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    Venezuela

    Los fundadores de Venezuela, la “pequeña Venecia”, seguramente no sospecharon que un día ese vergel de abundancias llegaría al lamentable estado en que lo ha convertido el socialismo del siglo XXI. Las causas de este histórico despatarro son muchas. Intentemos identificar un par.

    Siendo un importante ingrediente en la vida de los países, las riquezas naturales no son garantía alguna de éxito. En América Latina, por el contrario, es al revés. Y aquí no sirve apelar a las teorías de Eduardo Galeano, quien antes de morir dejó claro que su famoso libro explicativo no tenía base teórica solvente ni argumentos capaces de soportar un análisis crítico.

    ¿De qué le sirve a Venezuela tener las reservas más importantes de hidrocarburos del planeta? De nada. De nada sirve tener esas riquezas bajo el suelo si no hay capacidad mental para extraerlas y usarlas en pro del bienestar general. Sirve, sí, para que un puñado de corruptos y delincuentes llenen sus cuentas bancarias en diferentes paraísos fiscales, pero para el grueso de la población las consecuencias de dichos bienes han mostrado ser funestas.

    Sin embargo, no se trata solamente de una cuestión de honestidad o corrupción. Y he aquí otra lección a tener en cuenta: país que es gobernado por alguien con vocación de payaso termina rápidamente mal. Este aprendizaje lo han hecho muchos países latinoamericanos a lo largo de su historia. Hoy vemos las consecuencias de tener al frente del Ejecutivo a gente como los Ortega, los Chávez y Maduro o los Kirchner.

    En lugares donde hay un mínimo de reglas democráticas en funcionamiento (por lo menos las más elementales, como el voto periódico), los payasos suben al poder con el apoyo de una masa inculta. Ignorante. Mentalmente atrasada. Para entender este mecanismo perverso es menester estudiar la tipificación sociológica del economista italiano Carlo Cipolla, que les daba a los idiotas un rol fundamental en la vida de las naciones.

    En América Latina, los idiotas son especialmente abundantes. No voy a repetir las teorías que se han generado a lo largo de los siglos para explicar este fenómeno continental (teorías que van desde la calidad de la sangre hasta los aspectos climáticos), sino que me contento con constatar el hecho. Ninguna sociedad gobernada por una mezcla de idiotas y delincuentes puede generar bienestar, aunque sobre y bajo su suelo existan las mayores riquezas naturales del planeta.

    Aprovecho para señalar lo sucedido recientemente en Argentina: al mismo tiempo que la población percibe la droga como el principal problema, una mayoría vota por un reconocido “amigo” (de alguna forma hay que decirlo) del narcotráfico para gobernar la provincia más vasta de todo el continente. Mejor demostración de estupidez e ignorancia es difícil encontrar.

    Otra lección útil del proceso venezolano es la extensión de los plazos. Desde hace un par de años, mucha gente, incluidos famosos analistas, ha venido sosteniendo que el régimen chavista tiene las horas contadas. Pero Maduro sigue tan campante, repitiendo sus viejas tonterías e inventando nuevas.

    Cuando la inflación era del 50%, se aseguraba que el fin del régimen era inminente. Hoy es cuatro veces mayor. Cuando los enfermos tenían que hacer colas kilométricas afuera de las farmacias, se anunciaba la hecatombe chavista. Hoy quienes pueden y tienen suerte en su búsqueda, usan medicamentos para perros y gatos. Y quienes no pueden, se mueren.

    Cuando la cola para comprar carne o leche o pan duraba tres horas, se vaticinaba un levantamiento general. Hoy las colas superan las once horas promedio y los ancianos se desploman por la espera.

    Si Leopoldo López no hubiera estado convencido de que la caída del régimen era cuestión de horas, no se hubiese entregado tan gentilmente. Hace más de un año y medio de eso y López sigue preso mientras Maduro baila chamamés vestido con la bandera nacional.

    Venezuela ha perdido el apoyo político e ideológico de Cuba, preocupada por sus buenas relaciones con el cuco imperialista. Tampoco Irán, que acaba de firmar un acuerdo clave con Occidente, quiere darle una mano al chavismo. Queda una China desacelerada cuyo accionar en el mediano plazo es completamente imprevisible.

    El bolívar venezolano se ha depreciado de tal manera que es necesario juntar dos o tres ceros a la derecha para compararlo con el bolívar de hace un par de años. En un país en donde no hay papel higiénico y la moneda vale tan poco sería una solución (y mejor negocio) secarse las partes postreras con billetes.

    Ah, bueno, ese paso demostraría que el régimen ha llegado a su fin, dirían algunos. Personalmente no estoy nada seguro. Es más, creo que el bolivarianismo, en calidad de expresión de atraso cultural y estupidez generalizada, calza perfectamente con la horma mental de la población y es, por ende, capaz de seguir campeando un buen tiempo más.