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Las últimas estadísticas oficiales disponibles indican que a los uruguayos cuyos ingresos no les alcanzan ni siquiera para adquirir una canasta básica de alimentos eran 0,2% de la población en 2016. Los pobres, que sí accedían a esos bienes pero no a otros productos y servicios también elementales, representaban 9,4% del total.
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Las encuestas que realiza la Corporación Latinobarómetro aportan otro dato, más allá de esa estimación de la pobreza e indigencia por el “método del ingreso” comúnmente aceptada: 2,4% de los uruguayos dijeron que en los últimos 12 meses les ocurrió “seguido” no haber tenido suficiente comida para alimentarse ellos o su familia. Otro 8,6% sufrió esa situación “algunas veces”, mientras que 11,4% dijo que le sucedió “rara vez”. Los que aseguraron que nunca pasaron hambre fueron 77,3%; otro 0,2% no contestó.
Esos datos de 2015 son similares a los de la anterior encuesta bienal de Latinobarómetro (2,4% respondió que había padecido hambre “seguido”, 8,8% dijo “alguna vez” y 8,9% “rara vez”), pero son menores que en 2011 (3,5%, 11,2% y 13,2%, respectivamente).
Máximo Rossi, Gastón Ares y Zuleika Ferre, del Departamento de Economía de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República, analizaron en un documento de trabajo fechado en febrero los determinantes socioeconómicos del hambre en América Latina. Según el modelo que utilizaron, en promedio, solo la mitad de los encuestados indicaron que nunca habían experimentado la falta de alimentos suficientes alguna vez en los últimos 12 meses, lo que “sugiere que el hambre sigue siendo un problema relevante en la región”. Pero hallaron una gran heterogeneidad entre los países, con porcentajes de 2% de personas que experimentaron falta de alimentos a menudo en Uruguay, Argentina, Brasil y Chile, en un extremo, y porcentajes de 11% en Guatemala, 12% en República Dominicana y 16% en Honduras.
Excepto por el estado civil, todas las variables consideradas en el modelo tuvieron un efecto significativo en la probabilidad de haber sentido hambre entre los latinoamericanos. Las mujeres, las personas mayores y aquellas más desfavorecidas (de acuerdo con el índice de privación) tenían más chance de haber experimentado falta de alimentos suficientes en los últimos 12 meses y menos probabilidades de nunca haber pasado por esta situación.
La religión y la raza también tuvieron una influencia significativa. En ese sentido, los investigadores hallaron que ser católico disminuye la probabilidad de que a menudo experimente falta de acceso a suficientes alimentos y mayor chance de nunca experimentar tal situación.
Como era de esperarse, el nivel educativo mostró tener un efecto protector creciente respecto a la posibilidad de padecer hambre.
Los autores consideran que, en una región que produce suficientes alimentos para alimentar a toda su población, las políticas deberían centrarse en mejorar su acceso y en redistribuir el costo de la comida. Estrategias que suponen la entrega de cupones de alimentos o descuentos específicos o el aumento de los ingresos mediante programas de transferencia, por ejemplo, se han implementado con “éxito” en Brasil y Uruguay y han llevado a reducciones marcadas en la prevalencia del hambre, consignan en la investigación. Sin embargo, entienden que también debe prestarse atención a la calidad nutricional para alcanzar la seguridad alimentaria.