N° 2063 - 12 al 18 de Marzo de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl siglo XIX alguna vez literariamente no ha sido llamado ni “siglo de la poesía”, ni “de la novela”, ni “del drama romántico”, sino “siglo de la Historia” debido a que la serie de los grandes historiadores es importante por el número, y más también por el empeño científico y artístico de estos investigadores. Michelet, a quien se le atribuye el mérito de haber llevado a la plenitud este género, es también deudor de Agustín Thierry y en especial, creo, de René de Chateaubriand.
A este último autor las noticias del pasado recibidas desde la originalidad de los textos le subyugaron notablemente. Más de una vez, dijo, sintió que su vida estaba en conflicto continuo entre el prosaico presente y la vida real del ayer legendario. Su admiración por Homero es desmedida; tanto que, siendo muy creyente como era, sin vacilar colocó su épica a la misma altura de la Biblia. Su libro Los mártires es la mejor demostración de ese gusto de Chateaubriand por la antigüedad clásica, algo que se aprecia apenas nos abandonamos a su lectura de la que surge el sentido trágico del escritor que nos atrapa con sus tan cercanas descripciones de la civilización griega, a la que presenta agonizando pero sin perder su dignísima condición de señora del mundo.
Voltaire consigue dos indiscutibles obras maestras con la Historia de Carlos XII de Suecia y con la Historia de Luis XIV. Ello ocurre en razón no solo de la pluma y de las ideas de Voltaire, sino por su novedad: en esos libros es la primera vez que se han tratado las artes y las letras como capítulos importantes que antes faltaban en las historias de la civilización. La historia era antes la historia militar y política exclusivamente. Además, el método del historiador en Voltaire es admirable, sus observaciones aunque malintencionadas son sagaces, sus bocetos muy vívidos. Pero, con todo, no logra —quizá porque no lo quiere desde su trono ilustrado— la “resurrección del pasado”. Narra los hechos del ayer con gran relieve, pero no con el afán de presentarlos con los caracteres y el relieve de actualidad de los historiadores posteriores. Este es un hallazgo del siglo XIX y corresponde a Chateaubriand el reconocimiento de haber dado la pauta para que todo un género literario se perfeccionase y adquiriese la significación magnífica que tuvo más tarde.
Pero —he aquí el tema de mi reflexión de esta semana— si Chateaubriand es capaz de reproducir los elementos del pasado irrecuperable, será para él mucho más fácil reproducir los elementos objetivos de los escenarios por los que él en persona discurre. Es lo que se conoce con el nombre de “arte del paisaje”, del que tiene merecida buena fama por las felices páginas que nos ha legado el maldito paseante solitario de Rousseau. Las semblanzas de Chateaubriand sobre sus travesías del océano, sus aventuras americanas, su estadía en Inglaterra, la vida militar en Francia, sus muchos viajes por el sur de Europa y sus espléndidas descripciones de Roma, Grecia y Tierra Santa son piezas modélicas del difícil arte de la evocación sentimental y plástica de paisajes, situaciones y personas. La singularidad literaria que lo distingue le permite ofrecernos no solo la representación del ambiente objetivo en que actúa, sino que es capaz de destacar lo que hay de particular en cada paisaje. Tuvo el sentido de lo relativo de las épocas históricas, pero también destacó por el don de lo vívido y distintivo en lo que se refiere a los cambios en el espacio, de ahí que sea una representación admirable de referencias particulares su Itinerario de París a Jerusalem, donde las distintas regiones están personificadas con un delicado sentido de intimidad, de cercanía, sin perder por ello eficacia la objetividad del contexto.
No conozco ninguna prosa tan lanzada con temeridad y a la vez tan sobria como para dar el retrato suficiente y al mismo tiempo único y profundo de visiones que la mirada recoge caprichosamente de los lugares contra los que va chocando. El genio de Chateaubriand estriba en conseguir la línea de diálogo necesaria para que el mundo que ven otros se convierta en un universo característico e irrepetible y sin embargo fácilmente reconocible por cualquier lector con siquiera un poco de imaginación. Tal arte aplicado a la historia producirá de su pluma los libros más fascinantes del siglo XIX.