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    Universo entre peces, soles y barcos

    El Taller Torres García en José Ignacio

    “Tres asesinatos en seis horas”. La frase sobre los homicidios cometidos el sábado en Montevideo retumba en la sala todavía vacía de la galería. La charla es distendida y toca varios temas de actualidad, como para pasar el rato. Pasa de la inseguridad al calor, que en la tarde arrasadora de sábado no permite ningún movimiento brusco de los veraneantes de José Ignacio. Las calles también vacías y el sol a pleno, violento, aplastante. El periodista repasa la exposición y encuentra varios soles, varias referencias ciudadanas, múltiples versiones de una realidad tan humana como simbólica, tremendamente significativa. Tres o cuatro trazos para dibujar una casa o una esquina apenas marcada por líneas y formas simples, casi infantiles. Puras formas, incrustadas en casilleros, sueltas o enmarcadas apenas por divisiones frágiles que permiten un diálogo en peligroso equilibrio, por fuera de la reconocible naturaleza. Son estructuras, algunas más estrictas en su composición, otras más abiertas.

    “Anuncian 40 grados, tormentas, lluvias”. “Llegó un crucero enorme”. Las frases van y vienen como las imágenes, se instalan por un segundo en el silencio de la fresquísima y espectacular galería de José Ignacio, de diseño tan simple y sugerente como las estructuras visuales que alberga. Para el curioso visitante, vuelan como formas, se desplazan como las imágenes que pueblan esos cuadros. Algo vincula todo este magnífico despliegue de arte con el mundo exterior. Algo misterioso prende en el aire y se enlaza con la poderosa fuerza de esos dibujos que parecen hechos por niños, por iniciantes, por artistas capaces de volver atrás, de despojarse, de sintetizar lo esencial de la vida. Desnudan la maquinaria y la develan simple, apenas sus rasgos más importantes, sus connotaciones y referencias fundamentales, las pocas y brutales escenas que permiten entender el funcionamiento del universo. No es el mismo sol, ni el pez ni el barco, son todos y ninguno, es la estructura básica de la vida, como si un temporal arrasara con todo y reordenara el caos en un orden nuevo, un nuevo lenguaje.

    La muestra se titula Taller Torres García-La constelación del Sur y puede verse en la Galería de las Misiones, en el balneario José Ignacio, donde el clima y las formas de la construcción, la arquitectura y el mundo simbólico, donde la propia naturaleza parece acompañar este despliegue del legendario “universalismo constructivo” del maestro y la continuidad de sus discípulos. El gran hallazgo de Joaquín Torres García (1874-1949) perpetuado en infinitas imágenes es que en algún punto reubica al espectador en un mirador diferente de la realidad. “Usted puede decir que en esta obra se ven un hombre y una mujer en pleno acto sexual pero no es así, son dos formas, no dos personas. Usted las puede pensar como personas, pero no lo son”, dijo el pintor y escultor Julio Alpuy (1919-2009) en una entrevista. Y agregó: “¿Usted ve lo que hay en la calle? Hay árboles, personas, calles. Toda mi vida he representado estas cosas en mis cuadros. (…) Pero cuando empiezo a pintar no miro más la realidad”. Formas, estructura, geometría, abstracciones, signos y símbolos, universo y cosmos son algunos de los términos más frecuentes que utilizó Joaquín Torres García para sostener el andamiaje de su teoría. Una teoría que marcó a fuego a generaciones de artistas incluso después de su muerte, en la continuidad del propio Taller (1949-1962), a cargo de algunos de sus alumnos dilectos. En esta muestra hay muchos y sobre todo hay un material pictórico relevante, una visión determinante de la herencia del “universalismo constructivo” que tanto removió las aguas de los años 50 y 60, ya plenamente instalado el Maestro en Montevideo.

    Hay obras de 39 artistas del Taller, una cofradía muy difícil de reunir, un elenco casi imposible de juntar para la escena. Pero están. Entre ellos el propio Julio Alpuy, Gonzalo Fonseca (1922-1997), Guillermo Fernández (1928-2007), José Gurvich (1927-1974), Francisco Matto (1911-1995), Jonio Montiel (1924-1986), Manuel Pailós (1918-2005), Edgardo Ribeiro (1921-2006), Elsa Andrada (1920-2010) y los Torres, Augusto (1913-1992) y Horacio (1924-1976), junto a las obras del Maestro. La lista es extensa y bastante completa, aunque es inevitable que falten algunos.

    Frontales, planos, los cuadros se suceden como la misma versión del mundo reordenado, con variantes límites pero sustanciales entre obra y obra, entre artista y cosmovisión, entre líneas y miradas ortogonales de la realidad. Lo que se ve no es el sol o el pez o el barco o las casas, se percibe el mundo en su esencialidad, lo que Torres García llamaba “elementos mayores de la naturaleza (…) elementos más universales”. Incluso las palabras. En un cuadro (El Diario, 1946), de Elsa Andrada, hay un reloj despertador, una pipa, una botella, una jarrita y una inscripción: “Tabaco”. Están dibujados con pocos y escasísimos rasgos, aunque con trazos y contornos firmes, en negro. Pintados en tonos ocres y tierra, más algunos toques de blanco, sobre nada, sin respaldo físico, solo con el apoyo de la tela. Uno se imagina que en el proceso fueron desapareciendo las referencias, los datos cotidianos, la “realidad” entendida como lo que creemos que vemos, la práctica imitativa.

    Hay otra versión de los hechos, donde la inserción de los objetos, de las palabras como objetos pictóricos, se vuelve forma, como decía Alpuy. Hasta llegar a cuatro o cinco datos que abren las páginas de otro universo, profundo, pleno de lecturas, concreto y al mismo tiempo sustancial y tremendamente espiritual. Hay visiones más cargadas, como algunos trabajos de Pailós (Constructivo, 1954) o más pobladas en signos pero livianas y de territorio plano monocromo, como la obra de Llanos (Constructivo, 1957). Hay obras en madera, en tela, hay cerámicas y esculturas, hay obras en los típicos colores primarios o trabajos construidos a pura línea, básicos, despojados. Hay formas de paisajes urbanos, hay naturalezas muertas, hay universos más crípticos o cerrados, hay estructuras abiertas y obras que planean por el cielo de un país “sin tradición” donde “nada podemos encontrar que nos sirva en qué apoyarnos”, como dijo Torres García. Y desde allí provocó la construcción de un nuevo espacio de identidad, donde esas imágenes cósmicas son también —y sobre todo— las imágenes propias de este pedazo de tierra en el universo. Sería desenfocado dudar de que esas construcciones nos representan; son en cierta forma un sello de identidad mucho más interesante y profundo que el mate y las alpargatas. En el fondo, son las formas de las ciudades, pueblos y habitantes de este país de escasa historia colectiva y de arraigo casi misterioso, todavía adolescente y en revulsiva formulación. Es el individuo y la comunidad, es la unidad y la multiplicidad, el paisaje y su complicado contenido, es la forma del sol caluroso de enero en la costa uruguaya, de las casitas tan particulares de las callecitas alineadas hacia el mar. O las del puerto montevideano. O las de esta ciudad definida por un pez y un barco, por la noticia de los asesinatos, por el nombre de un bar, una campana, un vagón de tren. Y el ser humano en el centro de ese universo donde el Norte ya no es el Norte, y el Sur se convirtió en una prolongada y nutrida constelación de imágenes.

    Taller Torres García. La Constelación del Sur. En Galería de las Misiones, calle Las Garzas entre Los Tordos y Golondrinas (José Ignacio, Maldonado). Hasta Marzo.