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No me puedo quejar de los vecinos que me tocaron este verano. La casa contigua a mi cabaña suele alquilarse a manadas frenéticas de chicos que gustan del reggaeton y del fútbol. Este año, un grupo de chicos han llegado en un par de coches que valen sus buenos miles de dólares. No ponen música. (Quizás el dueño les haya advertido que en la casita de al lado pasa el verano una señora quisquillosa que lee y escribe)
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Son varios muchachos y una chica, tal vez la novia de uno de ellos. Hablan mucho, se ríen. Eso está muy bien. Me resultan curiosos sus horarios. Aunque ya conozco el perfil de las nuevas generaciones, nunca termino de comprender la guerra que efectúan a su reloj biológico, al ancestral hábito humano de levantarse con la luz del sol y acostarse bajo la negrura y las estrellas.
Mis vecinos duermen todo el día. Se levantan a las cinco de la tarde y entonces emprenden su ida a la playa. Seguramente admiran el atardecer. Aunque en esta costa no se ve el sol ponerse, como en La Paloma, siempre causa sensación la playa brumosa donde las chicas se ponen pullovers y los chicos montan carpas para evitar el viento.
Luego, regresan. Se van duchando de a uno, y las desventuras con la bomba y el agua son varias. Mientras preparan un asado se los escucha locuaces. Beben mucho, me da la impresión. Ya todo el mundo sabe lo que es la previa.
A las dos de la mañana, cuando hace rato que me quedé dormida con el libro sobre el cuello, me despiertan los motores de los autos (¿alguno no bebió?), y formidables risas. Están de óptimo humor.
Evidentemente van a los boliches, a bailar, esos que los jueces mandan cerrar y los intendentes exhortan a abrir.
Vuelven a las siete u ocho de la mañana. Otra vez los motores. Pero las voces han cambiado. Ahora discuten. Se pelean. Se insultan. Algo pasó en el baile. Se siente mucho la palabra “boludo” y la formidable “chupa…s”.
Creo entender la historia: dos leones de la manada pelearon por la misma leona. Pero uno de ellos en realidad no tenía intenciones de acoplarse. De todas formas la sedujo e hizo que el otro se fuera con la cola entre las piernas. Finalmente, ninguno de los dos machos se impuso a la hembra en celo.
Un chico le reprocha al otro que si no se la quería “c…r”, debía habérsela pasado a la derecha. Una metáfora futbolera ¡como las que usan los políticos!
En tanto, las bombas rusas caen en Alepo. No he visto el menor rastro de pintura roja sobre el muro de la fastuosa embajada. Nadie sale a la calle a pedir paz. Ni siquiera los jóvenes, que saben gritar.
Durante la dictadura, en años penosos, a muchos uruguayos se les erizaba la piel escuchando a Silvio Rodríguez, que escribió esta canción en 1967: “La era está pariendo un corazón. / No puede más, se muere de dolor, / y hay que acudir corriendo / pues se cae el porvenir / en cualquier selva del mundo, / en cualquier calle. / Debo dejar la casa y el sillón”.
La era no parió un corazón.
Sí a Donald Trump, al Estado Islámico, a la previa.