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    Viaje a ninguna parte

    “Rincón de Darwin”, de Diego Fernández

    El cine uruguayo ha aprendido algunas cosas beneficiosas. Primeramente, que no es necesario ser siempre trascedentes, lo que a la postre puede resultar no solo pedante sino insoportable. En segundo lugar, que tampoco sirve tratar de pintar el “ser” uruguayo en cada película, que a veces por insistente se vuelve majadero. Y tercero, que los diálogos naturalistas y las situaciones cotidianas son siempre preferibles a las frases declamatorias y a las abismales profundidades psicológicas. Así que ya no es necesario ir a ver una película uruguaya con la sensación de que “aquí viene otra masa sobre la identidad nacional”. Películas como “El baño del Papa”, “Mal día para pescar” o “La demora” cuentan historias y lo hacen bien. Y Rincón de Darwin podría integrar esa categoría.

    El título obedece al rincón donde en 1833 estuvo Charles Darwin y descubrió algo importante para su teoría de la evolución. En la banda sonora de esta película de Diego Fernández (alias Parker, por el corto que lo dio a conocer: “Nico y Parker”) aparece una voz en off, con acento británico y subtítulos, que reflexiona como si fuera Darwin, lo que supuestamente tiene que ver con la peripecia de los tres protagonistas, como se verá. Gastón (Jorge Temponi) fracasa en su intento de casamiento con su pareja y arrastra esa frustración hasta una propiedad heredada que debe tasar para luego vender. Eso está en el Rincón de Darwin (departamento de Colonia, cerca de Carmelo) y allí deberá ir con su escribano, Américo (Carlos Frasca), que a su vez está pendiente del casorio de su única hija y de su esposa que lo atomiza por teléfono con la fiesta y sus invitados. En vez de ir en ómnibus (no se sabe por qué) alquilan la camioneta destartalada de un fletero, Beto (Jorge Esmoris), y allí comienza la odisea.

    Beto es en realidad el menos conflictuado, aunque su estadía anterior en España esconde algún secreto muy guardado. Pero ese viaje, que en transporte normal duraría cuatro o cinco horas como mucho, se prolonga interminablemente porque la camioneta Ford F-100 va muy lenta (no tanto: se dice que va a 80 km por hora), lo que inquieta a don Américo que debería volver en el día. Gastón, en cambio, se deja llevar por la aventura, atado como está a la tecnología, a los teléfonos celulares, a los parlantes inalámbricos y a la música escuchada sin pausa. El larguísimo viaje (con dos noches incluidas y alguna humillación soportada) llevaría a creer que en vez del Rincón de Darwin estos personajes se dirigen a San Juan o Mendoza, pero se supone que esas son libertades temáticas al servicio de la historia, que no conviene analizar. A fin de cuentas, un espectador extranjero no se va a dar cuenta de la incoherencia.

    Lo malo es que la película avanza y avanza pero no llega a ninguna parte. Las frases en inglés de Darwin, que aluden a la evolución que esos personajes deberían tener para entenderse mejor y aprender a convivir y a tolerarse nunca se integran debidamente. Ninguno de los tres, merced a esa convivencia forzada en la cabina de una pick-up calurosa y lenta, llega a ninguna conclusión terminante, a algo que cambie sus vidas, a zafar de sus problemas terrenales y comprender que al fin y al cabo hay cosas mejores por las que vale la pena vivir. Eso se sugiere pero no se muestra. Hay desacuerdos, hay marchas y contramarchas, hay errores y enojos, hay disculpas y perdones, hay pinchazos y desperfectos, hay fumatas y borracheras, hay también bastante humor en los diálogos. Pero no hay cambios fundamentales, no hay connotaciones importantes, no hay nada que indique que esos tres hombres han experimentado algo que los hará mejores o al menos diferentes. En una palabra, la película carretea y carretea por la pista, pero nunca levanta vuelo.

    Lo que se rescata, ya que temáticamente no funciona la propuesta, es lo exterior. Los tres actores son buenos, lo cual no es novedad. Temponi se ha convertido en una figura conocida en las pantallas cinematográficas (desde la emblemática “25 Watts”, donde era coprotagonista, hasta dos veces el año pasado, donde estuvo en “El ingeniero” y en “Cruz del sur”) además de su labor en televisión. Esmoris es Esmoris: la gente lo quiere y hasta le festeja que haya sido Artigas en “La Redota”, donde sin embargo estaba muy bien. Frasca es un veterano actor teatral que se hizo popular con el aviso de Macromercado (“feíta la criatura”) pero aquí demuestra su aplomo y su solvencia. Todos están bien y crean personajes reconocibles. La fotografía es muy buena y la banda sonora también. La película es linda de ver, amena y simpática, pero falla en sus conclusiones. O no tiene conclusiones, que es casi lo mismo.

    “Rincón de Darwin”. Uruguay-Portugal, 2013. Dirigida y escrita por Diego Fernández. Fotografía de Arauco Hernández. Montaje de Fernando Epstein. Sonido de Daniel Yafalian. Con Jorge Temponi, Carlos Frasca, Jorge Esmoris y la voz en off de Jonathan Lamb. Duración: 78 minutos.