagrado guitarrista Esteban Morgado, en un tema especialmente compuesto por este para el Festival Lunas de Tango de La Falda, Córdoba. En 2010 obtuvo el segundo premio del certamen de talentos infantiles “La estrella sos vos”, también en La Falda, y el mismo año se presentó en la Gala del Bicentenario —cantando y tocando, alternadamente, violín y bandoneón— e interpretó en el Teatro Real No llores por mí, Argentina. En julio de 2011 —con interpretaciones de canto, violín, piano y bandoneón— actuó, con la orquesta de Carlos Nieto, en el Festival Nacional de Tango y Milonga.
Diciembre del año siguiente reservaría a la niña prodigio una peripecia inesperada y conmovedora: —Raúl Lavié celebraba sus sesenta años con la música. Me había oído en La Falda y yo no lo sabía. Unos días más tarde me invitó a participar en su espectáculo y ¡me pidió permiso para ser mi padrino artístico! ¿Te das cuenta? Recuerdo que había una lluvia torrencial y yo salí a la calle a saltar de alegría.
En la última entrega de los Premios Gardel estuvo nominada como Mejor Álbum Nuevo Artista de Tango y como Mejor Álbum Artista Femenina de Tango: —¡No, pará! ¿Cómo iba a ganar? ¡Me tocó una terna con Adriana Varela y María José Mentana! Solo haber estado allí, con ellas, fue un premio.
Lisette —la niña prodigio, hoy una dulce, encantadora adolescente— editó un disco en 2014, Cantar es vivir, del cual participaron Lavié, Morgado, José Colángelo y Horacio Ferrer, y tiene otros dos en producción. El año pasado ganó el Cóndor de Oro, máximo premio del Festival Américo Moroso y paseó su simpatía y calidad por varias ciudades argentinas, Valparaíso y Montevideo.
Arropada por el éxito, su vida no es sencilla: no ha dejado el colegio y debe coordinarlo con ensayos, presentaciones y grabaciones; hay días en que llega a las cuatro de la mañana y tiene que levantarse a las siete.
—No importa. Es magia que comparto con mis amigos. Tal vez a mí me gusta más el tango que a ellos porque no lo conocen. Pero nunca me sentí un sapo de otro pozo porque yo escucho a muchos artistas de moda. ¿Te nombro uno? Miley Cyrus. A mí me encanta todo.