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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn mi adolescencia, atraído por las cosas del mar, al término del liceo me encaminé a la UTU, Escuela de Industrias Navales (EIN), y cursar para Patrón de Cabotaje. En la EIN supe de la existencia de la Reserva Naval y sus cursos de fin de semana en el Centro de Instrucción de Marina, donde ingresé el 7 de abril de 1967, como marinero de 2ª (RN), reforzando la incipiente vocación. Las cosas en UTU no fueron bien, la situación de conmoción social que vivía el país se trasladó a la enseñanza y tras dos años perdidos uno de los profesores de la EIN me orientó hacia la Escuela Naval.
En febrero de 1969 ingresé a una Escuela Naval que acababa de mudarse a sus actuales instalaciones. Las edificaciones tenían una parte habitable (quizá un 25%) y el resto con décadas de abandono. Por las mañanas recibíamos cursos formales de introducción a la profesión naval, pero después de almorzar fuimos la mano de obra de la recuperación edilicia. Así aprendí también albañilería, sanitaria, electricidad, pintura, y todas las destrezas que requirieron acondicionar los espacios.
Gracias al esfuerzo, la Escuela Naval fue recuperando la regularidad de sus cometidos, que además de titular oficiales para Armadas (nacional y de países amigos) y Marina Mercante amplió su oferta educativa al 2º ciclo de enseñanza secundaria y a administrar los cursos profesionales exigidos por la Organización Marítima Internacional (OMI, dependiente de ONU) para el reconocimiento internacional de la titulación de los marinos uruguayos, militares y civiles.
Egresé como guardia marina en 1973. Buscando ampliar conocimientos, inicié la licenciatura en Ciencias Geográficas en la Facultad de Humanidades y Ciencias. En aulas universitarias pude apreciar que los conocimientos adquiridos en la Escuela Naval en materias comunes (matemáticas, trigonometría esférica, física, hidrografía, topografía, meteorología) estaban igual o por encima de los de la Udelar.
Avanzando en la carrera, cada ascenso fue precedido de un curso de pasaje de grado en la Escuela de Guerra Naval, cuya aprobación era requisito para acceder al grado inmediato superior. Además, el ejercicio diario de la profesión exigió pasar por cursos funcionales menores (búsqueda y rescate, control de averías, incendio, operaciones navales, artillería, soldadura, motores, electricidad, etc.), que surgían dentro de una oferta muy amplia en el Centro de Instrucción de la Armada. Y esta sumatoria de cursos regulares y funcionales no son la excepción, sino la normalidad en la carrera naval de todos los oficiales.
Promediando mi carrera naval aprobé dos cursos voluntarios de larga duración en la Escuela de Guerra Naval: Estrategia y Política y Estado Mayor General. El primero, en modalidad a distancia, me ocupó muchas horas libres durante cuatro años. El segundo, en modalidad presencial, nueve meses y cientos de horas de estudio, supera el nivel que Udelar exige a las universidades privadas para otorgar títulos de posgrado (pero no está autorizada a entregar título de maestría).
La Escuela de Guerra Naval no solo brinda los cursos superiores que necesita la Armada Nacional, sino que tiene también una oferta variopinta de cursillos voluntarios en modalidades a distancia y presencial que están abiertos a la sociedad en general. A título de ejemplo: uno de mis hijos (periodista) cursó allí Negociación, Método Harvard, mientras la menor de mis hijas (bioquímica) recibió en esas aulas Metodología de la Investigación. Con esto pretendo enfatizar que la Escuela de Guerra Naval vuelca conocimientos de nivel superior también a la sociedad civil, y de forma gratuita.
Pasé a situación de retiro en 2005, pero seguí vinculado a las actividades docentes de la Armada hasta 2016, tanto impartiendo conocimientos de forma directa como en tareas de planificación y supervisión. En estas últimas mucha influencia tuvo el haber cursado estudios universitarios en EE.UU. (Georgetown University, privada) y China (Universidad Nacional, estatal), lo que me permitió aquilatar y reconocer el alto nivel de los conocimientos que se imparten en el sistema educativo naval.
Por toda esa experiencia personal es que no llego a entender qué se pretende al enajenar los predios de las áreas navales Miramar y Guruyú. En una charla de campaña el actual presidente de la República dijo: “(…) lo que funciona y está bien, si puede mejórelo, concéntrese en corregir lo que está mal, de lo contrario, no lo toque (…)”. Tenemos un sistema educativo que funciona bien, acorde a las capacidades del país. ¿Porque privarlo de sus actuales ubicaciones? ¿Para llevarlas dónde? En esto, el Sr. ministro de Defensa nos debe una explicación, y no solo a los marinos (activos y retirados), sino a toda la sociedad. Porque el daño que se hará afectará no solo a la colectividad naval, también a una parte de la sociedad civil.
Francisco Valiñas
Capitán de navío (R)
CI 1.176.423-9